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Resumen - El pasillo estrecho
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Resumen de el libro "El pasillo estrecho". Capítulo 1. ¿Cómo finaliza la historia?.
SpeakerExiste una tentación comprensible en teoría política que es pensar que la democracia liberal es una especie de meta final Francis Fukuyama se equivocó al sugerir que la historia acabaría convergiendo hacia el liberalismo. La libertad no funciona así, no es un destino al que llegas y ya está. Es un equilibrio entre Estado y sociedad que puede romperse con bastante facilidad. Hace cinco mil años, en la ciudad sumeria de Uruk, reinaba Gilgamesh. Olvida la imagen romántica del héroe épico. Gilgamesh era un auténtico depredador. No había mujer que no pasara por su cama antes de la de su marido, ni tampoco joven que no fuera explotado para levantar sus murallas. Los ciudadanos, desesperados, rezaron a los dioses para que alguien frenara a ese monstruo. Los dioses los escucharon y crearon a Enkidu, un salvaje con una fuerza hercúlea capaz de mirar a Gilgamesh a los ojos. El plan parecía bastante bueno. Sin embargo, tras un duelo brutal, ocurrió lo que sucede normalmente en estos casos: chalearon. Gilgamesh y Enkidu se hicieron amigos y empezaron a saquear el mundo juntos. Esta es la primera gran lección de la ciencia política real. Como vimos en el manual del dictador, los que mandan no tienen incentivos para controlarse entre sí, al menos si pueden ganar más colaborando para extraer recursos de los de abajo. Thomas Hobbes creía que sin un Estado fuerte la vida humana sería solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Su solución era el leviatán, un Estado omnipotente al que le cedemos todo a cambio de que nos ayude a no matarnos entre nosotros. Pero Hobbes no explicó qué es lo que pasa cuando el protector se convierte en el mayor de los asesinos. Bien, entonces aquí es donde entra la metáfora principal del libro: el pasillo estrecho. La libertad aparece en una zona intermedia, suficiente Estado para imponer la ley, pero con una sociedad lo suficientemente importante para frenarlo Para entenderla vamos a ver tres tipos de Leviatán. El primero es el Leviatán ausente. En las sociedades sin Estado no hay un caos absoluto. Lo que hay es lo que los autores llaman la jaula de las normas. Como explica Joseph Henrich en Las personas más raras del mundo, estas sociedades están repletas de tabúes, de normas sociales y de leyes de parentesco tan rígidas que cualquiera asomo de individualidad es castigada. No hay libertad porque la sociedad es la cárcel. El Leviatán despótico, por su lado, es el Estado que podríamos decir que Thomas Hobbes amaba. El ejemplo histórico es la China imperial. Aquí el Estado es capaz de construir infraestructuras masivas, recaudar impuestos, mantener el orden... pero la sociedad está completamente desarmada. No hay ciudadanos, sino que hay súbditos. El crecimiento económico es posible, pero es extractivo. Sirve sobre todo para engordar a la élite, no para liberar y hacer crecer al individuo. Por otro lado, tenemos al Leviatán encadenado cuando está dentro del pasillo, que es donde ocurre la magia, donde todos querríamos estar. Se trata de un Estado con una gran capacidad burocrática, militar, pero que está encadenado, encadenado por una sociedad civil que tiene un poder real para frenarlo. Entonces, lo que nos encontramos es que si la sociedad civil se debilita o se vuelve pasiva, el Estado va a tender a crecer hasta convertirse en un Leviatán despótico. Y si la sociedad debilita el Estado, caeremos de nuevo en la jaula de las normas. Para entrar en el pasillo, la sociedad debe ser, por un lado, capaz de controlar al monstruo, pero lo suficientemente sabia para no matarlo
DiegoCapítulo 2. La reina roja.
Speaker 3En el siglo sexto antes de Cristo, Atenas estaba a punto de saltar por los aires. La élite, los llamados eupátridas, que podemos traducirlos bien nacidos, acaparaban las mejores tierras y había convertido el sistema legal en una herramienta brutal contra los campesinos. Si un campesino tenía una mala cosecha, el aristócrata le prestaba grano. Si no podía devolverlo, el aristócrata se quedaba con su granja. Si ya no quedaba tierra, se quedaba con sus hijos y finalmente con el propio campesino, al que podía vender como esclavo en su propia tierra. El ambiente era asfixiante. las élites, aterrorizadas ante la perspectiva de que la plebe se levantara y los degollara mientras dormían, decidieron otorgar poderes extraordinarios a Solón, un comerciante de la época que era muy respetado por todo el mundo. Para qué le eligieron? Pues obviamente para que rediseñara el sistema antes de que el caos lo consumiera todo. Solón ejecutó la seisactia, que se podría traducir el alivio de la carga. ¿Qué significa esto? Que liberó a muchos esclavos y canceló sus deudas. Pero lo más importante es que cambió las reglas del juego cuando abrió la asamblea y los tribunales a los ciudadanos comunes. Por primera vez, si un aristócrata abusaba de su poder, podía ser llevado a juicio por cualquier ciudadano. Con Solón, la sociedad ateniense ganó herramientas reales para frenar a las élites. Pero aquello no era un equilibrio definitivo, sino que era el comienzo de una carrera entre la sociedad y el Estado. Y aquí entra la segunda metáfora importante de este libro: la Reina Roja. En Alicia a través del espejo, la Reina Roja le dice a Alicia que en su país hay que correr todo lo que uno pueda, simplemente para quedarse en el mismo sitio. Richard Dawkins usó esa misma imagen para explicar las carreras evolutivas deper, entre depredadores y presas. Si uno mejora, el otro también tiene que mejorar para no quedarse atrás. En política pasa algo parecido. Cuando el Estado gana capacidad para recaudar, vigilar o imponer leyes, la sociedad tiene que ganar capacidad para organizarse y controlarlo. Si uno de los dos corre mucho más que el otro, el equilibrio se rompe. A medida que el Estado se vuelve más complejo para recaudar impuestos O construir infraestructuras, la sociedad debe organizarse y fortalecerse en la misma proporción para vigilar y encadenar ese nuevo poder. Si el Estado corre más rápido que la sociedad, caes en el despotismo. pero si es la sociedad la que debilita al Estado demasiado, caes en la anarquía. Bien, entonces tenemos que la lección de Atenas es muy clara: la libertad depende de que la sociedad tenga herramientas reales para encadenar al Leviatán. Como veremos a continuación, cuando este control desaparece, el pasillo se estrecha y las cosas se ponen muy feas
DiegoCapítulo 3. La voluntad de poder.
Speaker 4A principios del siglo séptimo, La Meca era una ciudad comercial muy viva. La Kaaba atraía a peregrinos y los peregrinos traían negocios. Pero debajo de esa actividad seguía pesando el mundo tribal. La Meca y Medina eran ciudades recientes, formadas por gente que venía de una vida nómada, donde el clan seguía marcando casi todo. Eso planteaba un problema. En el desierto, si dos grupos chocan, siempre queda la opción de separarse. Es muy grande. Pero en una ciudad la cosa se complicaba. La gente vivía más cerca, los intereses chocaban más a menudo y las normas del parentesco ya no bastaban para mantener el orden. Y entonces apareció Mahoma. Los medinenses lo llamaron porque necesitaban a alguien de fuera, alguien que tuviese autoridad, que actuara como mediador entre los clanes enfrentados. Pero esa solución traía un caballo de Troya. La Constitución de Medina reconocía a Mahoma como árbitro, pero también hablaba de una comunidad nueva, la umma, una comunidad de creyentes que quedaba por encima del parentesco. Ese fue el giro importante. La fe permitió que los clanes empezaran a verse como parte de una misma comunidad. Mahoma empezó actuando como mediador entre clanes, pero poco a poco fue convirtiéndose en una autoridad política, religiosa y también militar. La nueva comunidad se utilizó para resolver conflictos, pero además recaudaba impuestos, organizaba expediciones y levantaba una autoridad más fuerte que los viejos clanes. El caso de Shaka Zulú, también comentado por los autores en este capítulo, va por un camino un poco diferente. ahí la herramienta no fue la religión, sino que fue el ejército. Shaka tomó los grupos de edad que ya existían entre los zulúes y los convirtió en regimientos. Los amabutho vivían juntos en los barracones separados en la estepa. Con eso, los jóvenes quedaban menos atados a la vida del clan y más integrados en el nuevo estado zulú. Hay un detalle del caso zulú que me parece especialmente revelador. En aquellas sociedades, las acusaciones de brujería podían servir para frenar a quien acumulara demasiado poder. Era una forma brutal de control social. Si alguien prosperaba demasiado o se volvía demasiado peligroso, podía caer bajo sospecha. Pero Shaka no podía permitir que esa herramienta funcionara contra él. Cuando Nobela, una chamana, empezó a señalar como brujos a hombres cercanos al rey, Shaka reaccionó contra los chamanes de forma implacable. Una de las viejas formas de controlar a los poderosos también quedó subordinada al nuevo poder del rey. Con esto se entiende mejor por qué Solón fue tan excepcional. En Atenas también había tensiones, Pero Solón usó las instituciones que existían en ese momento para dar espacio a los ciudadanos y para limitar a las élites. En Medina y entre los zulúes se construyó una autoridad más amplia. Sin embargo, no se creó una sociedad capaz de encadenarla, es decir, no se permitió a la sociedad prosperar, organizarse de la manera adecuada para poder encadenar al Leviatán. Bien, entonces, aquí lo importante no es pensar que el Estado siempre es un problema. Lo que nos dice la tesis de este capítulo es que la ausencia de Estado no es la solución. el problema es que cuando creas un Estado, eso no te lleva necesariamente a la libertad. A veces sales de la jaula de normas para meterte en un Leviatán despótico,
DiegoCapítulo 4. La economía fuera del pasillo.
Speaker 5En la sabana central de Nigeria, el pueblo Tiv desarrolló un sistema infalible para evitar las tiranías. El terror a la brujería, conocido hoy como tsav, hacía que cualquier agricultor con una cosecha excepcional fuera sospechoso de haber robado la vitalidad a sus vecinos. En la práctica, acumular riqueza podía costarte el ostracismo o la muerte. La jaula de normas imponía un igualitarismo brutal. Protegía al grupo frente a los tiranos, pero también castigaba a quien destacaba. El resultado era un estancamiento en la miseria. Por su parte, el leviatán despótico sí puede ayudar al crecimiento económico durante un tiempo, aunque por supuesto, de una forma frágil. La Unión Soviética y la China contemporánea demostraron que un régimen autoritario puede disparar el PIB mediante el crecimiento extractivo. Para hacerlo, el Estado moviliza recursos a la fuerza, saca a millones de campesinos de la agricultura de subsistencia y los lleva a las fábricas y a las grandes infraestructuras estatales. Pero ese modelo acaba chocando con sus propios límites. En la década de 1970, la Unión Soviética enviaba sondas a Venus. Mientras tanto, sus ciudadanos hacían colas para conseguir un rollo de papel higiénico. Para entender por qué fallaba ese sistema, hay que ver el detalle. Imagina que eres un ingeniero en una fábrica de tractores en Volgogrado y has diseñado un motor bastante más eficiente. Para aplicar estos nuevos cambios necesitas primero detener y transformar la línea de montaje. Pero si la detienes, toda la fábrica va a incumplir la cuota de unidades dictada por Moscú. Entonces el director puede ser purgado y tú investigado por sabotaje. Así que mejor te callas y sigues fabricando tractores aunque sean obsoletos para cumplir con los planes estatales. Me gustaría hacer una puntualización aquí. Aunque los autores explican este caso de fracaso desde la óptica institucional, la parálisis soviética se entiende mejor si la miramos también desde un libro que hemos leído en esta biblioteca, La economía en una lección, de Henry Hazlitt. Hazlitt nos diría que el error del Comité Central Soviético fue centrarse obsesivamente en lo que se ve, las cuotas de producción. Al hacerlo, se volvieron ciegos a lo que no se ve: el conocimiento tácito del individuo, la eficiencia real y las necesidades del ciudadano de a pie. Pero bueno, retomando la teoría original del libro, la economía planificada choca con otro problema básico. El crecimiento sostenido exige lo que Joseph Schumpeter llamó la destrucción creativa. Algunas viejas industrias tienen que caer para que otras aparezcan en su lugar. El problema es que bajo el leviatán despótico, muchas de estas viejas industrias son propiedad de la élite del partido o del ejército o de los oligarcas. Y claro, ningún dictador va a financiar la innovación si eso implica destruir el sustento de sus colegas. Bien, entonces la tesis del capítulo es bastante clara. Fuera del pasillo estrecho, la prosperidad a largo plazo es improbable. A largo plazo, digo, ¿eh? Si una sociedad castiga al que destaca o un Estado castiga al que innova, la economía se va a estancar irremediablemente
DiegoCapítulos 5 y 6. El buen gobierno y la tijera europea.
Speaker 6En 1338, el pintor Ambrogio Lorenzetti plasmó la física del poder en los muros del Ayuntamiento de Siena. Su fresco, la alegoría del buen gobierno, es la representación visual perfecta del Leviatán encadenado. En la pintura, los ciudadanos sostienen una cuerda trenzada que pasa por la balanza de la justicia y termina en la mano del gobernante. La idea es sencilla: el gobernante tiene poder, pero ese poder debe pasar por la justicia y por una sociedad capaz de sujetarlo. El buen gobierno depende de ese equilibrio entre autoridad estatal y control ciudadano. El fresco resume la tesis económica del capítulo cinco a la perfección. Dentro del pasillo, la gente puede invertir, comerciar y prosperar con mucho menos miedo a que una élite se quede con todo después de su duro trabajo Y la pregunta que se hacen los autores en el siguiente capítulo, en el seis, es cómo logró Europa tejer esa cuerda entre el Estado y la sociedad. Acemoglu y Robinson rechazan la idea de una civilización superior destinada a la libertad. La entrada en el pasillo estrecho dependió de una mezcla histórica bastante rara. Los autores la llaman la tijera europea. Tras el colapso del Imperio Romano, Europa heredó dos hojas que rara vez aparecían juntas. La primera venía de Roma, una maquinaria burocrática preparada para administrar, recaudar y hacer la guerra La segunda venía de las tribus germánicas, asambleas locales donde los líderes tenían que rendir cuentas y gobernar con cierto consenso. La mezcla de estas dos hojas permitió algo poco común: un estado con capacidad para mandar, pero limitado desde el principio por costumbres e instituciones que venían de la sociedad. Bizancio heredó sobre todo la hoja romana. Tenía una burocracia potente, pero carecía de asambleas capaces de limitar el poder. El resultado fue un Leviatán despótico. Por su parte, Islandia heredó sobre todo la hoja germánica. Creó el Althing, que es uno de los parlamentos más antiguos del mundo, pero no tenía un estado central capaz de hacer cumplir las leyes que ese mismo parlamento proponía. Y por supuesto, tampoco tenía un monopolio de la violencia. Ahí el problema fue el contrario al de Bizancio. Había un Leviatán ausente Y lo que ocurre cuando no está el Leviatán es que la sociedad acaba dándose de tortas Aquí me gustaría hacer un inciso. una vez más, el análisis de Acemoglu y Robinson está muy centrado en las instituciones, pero deja en un segundo plano algunas capas previas. Si has leído dos libros de la biblioteca, uno de Jared Diamond y otro de Joseph Henrich, probablemente echarás de menos parte de la historia. Te recuerdo: Diamond diría que Europa no parte de la nada. La geografía euroasiática facilitó la difusión de la agricultura, también de los animales domésticos y permitió unas poblaciones densas, que es lo que hace luego sostener un estado complejo. Y Henrich se fijaría en otra capa más: las instituciones de parentesco. la Iglesia católica debilitó durante siglos los matrimonios entre parientes y esto fue erosionando poco a poco las redes cerradas de clan. Eso ayudó a crear sociedades más individualistas y más acostumbradas a cooperar con desconocidos y, por lo tanto, más capaces de sostener instituciones impersonales. Aun así, Acemoglu y Robinson no dirían que la geografía o la cultura expliquen la libertad por sí solas. Para ellos, esas capas preparan el terreno. Pero la clave sigue estando en si la sociedad logra encadenar al Leviatán
DiegoCapítulo 7. El mandato del cielo.
Speaker 7En el siglo cuarto antes de Cristo, Shang Yang fue un reformador político que transformó el Estado de Qin mediante el legalismo o fajia. Su objetivo era fortalecer al máximo el poder del Estado y romper cualquier contrapeso social. Para lograrlo, impuso una regla mezquina. Si alguien cometía un crimen, su familia o sus vecinos podían ser castigados con él. Así, ya no bastaba solo con preocuparte por lo que hacías tú, sino que también tenías que vigilar lo que hacían los demás. El Estado conseguía de esa manera que los ciudadanos se vigilaran entre sí. Se metía en tu casa y en tu barrio. Además, te obligaba a adelantarte al golpe denunciando antes de que el error de otro te arrastrara a ti. Así rompía la confianza entre los ciudadanos y forzaba una lealtad hacia el soberano. la sociedad quedaba atomizada, con muchas más dificultades para organizarse contra el poder. Pero el terror no basta para sostener un régimen durante siglos. También hacía falta legitimar ese poder. En China, esa justificación venía del llamado Mandato del Cielo. La idea era muy sencilla: el emperador gobernaba porque el cielo le había dado autoridad para hacerlo. Eso sí, si gobernaba mal, podía perder ese mandato. sobre el papel parecía un límite moral al emperador, pero en la práctica funcionaba casi siempre después de los hechos. Si un emperador caía, el nuevo gobernante podía decir que el cielo le había retirado el mandato al anterior y se lo había concedido a él. Y en todo esto, por supuesto, el pueblo no tenía ningún poder de decisión. Ese sistema sigue vivo en la China actual. El Partido Comunista no evolucionó hacia la democracia cuando creció la clase media. Integró a parte de las élites económicas en la estructura del Estado. Así, existían más incentivos para prosperar dentro del leviatán que para encadenarlo. En la China actual, la vigilancia ya no depende tanto de que tu vecino te denuncie, sino que ahora es el Estado quien tiene herramientas mucho más sofisticadas, pero en cualquier caso, el efecto se parece mucho, porque organizarse contra el poder central se vuelve mucho más difícil. Aquí me gustaría hacer una anotación, y es que el problema de este tipo de Estado no es solo la represión. También funciona peor cuando vienen las malas noticias. El inicio del COVID-19 en Wuhan es un buen ejemplo. Cuando algunos médicos alertaron del virus, el Estado reaccionó castigando a los mensajeros. Y los burócratas locales aprenden rápido la lección. Era mucho más seguro ocultar un problema que hacerlo llegar a los de arriba
DiegoCapítulo 8. La Reina Roja rota
Speaker 8En 2007, en una aldea al norte de la India, Babli y Manoj fueron asesinados por la familia de ella. No habían matado a nadie. Su único delito fue casarse siendo del mismo clan. Sobre el papel, el Estado indio prohíbe estas ejecuciones, pero la realidad luego en el día a día es muy diferente. Cuando la asamblea tradicional ordenó el linchamiento para limpiar el honor de la familia, el Estado no protegió a la pareja. los agentes los escoltaron un breve tramo y luego los abandonaron a su suerte alegando que estaban fuera de su jurisdicción. Acemoglu y Robinson usan este ejemplo para corregir una intuición muy occidental. Tendemos a pensar que la opresión viene siempre del Estado, pero en algunos lugares viene de tus propios vecinos. Entrar en el pasillo exige que la sociedad se organice para frenar los abusos del poder. Pero en la India la sociedad podía movilizarse, pero muchas veces esa energía acababa sirviendo para vigilar que cada grupo respetara su lugar, para impedir que un intocable bebiera de un pozo comunal o para castigar a quien rompía las reglas de pureza. Para entender esto hay que tener presente el peso de las castas en la India. Las castas marcaban con quién podías casarte, con quién podías comer y hasta qué contactos se consideraban contaminantes. El problema es que una población dividida en miles de grupos que no comen juntos, que se desprecian, bueno, pues tiene muchas dificultades para actuar contra los abusos del Estado o para pedir cualquier cosa al Estado. Tras la independencia en 1947, el Estado indio intentó modernizar el país. Prohibió la discriminación por castas y reservó una parte de los empleos públicos para los grupos más desfavorecidos. Pero la existencia de leyes no garantiza que las costumbres desaparezcan. Aun así, en muchas regiones de la India la casta sigue pesando mucho en las elecciones. Un candidato puede ganar apoyos prometiendo que ciertos empleos o licencias irán para los suyos. Y esto es solo un ejemplo. Para Acemoglu y Robinson, las castas funcionan como una jaula de normas. Separan a la gente en grupos cerrados y hacen más difícil que actúen juntos frente al Estado. Henrich, en Las personas más raras del mundo, ese libro que, bueno, igual has leído de la biblioteca, ayuda a entender por qué esa separación era tan difícil de romper. Cuando la familia, el linaje y la casta marcan casi todas sus relaciones, cooperar con desconocidos se vuelve más difícil.
DiegoCapítulo 9. El diablo en los detalles
Speaker 9Acemoglu y Robinson dedican este capítulo a una idea muy importante: una misma crisis no produce los mismos efectos en todas partes. Una guerra puede fortalecer la cooperación en un lugar y endurecer el autoritarismo en otro. Y para verlo basta con comparar Suiza y Prusia. En lo que hoy es Suiza, ya avanzada la Edad Media, la amenaza constante de los señores y territorios vecinos obligó a la población a organizarse militarmente. La zona estaba en la periferia montañosa del Sacro Imperio Romano, donde el control de los nobles era débil. Eso llevó a los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden a firmar un pacto defensivo en 1291. Acordaron defender sus valles con milicias de campesinos. esa defensa reforzaba las propias comunidades locales. Además, al mismo tiempo, establecieron normas para resolver disputas sin darse de tortas. Como ves, en este caso la amenaza militar hizo que los cantones se organizaran. Con el tiempo, el Estado suizo creció y aprendió a recaudar impuestos para la guerra, pero lo hizo empujado por ciudadanos con experiencia asamblearia. El Leviatán se hizo más fuerte y nació encadenado. Pero ahora vamos a avanzar hasta la Prusia del siglo XVIII. Prusia también, como Suiza, vivía rodeada de amenazas, pero partía de una situación muy diferente. El rey Federico Guillermo había hecho un pacto bastante turbio con los terratenientes locales. la monarquía obtenía vía libre para ignorar a las antiguas asambleas de las ciudades y podía cobrar impuestos para financiar un ejército profesional. a cambio, los terratenientes consiguieron un control casi absoluto sobre los campesinos. Así que la presión militar no empujó a la sociedad a organizarse como en Suiza. Sirvió para reforzar al rey y a los grandes propietarios. El Estado prusiano creció de forma espectacular, pero lo hizo extrayendo impuestos y soldados de una sociedad cada vez más sometida. En 1733 instauró un sistema de reclutamiento en el que los niños entraban en las listas militares nada más cumplir los diez años. Imagínate. Aquí es donde falla la idea lineal de causa y efecto. La guerra no decidió por sí misma el futuro de Suiza y Prusia. En Suiza, la tradición asamblearia hizo que la presión militar reforzara la organización local. En Prusia, el pacto entre la Corona y los terratenientes reforzó la servidumbre. Las guerras, las revoluciones, las pandemias o la globalización no provocan lo mismo en todas partes. Una guerra puede fortalecer la cooperación en un lugar y endurecer el autoritarismo en otro. Todo depende de cómo esté organizada una sociedad antes de que llegue la crisis.
DiegoCapítulo 10. ¿Qué pasa con Ferguson?
Speaker 10Ferguson era una pequeña ciudad de Missouri con mayoría negra y una policía casi totalmente blanca. Durante años, muchos vecinos temían a la policía local. En agosto de 2014, un agente mató a Michael Brown, un joven negro de dieciocho años. La ciudad estalló. Al tirar del hilo, se vio que la muerte de Brown era la parte visible de un problema mucho más grande. El Ayuntamiento de Ferguson abusaba de forma sistemática de los vecinos más pobres. La policía ponía multas por infracciones menores y, cuando alguien no podía pagar, la deuda empezaba a crecer. Una multa de aparcamiento podía acabar convertida en una orden de arresto. Y aquí encaja muy bien una idea de un libro que hemos leído muchos de nosotros, que es Repensar la pobreza. Para una persona con recursos, una multa puede ser una molestia, pero para alguien que vive al límite, puede abrir una cadena de problemas. Primero llegan los recargos, luego las faltas al juzgado, porque no te puedes permitir perder una mañana de trabajo. Y cuando quieres darte cuenta, una infracción menor se ha convertido en una trampa de vida. Y aquí la pregunta es obvia: ¿por qué ocurre algo así en uno de los países con la democracia más antigua del mundo? Para responder, tenemos que irnos al origen de los Estados Unidos. Los fundadores de Estados Unidos querían construir un estado federal capaz de mantener unido el país, pero muchos ciudadanos desconfiaban de cualquier poder central fuerte. Y además, los estados del sur querían conservar la esclavitud. Así nació un estado federal fuerte para algunas cosas, pero muy limitado para otras. Ese arreglo permitió crear una democracia relativamente estable, pero dejó una grieta enorme. El gobierno federal tenía muy poca capacidad para proteger a todos sus individuos frente a los abusos de los poderes locales. Después de la guerra civil, la esclavitud fue abolida, pero el sur mantuvo durante décadas nuevas formas de dominación racial. Y esa historia dejó huella. Muchas comunidades negras siguieron viviendo en barrios pobres, con poco poder político y bajo ayuntamientos que dependían demasiado de ganar dinero con multas y tasas. Ferguson formaba parte de esa historia. Era una ciudad con una población negra empobrecida, con poco poder político y sometida a una policía local que muchas veces funcionaba como una máquina de recaudar. El caso de Ferguson es revelador porque nos muestra una paradoja del Estado estadounidense. Es un Estado que puede proyectar poder por medio mundo, lo estamos viendo ahora en Irán, y al mismo tiempo fallar cuando una persona se enfrenta al abuso de la autoridad local. Volviendo a la metáfora del libro, un país puede estar dentro del pasillo y tener zonas donde la libertad llega peor o llega tarde o depende demasiado de autoridades locales que nadie controla bien.
DiegoCapítulo 11. El Leviatán de papel
Speaker 11En la Argentina de finales de los 2000, una mujer intenta apuntarse a un programa de ayuda social. Va a la oficina, espera varias horas, entrega unos papeles que le habían pedido, pero le dicen que vuelva otro día. Siempre falta algo: un documento, una firma. El trámite se alarga durante meses. El sociólogo Javier Auyero llama a estas personas pacientes del Estado. La expresión encaja muy bien, porque en vez de reclamar un derecho, aprenden a esperar, a no enfadarse y aceptar que el Estado decidirá cuándo va a atenderlas. Argentina sirve a los autores para explicar el Leviatán de papel. no estamos ante un Estado ausente como Libia o Afganistán, porque aquí existe la oficina, existen las ayudas, los funcionarios están ahí, pero el Estado funciona como una máquina lenta y caprichosa. Te obliga. Es como si te obligase a suplicar por los derechos que en teoría son tuyos. Los famosos ñoquis argentinos son una imagen perfecta. Son empleados que cobran del Estado, pero que no aparecen por su puesto de trabajo. Construir un Estado más capaz podría mejorar la vida de la gente, pero también haría que la sociedad fuera mucho más exigente y estuviera mejor organizada. Y como te puedes imaginar, a muchas élites eso no les interesa. Prefieren un Estado torpe, manipulable y lleno de atajos para los suyos. Sirve peor a los ciudadanos, pero sirve bastante bien a quienes los controlan. Y aquí aparece una idea muy importante del libro. Para ser libre no basta con limitar al Estado. También necesitas que el Estado funcione, que te proteja y que no convierta tus derechos en una carrera de obstáculos
DiegoCapítulo 12. Los hijos de Wahhab
Speaker 12¿Por qué Arabia Saudí ha sido durante tanto tiempo uno de los países más represivos del mundo? La respuesta rápida suele apuntar al islam, pero Acemoglu y Robinson proponen una explicación más concreta: la alianza entre el poder saudí y los ulemas wahabíes. Te lo cuento. Muchos estados despóticos intentan romper las jaulas de normas porque limitan su poder. Si los clanes o los jefes tribales compiten con el Estado, el autócrata tiene buenos motivos para debilitarlos, pero también puede hacer otra cosa: poner esas normas a su servicio. Y eso es justo lo que ocurrió con la alianza entre Muhammad ibn Abd al-Wahhab y la familia Saud en 1744 en la península arábiga. Wahhab era un predicador que defendía una interpretación estricta del islam y rechazaba muchas prácticas religiosas populares. en el oasis de Uyayna llegó a destruir lugares de veneración y mandó lapidar a una mujer declarada culpable de fornicación. Aquello indignó a los ulemas locales y tuvo que huir. Tras su huida, Wahhab hizo un pacto con Saud. Saud era un gobernante de un pequeño emirato del desierto. Wahhab necesitaba fuerza militar para expandir su doctrina, y Saud vio que el wahabismo podía legitimar su poder. la alianza era perfecta. Uno ponía la doctrina y el otro ponía las armas. El pacto era muy útil para Saud. Hasta entonces, los jeques de la zona no podían mandar a placer. Tenían que negociar con los jefes locales y moverse dentro de las costumbres tribales. El wahabismo cambiaba esto. Permitía presentar como guerra religiosa lo que también era una expansión política. Saud ganaba legitimidad religiosa y una forma mucho más rentable de expandirse. Podía presentar sus ataques como guerra religiosa, exigir obediencia y quedarse también con una parte del botín. A medida que el nuevo Estado saudí se expandía, desplazó a los jefes locales y empezó a gobernar usando la doctrina wahabí. La jaula de normas ya no servía para limitar el Estado. Ahora el Estado podía usarla desde arriba. Antes ya he mencionado a los ulemas, pero merece la pena detenernos un poco más para hablar de su papel dentro del islam. En el islam suní no existe una jerarquía religiosa como la que tenemos, por ejemplo, en la Iglesia Católica. No hay un papa islámico ni una estructura centralizada capaz de marcar una única interpretación oficial. Esa falta de jerarquía permitió en este caso a Saud, apoyarse en determinados ulemás y convertir las interpretaciones religiosas que estos hacían en leyes. De este modo, una decisión política podía presentarse ante el pueblo como un mandato religioso. Una jugada perfecta. Por supuesto que para que esto funcione hace falta mucha flexibilidad a la hora de interpretar las escrituras, pero eso no suele ser un problema. Tú abre el Corán o abre la Biblia y verás que hay cientos de pasajes bastante ambiguos Un ejemplo claro en el Corán es la situación de las mujeres. La sura cuatro, versículo treinta y cuatro, suele traducirse como: "Los hombres están a cargo de las mujeres". Esta frase ha servido para legitimar el poder del hombre sobre la mujer durante mucho tiempo. En la práctica, eso implicaba que muchas mujeres necesitaban a su guardián, así lo llamaban, a su guardián varón. Lo necesitaban para viajar, para abrir una cuenta bancaria, para pedir un pasaporte, para tomar cualquier decisión importante. La alianza que establecieron los Saud fue muy útil, pero obviamente no salía gratis. Si el Estado quería usar a los ulemas para legitimarse, también tenía que tragar con parte de sus exigencias. Con la educación de las niñas en esa zona del mundo se ve muy bien. Cuando el rey Saud anunció educación pública femenina en 1955, la resistencia religiosa obligó a cambiar la política pocos años después. La educación de las niñas quedó bajo supervisión religiosa hasta 2002. Pero la imagen que más me ha impactado a mí del libro es, eh, cómo la jaula de normas en 2002, que es hace cuatro días, provocó una situación alucinante. Estoy hablando del incendio de una escuela de chicas en La Meca. Algunas alumnas, como estaba incendiándose la escuela, intentaron salir sin pañuelo y sin abaya. Y la policía religiosa que estaba fuera del colegio intentó impedir como fuese que escaparan, sí, pues sin la vestimenta adecuada, según ellos. Resultado: murieron quince chicas y entonces, ¿a dónde nos lleva toda esa historia? La clave del caso saudí es la siguiente: la jaula de normas, o sea, las normas sociales arraigadas, no siempre limitan al Estado. A veces el Estado las usa para mandar todavía más. En Arabia Saudí, el poder político se metió en la vida cotidiana presentando ciertas normas sociales como mandatos divinos.
DiegoCapítulo 13. La Reina Roja fuera de control
Speaker 13A lo largo del libro ya hemos visto cómo funciona la Reina Roja. Para que haya libertad, el Estado y la sociedad tienen que ganar capacidad al mismo tiempo. Esa es la idea principal. El Estado necesita fuerza para imponer leyes y mantener el orden, y la sociedad necesita fuerza para vigilarlo y frenarlo. El problema aparece cuando esta carrera deja de parecerse a una competición y empieza a sentirse como una guerra. la República de Weimar debería estudiarla cualquier persona que quiera entender lo frágil que puede ser la libertad. Durante aquellos años, entre guerras, Alemania tenía una democracia real, al menos sobre el papel. Había elecciones, había partidos, prensa libre y muchas asociaciones civiles. Pero aun así, todo se fue a pique. Qué es lo que falló? Te preguntarás. El Estado no era tan fuerte como parecía, ni siquiera tenía el monopolio de la violencia. La sociedad, además, estaba brutalmente polarizada. Cada partido tenía sus propios grupos paramilitares. Si hoy nos preocupa la polarización, aquello jugaba en otra liga. Alemania no estaba desmovilizada. Ya te he dicho, había sindicatos, había asociaciones de veteranos, grupos juveniles, periódicos... El problema es que muchas de esas redes encerraban a la gente en bandos cada vez más hostiles entre sí. Y también fallaron las élites. Muchas echaban de menos el orden del viejo imperio. para ellas, el avance obrero y socialista amenazaba directamente a su mundo. Por eso apoyaron a Hitler como herramienta contra la izquierda y la república. creyeron que podrían usarlo. Obviamente, se equivocaron. Mientras leía ese capítulo, me venía a la mente una de las ideas de Cómo mueren las democracias, este libro que hemos leído hace muy poquito. Una de ellas es que las crisis pueden acelerar procesos que llevaban tiempo creciendo. La deriva autoritaria alemana no empezó con el incendio del Reichstag, pero aquel incendio dio a los nazis la excusa perfecta para perseguir a sus enemigos y desmontar las instituciones desde dentro. Todo en defensa del orden, por supuesto. Otra idea de cómo mueren las democracias encaja muy bien aquí. Una democracia empieza a estar en peligro cuando cada bando ve al otro como una amenaza existencial. O ellos o nosotros. Si ellos gobiernan, vendrá el caos, la ruina, la destrucción de la patria. Hitler explotó exactamente ese miedo. Presentó su toma absoluta del poder como la única forma para salvar a Alemania de comunistas y judíos. Y esto conecta con otro de los libros que hemos leído sobre política, el Manual del dictador. Mucha gente apoyó a Hitler esperando que un líder fuerte pusiera orden Pero, y aquí el error, el líder fuerte rara vez gobierna para el pueblo. Gobierna para acumular poder y mantener contentos a quienes le ayudan a conservarlo. Y se acabó. Los populismos actuales pueden leerse desde esta lógica. Cuando mucha gente siente que el sistema le ha dejado atrás, aumenta la atracción por los líderes que prometen representar al pueblo verdadero. Y eso le da a esos populistas permiso para saltarse las normas Hay, en mi opinión, una idea bastante esperanzadora en el capítulo. Alemania salió del pasillo, pero con el tiempo recuperó la libertad. Volver al pasillo no es fácil, pero cuando un país ha conocido partidos, prensa, elecciones, cuando tiene ese recuerdo, parte del camino sigue ahí. Por contra, en países con una larga tradición despótica, como puede ser China, el reto es muchísimo más difícil
DiegoCapítulo 14. En el pasillo
Speaker 14A estas alturas, la pregunta natural es: ¿cómo entra un país en el pasillo? Estar dentro del pasillo significa que el Estado y la sociedad se equilibran. El Estado puede imponer leyes y prestar servicios. La sociedad puede vigilarlo y ponerle límites. Si falta el Estado, aparece el Leviatán ausente. Si falta la sociedad organizada, aparece el despotismo. Cuando un país viene de un Leviatán despótico, el problema principal es frenar un Estado demasiado fuerte. Sudáfrica es el ejemplo más claro del libro. El apartheid era un Estado fuerte al servicio de la minoría blanca. Para entrar en el pasillo, la mayoría negra tuvo que organizarse en el Congreso Nacional Africano, el partido de Mandela, y también tuvo que organizarse en forma de sindicatos y otras organizaciones civiles. En otros países, el reto es diferente. Si vienes de un Leviatán ausente, hace falta construir primero un Estado capaz. Y si vienes de un Leviatán de papel, el problema es todavía más raro, porque el Estado existe, pero no funciona bien. Ahí hay que fortalecer el Estado y la sociedad al mismo tiempo. La metáfora del pasillo tiene otro detalle importante: puede ser más ancho o puede ser más estrecho, según lo fácil que resulte equilibrar el Estado y la sociedad. Se estrecha cuando cualquier avance se vive como una amenaza. En esas condiciones, entrar en el pasillo es como enhebrar una aguja con los ojos cerrados. Turquía es un buen ejemplo reciente de este problema. Durante un tiempo pareció que el AKP, que es el partido de Erdoğan, podía debilitar el poder de los militares y de la vieja élite laica. Esta élite llevaba décadas vigilando la política turca. Esto teóricamente podría haber abierto una puerta en el pasillo, pero la pelea se convirtió cada vez más en un juego de suma cero. ¿Qué significa esto? Pues que si uno ganaba, el otro sentía que lo perdía todo. La vieja élite se resistió y el AKP acabó usando su victoria para capturar el Estado. En vez de entrar en el pasillo, Turquía terminó cambiando una forma de despotismo por otra. Un factor que estrecha muchísimo el pasillo es que una élite pueda vivir de someter a sus trabajadores. Si una élite vive de tener trabajadores atados a la tierra o a la mina, cualquier avance de la sociedad va a amenazar su negocio. En economías más urbanas o industriales donde hacen falta trabajadores formados y algo de movilidad, las élites tienen menos motivos para bloquear cualquier cambio. Pero cuando todo depende de la tierra, la cosa se complica. Otro factor más que ha ampliado el pasillo durante las últimas décadas es la globalización. Después de la Segunda Guerra Mundial, la represión extrema y el genocidio se hicieron más visibles y más difíciles de justificar. Obviamente, había, eh, muchos medios globales que los exponían constantemente en las noticias. Y luego, además, tenemos los derechos humanos que se firmaron en el 48, la ONU. Había mucha presión. Esto obviamente no hace magia, pero puede aumentar el coste de realizar ciertas brutalidades, porque ahora te ven y te señalan. En Sudáfrica podemos ver muy bien esta mezcla de, de factores. La mayoría negra estaba cada vez más y al régimen blanco cada vez les salía más caro sostener el apartheid tanto dentro como fuera del país. Y Mandela fue clave porque fue capaz de negociar sin convertir la transición en una guerra racial, que esto es algo parecido a lo que ocurrió en la transición eso ensanchó el pasillo lo suficiente como para poder entrar Corolario: entrar en el pasillo exige algo bastante raro, bastante extraño. El Estado y la sociedad tienen que fortalecerse al mismo tiempo, pero sin destruirse por el camino. Por eso no hay una receta universal que sirva para todos los países y en todas las épocas históricas.
DiegoCapítulo 15. Vivir con el Leviatán
Speaker 15Y para cerrar el libro, la pregunta más importante: los que estamos dentro del pasillo, como los españoles, ¿cómo nos mantenemos dentro de él? Acemoglu y Robinson dejan muy claro durante todo el libro que no hay garantías. Lo que mantiene a un país dentro del pasillo en una época puede no bastar en la siguiente. Los problemas cambian, las instituciones envejecen y el futuro llega más rápido de lo que nos gustaría. En muy poco tiempo han aparecido retos tecnológicos, económicos y políticos enormes. Algunos tememos que el Estado acumule demasiado poder. Otros temen justo lo contrario: que por falta de Estado, los más débiles queden a expensas de los más fuertes. Por cierto, este miedo a que el Estado acumule demasiado poder no es algo nuevo. Friedrich Hayek ya lo tenía muy presente en el siglo veinte. Pensaba que el crecimiento del estado del bienestar acabaría en servidumbre. Según él, si todos dependemos del Estado, acabamos debiéndonos a él, como un padre protector que, por proteger demasiado, termina malcriando a sus hijos. Acemoglu y Robinson se toman en serio este miedo. Por supuesto que sí, el Estado siempre puede mostrar su cara despótica. Pero insisten en la otra mitad del problema. Cuando el Estado no tiene capacidad para intervenir, puede dejar demasiado poder en manos privadas. Como siempre, un ejemplo vale más que mucha teoría. Y para esto ningún ejemplo es mejor que el de Suecia. En los años treinta, Suecia sufrió el golpe de la Gran Depresión, como tantos otros países. La respuesta sueca fue construir una coalición amplia entre trabajadores y campesinos, reforzar los sindicatos y ampliar el estado del bienestar a partir de ahí, el Estado empezó a crecer. La gracia del caso sueco es que no creció sobre una sociedad pasiva. los sindicatos y las organizaciones obreras tenían una fuerza real. Podían negociar con el Estado, podían presionarlo y podían vigilarlo. Gracias a eso, el Estado pudo asumir nuevas funciones sin convertirse en un Leviatán desatado. Por eso Suecia les interesa tanto a los autores, porque muestra un Estado más grande, bastante grande, que no tiene por qué convertirse en una autocracia. La clave está en si la sociedad conserva fuerza suficiente para sujetarlo. Y de un caso de éxito de Suecia pasamos ahora a uno un poco más inquietante. Estados Unidos sigue dentro del pasillo, por supuesto, pero cada vez muestra más señales de deterioro. Para Acemoglu y Robinson, y también para Ziblatt y Levitsky, en "Cómo mueren las democracias", Estados Unidos es uno de los casos que más preocupa, Una parte importante del problema viene de la globalización y la automatización de finales del siglo XX. Zonas industriales como Detroit, que durante décadas habían vivido de empleos fabriles relativamente bien pagados, quedaron golpeadas por la deslocalización hacia China y por la automatización. Muchos trabajadores vieron desaparecer sus empleos y mientras tanto, las finanzas y la alta tecnología crecían a toda velocidad. Para muchos trabajadores, el país seguía creciendo, pero ellos se habían quedado fuera de la fiesta. Las élites políticas y económicas parecían desentenderse de ese malestar. Y lógicamente, ese resentimiento alimentó la polarización. Y la polarización, ya lo sabes, estrecha mucho el pasillo. Hay quien cree que Trump llegó al poder en parte porque supo canalizar esa frustración. Y aquí aparece una idea relevante: la economía y la política no van cada una por su lado. Una reforma puede hacer crecer la economía, el PIB y al mismo tiempo cambiar el equilibrio de poder de una sociedad. El sector financiero estadounidense es un buen ejemplo. A partir de los años ochenta, las finanzas ganaron peso y capacidad de presión. Ese poder económico se convirtió en influencia política y desde allí el sector pudo empujar reglas cada vez más favorables para sí mismo. Y esto ya sabes dónde terminó. Este es un bucle muy peligroso: el dinero compra influencia, la influencia cambia las reglas y las nuevas reglas generan más dinero. Cuando esto ocurre, la desigualdad se convierte también en un problema de libertad, porque si los más poderosos pueden escribir las reglas, el resto de ciudadanos, lógicamente, pierde poder. Y algo parecido ha ocurrido con las grandes tecnológicas: Amazon, Google, Facebook, Apple. Todas ellas se han convertido, ahora OpenAI, todas ellas se han convertido en intermediarios casi inevitables para poder comprar, para informarnos, para comunicarnos. Y esto plantea un problema nuevo. Hace falta un Estado capaz de regular ese poder privado, pero también una sociedad capaz de vigilar que esa regulación no acabe convertida en control estatal. El mismo dilema aparece con la seguridad. Tras el 11 de septiembre, Estados Unidos amplió enormemente su aparato de control. La amenaza terrorista era, por supuesto, real, pero sirvió para justificar una maquinaria de vigilancia gigantesca y además opaca al pueblo. Snowden, un antiguo contratista de la NSA, filtró en 2013 documentos que revelaban programas masivos de vigilancia del gobierno estadounidense. La filtración mostró hasta qué punto el Estado podía acumular información sobre millones de ciudadanos con muy poca supervisión pública. Acemoglu y Robinson terminan el libro hablando de derechos. Y esa parte me parece muy interesante porque los derechos no aparecen como frases bonitas escritas en un papel. Sirven, según ellos, para marcar líneas que ni el Estado, ni las empresas ni los poderosos deberían cruzar nunca. Para ellos, la libertad exige algo más que un Estado que no te moleste. necesitas unas condiciones mínimas para poder ejercerla. Una persona sin dinero para comer, sin seguridad o sin capacidad real para defenderse puede tener muchos derechos sobre el papel, pero seguir estando vendida Y esto no es un detalle moralista sobre ayudar a los pobres, es central para el pasillo. Si una parte grande de la sociedad está vendida o vive con miedo, difícilmente va a poder organizarse para vigilar al poder. Vivir con el Leviatán significa aceptar una tensión permanente. Necesitamos un Estado fuerte para que nos proteja de poderes privados, de crisis económicas, de violencia. Pero también necesitamos una sociedad fuerte que impida que ese mismo Estado se convierta en el Leviatán de Hobbes y hasta aquí el libro "El pasillo estrecho" de Acemoglu y Robinson. Un libro importante, extenso, a veces un poco quizá demasiado exhaustivo, pero creo que muy importante para comprender el mundo en el que vivimos. Hasta pronto