Biblioteca Polymata
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Resumen - El último abrazo
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Resumen del libro "El último abrazo". Prólogo.
SpeakerSiendo un niño, Frans de Waal ya apuntaba maneras. Le encantaba observar y lo hacía de un modo que poca gente hacía. El prólogo del libro comienza con una escena en la que observa a dos adolescentes que se besan. antes del beso, el chico estaba mascando chicle y después del beso es la chica quien lo hace. al volver a casa, de Waal se lo cuenta a su madre, pero esta no parece muy interesada por la escena. La mayor parte de las personas miramos. El autor de este libro, eminente primatólogo que falleció hace muy poquito, en 2024, observaba de verdad. Ese sexto sentido le acompañó toda su vida y le convirtió en uno de los estudiosos del comportamiento animal más agudos que ha existido. La emoción animal es la materia prima con la que trabajaba de Waal. la emoción se refleja en el cuerpo y en la mirada. Muchas emociones sirven para preparar al organismo, acercarse, huir, reparar una relación, proteger a una cría, evitar un peligro... Si un chimpancé se tensa después de una pelea, evita una mirada o se acerca poco a poco para acicalar a otro, vemos la parte externa de la emoción. El sentimiento sería la vivencia interna de ese estado. No lo vemos directamente, tampoco en otras personas, por supuesto. Lo que pasa es que los humanos tenemos una cosa que los animales no tienen: un lenguaje articulado complejo. Y además tenemos, obviamente, familiaridad, una sensación de familiaridad con nuestros allegados que nos ayuda a poder interpretar mejor los sentimientos de otras personas. Mientras que para deducir los sentimientos de otros animales dependemos únicamente de aquello que podemos observar. Por eso, antes de concluir si un animal siente o no, hay que mirar con cuidado lo que está haciendo. Esa es la forma en la que el autor de este libro trabajaba y la que nos va a acompañar durante todo el resumen
DiegoCapítulo 1 El último abrazo de Mama.
Speaker 2El libro empieza con una de las escenas más famosas de la etnología reciente. Jan Van Hof, un primatólogo holandés ya bastante mayor, entra en la jaula de Mamá, una chimpancé anciana que está a punto de morir. Mamá tiene cincuenta y nueve años. Está muy débil. Se acurruca sobre la paja casi sin fuerzas para comer. Jan la conoce desde hace más de cuarenta años. Al principio, Mamá apenas reacciona. Jan se acerca, le habla, hace esos gruñidos suaves que los primatólogos usan para tranquilizar a los chimpancés y durante unos segundos parece que ella no sabe a quién tiene delante. Pero entonces lo reconoce. La cara de Mamá cambia. Se le abre la boca en una expresión que en los chimpancés se parece mucho a una sonrisa. Empieza a emitir sonidos agudos, levanta el brazo, atrae a Jan hacia sí y lo abraza. Le acaricia el pelo, le toca la nuca, le rodea el cuello. Hay un gesto especialmente llamativo. Mientras lo tiene cerca, le da pequeños golpecitos rítmicos en la cabeza y en el cuello. Ese es el gesto que hacen los chimpancés para calmar a sus crías. Jan y Mamá se conocían desde hacía más de cuarenta años. Jan no habría entrado en una jaula de cualquier chimpancé adulto. Esto puede ser extremadamente peligroso. Entra porque Mamá está muy débil y porque se conocen desde hace mucho. Cuando ella lo reconoce, su expresión cambia. qué es lo que hace de Wall? Pues bueno, más que intentar traducir la reacción de mamá a términos humanos, se limita a poner en evidencia lo esencial, lo que vemos todos. Entre ambos había un vínculo profundo, a pesar de estar muchísimo tiempo sin verse. Si viéramos a una mujer mayor reaccionar así ante un viejo amigo, entenderíamos la escena enseguida. Pero con mamá somos más prudentes y eso está bien. Pero cuidado, la prudencia no debería volvernos ciegos ante lo que la escena nos muestra. Mamá durante años fue la hembra líder en la colonia de Arnhem. De Wall la había visto intervenir en muchos conflictos para rebajar la tensión, sobre todo entre los machos. Su liderazgo dependía de su inteligencia social. Sabía leer al grupo e intervenir cuando era necesario. Después de practicarle la eutanasia, el zoo dejó que los demás chimpancés vieran su cuerpo. Algunos se acercaron, la tocaron, la inspeccionaron. Geisha, su hija adoptiva, permaneció mucho tiempo junto a ella. Pero el autor es prudente. Los chimpancés no tienen una idea humana de la muerte como nosotros, pero tampoco tratan el cuerpo de mamá como lo harían con un árbol caído. Durante un tiempo, vuelven una y otra vez al cuerpo, la inspeccionan, parecen esperar algún tipo de reacción Es decir, ahí está pasando algo
DiegoCapítulo 2 Una ventana al alma.
Speaker 3Un investigador hace cosquillas en la tripa de un joven chimpancé. Al instante, abre la boca, resuella con un ritmo parecido al de la risa humana e intenta escapar. Pero cuando el investigador deja de hacerle cosquillas, vuelve a por más. Le ofrece otra vez la tripa y basta con señalarle la zona sensible para que vuelva a retorcerse. Esto se parece demasiado a la risa como para ignorarlo. Muchos científicos preferirían hablar de un resuello vocalizado o de una conducta risoide. La precisión técnica puede ser positiva en ciencia, pero a veces es una forma de evitar hacer equivalencias con la conducta humana. Curiosamente, proyectamos nuestros rasgos sobre otros animales a todas horas. Decimos que un perro está orgulloso de una medalla, que un gato está avergonzado porque ha fallado un salto o que un delfín sonríe porque tiene esa forma en la boca. pero el antropomorfismo barato no ayuda a entender a los animales. En ámbitos científicos suele suceder justamente lo contrario. El miedo a proyectar puede llevarnos a negar cualquier parecido con el humano. De Waal llama esto antroponegación. si dos especies emparentadas hacen algo parecido en una situación parecida, conviene tomarse en serio la posibilidad de que haya una emoción parecida detrás. Cuidado, parecida no significa que sea idéntica, significa que la comparación merece ser examinada. En las películas antiguas muchos monos enseñan los dientes y el público cree que están haciendo una mueca graciosa. Lo cierto es que a menudo estaban asustados. Para conseguir esa expresión, los adiestradores los intimidaban. En otros primates, enseñar los dientes puede ser otra cosa. Orange, que era una hembra alfa de macaco, cuando se acercaba a otras hembras, muchas veces retraía los labios y enseñaba los dientes. Un humano cualquiera podría ver una sonrisa, pero en esa situación este es un gesto de apaciguamiento. Ahí la subordinada hace esa medio sonrisa para asumir su posición y para evitar conflictos con la que es más fuerte. Este es un ejemplo de cómo una expresión puede venir del miedo y acabar sirviendo como gesto de apaciguamiento. En nuestra especie, la sonrisa tiene muchas funciones. Puede ser nerviosa, falsa, seductora y, por supuesto, alegre. El gesto es parecido, pero en cada situación significa una cosa diferente. La risa, por su parte, tiene su origen en el juego. Cuando dos chimpancés jóvenes se persiguen, se empujan o se muerden La risa deja claro que están jugando. Aunque se muerdan, no es una pelea real. Algo parecido ocurre con los perros cuando se agachan antes de lanzarse sobre otros. Esa es la señal que deja claro al otro de que solo quieren jugar
DiegoCapítulo 3 Cuerpo a cuerpo.
Speaker 4Una rata libre se encuentra con otra rata que está encerrada en un diminuto recipiente transparente. La rata atrapada se agita claramente angustiada. La otra se acerca, explora el mecanismo y aprende a abrir la puerta. Nadie la ha entrenado para hacerlo. No recibe ninguna comida ni ningún premio por liberar a la otra rata, pero aun así insiste hasta sacarla. Los diseñadores de este experimento lo modificaron para que la rata que estaba libre tuviera dos opciones: abrir un recipiente en el que había chocolate o abrir el recipiente donde estaba la compañera atrapada. A las ratas les encantan las virutas de chocolate, pero muchas veces, aun así, liberaban primero a la otra rata, a la que, por cierto, no conocían Después iban a por el chocolate e incluso a veces lo compartían con la otra rata. Podría parecer que la rata buscaba compañía, pero el experimento se repitió de forma que, después del rescate, las dos ratas no pudieran interactuar. La rata seguía abriendo la puerta una y otra vez. Hay otro detalle importante: cuando se le administraba un ansiolítico, la rata seguía interesada en el chocolate, pero perdía buena parte del impulso para liberar a la compañera. Esto sucede porque el ansiolítico reduce la respuesta ante la angustia de la otra rata. Una conducta como esta puede tener una explicación evolutiva y al mismo tiempo estar motivada por una emoción real. De hecho, la emoción es el mecanismo que utiliza la evolución para motivar a la rata a la acción. Tiene sentido que la selección natural favorezca que los animales sociales empaticen con el sufrimiento ajeno. Desde un punto de vista evolutivo, un animal atento al malestar de otros puede proteger mejor a sus crías, puede mantener mejores vínculos e incluso puede reforzar la cohesión del grupo No pensemos que la rata está reflexionando sobre estas cuestiones. No calcula el beneficio futuro de liberar a la compañera. Simplemente, siente una tensión interna y actúa. Dicho de otro modo, los genes pueden ser egoístas y los animales generosos. Una cosa es la lógica evolutiva que explica por qué ciertos impulsos existen y otra cosa es la experiencia del animal que los vive. Si una rata libera a otra o si un chimpancé consuela a otro después de una pelea, no estamos viendo un comportamiento moral complejo como el humano, pero reducirlo todo a un interés oculto tampoco encaja bien. Los topillos de las praderas son unos animales, unos pequeños roedores, que forman parejas estables y también crían a sus hijos, a sus crías, juntos. Cuando uno de los dos pasa por una situación estresante, el otro también se altera. Aunque no haya sufrido directamente el episodio, se altera. Y qué es lo que hace cuando sucede esto? Pues se acerca a su compañero y lo acicala durante más tiempo, en una conducta que nos-- que podría ser muy similar a lo que nosotros llamamos consolar. Para entender el mecanismo profundo de la empatía, unos investigadores bloquearon la acción de la oxitocina en la pareja del topillo estresado. Lo que observaron entonces es que su conducta cambiaba. El animal seguía moviéndose, explorando y comportándose con normalidad en casi todo, pero ya no se acercaba tanto a su compañero para acicalarlo cuando este estaba estresado. Esto sugiere con bastante fuerza que parte de esa respuesta depende de la oxitocina, una hormona que está relacionada con el vínculo, el cuidado y la sensibilidad hacia el otro. Estos casos muestran que la palabra empatía mezcla cosas diferentes. A veces hablamos de contagio emocional, otras veces hablamos de consuelo, otras de ayuda, otras de una forma más compleja de, de ponerse en el lugar del otro. Y aquí conviene distinguirlo. No es lo mismo una rata alterada por el sufrimiento de otra que una persona imaginando lo que alguien siente y decidiendo qué hacer entonces. Pero hay una cosa que todas estas situaciones tienen en común: el estado de otro individuo modifica la conducta propia Esa sensibilidad hacia el otro tampoco lleva siempre al cuidado. Unos chimpancés jóvenes de un laboratorio aprendieron a atraer pollos con migas de pan. ¿Y qué hacían cuando se acercaban los pollos? Pues los golpeaban con un palo o los pinchaban con un alambre. O sea, anima. Menudas bestias. Incluso llegaron a coordinarse de manera que uno lanzaba el cebo a los pollos y el otro atacaba cuando venían. Parece que cuando más entienda un animal la conducta de otro, más posibilidades tiene también de hacerle daño. Y de eso los humanos sabemos bastante. De Waal en el libro carga contra la idea del gen egoísta, aunque aquí conviene hilar fino. Dawkins, en su famoso libro, que es uno de los pilares de esta biblioteca, El gen egoísta, popularizó esa expresión del gen egoísta para explicar la evolución desde el punto de vista de los genes. Pero cuidado, él no decía que los animales sean egoístas. Quería explicar que la selección favorece a los genes que se replican con éxito. Y ese proceso ciego, que puede crear animales competitivos, pero que también puede crear animales generosos, es el que defiende Dawkins, no la caricatura que menciona De Waal en el libro. Con Paul Bloom pasa algo parecido. De Waal lo presenta como parte de una tradición que desconfía de la empatía. No obstante, Bloom escribió un libro llamado Contra la empatía. Así que el título sí que se presta a caricatura, pero su argumento no es que las m-- emociones no sirvan para nada, sobren. Su tesis es que la empatía puede ser parcial, estrecha y manipulable. Y esto lo explica diciendo que nos mueve más, por ejemplo, eh, una víctima que podemos ver que muchas víctimas abstractas. Nos conmueve más el sufrimiento de quien se parece a nosotros que el del extraño. Y el aviso de Bloom ahí tiene mucho sentido. Dewall acierta al defender que los afectos importan, pero sus críticas a Dawkins y a Bloom me parecen injustas y quería decirlo
DiegoCapítulo 4 Emociones que nos hacen humanos.
Speaker 5El asco es una emoción completamente visceral. Nos apartamos de la comida podrida, de los fluidos y de la suciedad. Nos repugna cuando vemos a un perro comiendo su propia mierda. Lo que mucha gente no sabe es que seguramente ellos sienten lo mismo cuando nos ven comer un limón. Lo que causa rechazo varía mucho entre especies. Un perro puede acercarse a cosas que a nosotros nos repugnan Y apartarse de un cítrico como si fuera a saltarle al cuello. La relación de los chimpancés con el asco es más compleja de lo que imaginarías. De Waal cuenta que en la colonia de chimpancés de Yerkes, Katy, una joven chimpancé, encontró algo bajo un gran neumático de tractor. Lo sostuvo entre los dedos lejos del cuerpo, como quien sujeta un cigarrillo. Primero lo olió y luego lo levantó y lo mostró a los demás. Probablemente, era una rata muerta cubierta de gusanos. Al verlo, su madre lanzó un par de ladridos de alarma. Tara, una prima pequeña de Katy, se dio cuenta de que ahí había algo interesante. Lo agarraba por la cola, lo mantenía lejos del cuerpo y le dio por colocarlo sobre algunos chimpancés que dormían plácidamente. El efecto era inmediato. Sus compañeros pegaban un salto, chillaban, se sacudían y se frotaban con el suelo de la zona contaminada. Entonces, Tara recuperaba la rata muerta y buscaba la siguiente víctima. Quizás te sorprenda ver que el asco no es una emoción exclusivamente humana. Es algo que compartimos con nuestros primos cercanos. ¿Quién no ha hecho de pequeño alguna maldad como la de Tara? El autor lo explica bien: nadie se sorprende de que otros mamíferos tengan corazón, pulmones o riñones, pero con las emociones complejas la cosa cambia. Aceptamos enseguida el miedo o la ira, pero tratamos otras emociones como si fueran inventos tardíos de la cultura humana. Por supuesto que el lenguaje articulado y complejo nos ayuda a aclarar lo que sentimos y a comunicarlo con cierta precisión. pero cuidado, que no tengamos una palabra para algo no significa que no exista. De Waal cuenta una anécdota, una discusión con antropólogos que defendían que si una cultura no tenía una palabra para el orgasmo, sus miembros no podían sentir placer sexual. Pensar esto es tan absurdo como decir que si una cultura no tiene una palabra para el oxígeno, la gente no va a poder respirar. Es cierto que nombrar una emoción puede cambiar el modo en la que se vive, pero la experiencia corporal va antes que el pensamiento y la palabra. Un bebé siente miedo antes de saber decir "miedo". Un perro rechaza un olor sin tener una palabra para el asco. Y a nosotros mismos nos pasa continuamente. Sentimos cosas que tardamos días, meses o a veces incluso años en poder nombrar. Al intentar comprender si otros animales sienten culpa o vergüenza, hay que andarse con cuidado. La típica cara de culpa de los perros es muy convincente. Mirada baja, orejas retraídas, cuerpo agachado y cola entre las piernas. Pero en algunos experimentos se ha comprobado que esa expresión depende muchísimo de la reacción del dueño. Si el dueño se enfada, el perro pone esa cara incluso cuando no ha hecho nada. Así que más que interpretar su postura como sentimiento de culpa, es más razonable interpretarlo como un mecanismo del perro para rebajar el cabreo del dueño. El caso de Bully, el perro del etólogo famosísimo Konrad Lorenz, es muy interesante. Bully mordió sin querer la mano de Lorenz durante una pelea entre perros. Lorenz en ese momento no lo castigó. De hecho, intentó calmarlo acariciándolo. Aun así, el perro quedó abatido durante días. No comía, estaba casi inmóvil y soltaba profundos suspiros constantemente. En un perro, morder a su superior es un absoluto tabú. La reacción de Bully nos llama la atención porque aunque Lorenz no le castigó, el malestar le duró durante días. Debemos ser prudentes a la hora de atribuirle un sentimiento de culpa porque no sabemos qué estaba viviendo Bully por dentro. Pero desde luego, la escena sugiere una emoción similar a la culpa
AlejandroCapítulo 5 Voluntad de poder.
Speaker 6Algo curioso sobre el poder es que casi nadie reconoce buscarlo. En un estudio holandés se encuestó a varios gerentes de empresa. Todos los participantes admitían que en su compañía había personas con ansia de controlar a los demás, vamos, de, de poder. Curiosamente, ninguno se veía a sí mismo de esa manera. Según ellos, buscaban prestigio, reconocimiento y cosas similares, pero no poder. Los que querían poder siempre eran los demás. Con los políticos ocurre algo parecido. Casi todos dicen que quieren servir a la patria, a los ciudadanos. Y bueno, algo de eso habrá, por supuesto, pero resulta difícil creer que alguien que se meta en semejante berenjenal lo haga solo por vocación de servicio. En los chimpancés hay mucho menos postureo. Cuando un macho quiere subir de rango, se le nota, se le ve a la legua. Su cuerpo se eriza, se agranda y camina pavoneándose, golpeando al suelo y lanzando objetos a los demás, comprobando cómo responden. No necesita parecer preocupado por la educación o por la sanidad. Quiere poder y los demás lo entienden. Por eso el ejemplo de Donald Trump es tan útil The Wall nos cuenta que las primarias republicanas de 2016 convirtió la política en una exhibición de dominancia. Bajaba la voz, ocupaba todo el espacio que podía y ponía motes a sus competidores. Sobre Mitt Romney, candidato republicano en 2012, llegó a decir que podía haberle pedido que se arrodillara ante él y Romney lo habría hecho. Dicho esto, cuidado con quedarse con la caricatura del macho alfa. En la cultura popular, el alfa suele ser un matón. En los primates, un macho puede llegar arriba por pura fuerza, sí, pero para mantenerse en la cima necesita alianzas y ser visto como un líder, un líder de verdad. Algo que, por cierto, me recuerda bastante al libro más referenciado, yo creo, en esta biblioteca, que es el Manual del dictador, y es que un líder solo puede mantenerse cuando consigue una coalición suficiente de apoyos. En una colonia de chimpancés esto se ve claramente. Basta con fijarse en quién acicala a quién. Ya sabes que el acicalamiento de los chimpancés es como, bueno, como la base de las relaciones. Y también es muy importante fijarse en quién levanta la voz, quién aparece por ahí cuando hay un conflicto. Un buen alfa no se limita a aplastar a sus rivales físicamente. Muchas veces hace también de mediador. Si dos chimpancés se calientan, puede colocarse entre ellos y frenar la escalada de violencia simplemente poniéndose ahí. También puede consolar al que ha perdido en una pelea o incluso proteger a un individuo débil. Y esta idea me parece muy importante. La jerarquía también puede reducir la incertidumbre dentro del grupo. Cuando todo el mundo sabe más o menos quién es el que se puede imponer a quién, muchas tensiones se resuelven antes de llegar a las manos Si bien el líder goza de ciertos privilegios, mandar, el que lo haya hecho lo sabe, no sale gratis. El alfa vive permanentemente pendiente del grupo. Tiene que vigilar qué macho joven está en pleno ascenso, qué alianzas se están formando a sus espaldas o no, y quiénes son sus verdaderos amigos. La historia de Luit nos muestra el lado más oscuro de las dinámicas de poder de los chimpancés. Luit había llegado al rango más alto en la colonia de Arnhem. Lo había hecho, como siempre, después de desplazar al resto de machos. Pero una noche sus rivales volvieron a unirse contra él. Los cuidadores intentaron separarlos antes de llegar la noche, pero los tres insistían en quedarse juntos. Al fin y al cabo, si Luit dejaba solos a sus enemigos, estos podían reforzar la alianza. A la mañana siguiente, lo que encontraron fue dantesco. Luit estaba sentado en un charco de sangre con la cabeza apoyada en los barrotes. Había perdido dedos de las manos y de los pies. Los cuidadores encontraron sus testículos entre la paja. El veterinario dijo que estaban estrujados. Luit fue anestesiado para que no sufriese y no despertó nunca más. Jeroen, un viejo macho calculador, parecía haber usado a un macho más joven como ejecutor de la paliza. ¿Cómo lo saben? Pues porque el joven tenía algunas heridas, pero Jeroen no tenía prácticamente ni un rasguño. Sí, es verdad que nos cuesta llamar a esto asesinato, porque al fin y al cabo lo ha hecho un animal, no humano. Pero la escena nos recuerda exactamente a un asesinato. Y precisamente por eso de Waal empezó a interesarse tanto por la reconciliación. Después de ver hasta dónde podía llegar una pelea, los gestos de reparación dejaron de parecer un detalle secundario. En una colonia, un conflicto social puede provocar una herida y esta puede permanecer abierta mucho tiempo. Cualquier roce puede reactivar de nuevo esta herida y provocar peleas. Por eso son tan importantes los contactos posteriores a un conflicto. El acicalamiento, que ya he mencionado, y también los gestos amistosos son formas de impedir que el conflicto escale En un libro que para mí es uno de los mejores libros que se han escrito de no ficción, que es Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker, el psicólogo de Harvard defendió que la violencia humana había disminuido gracias a instituciones, normas sociales y unas formas de autocontrol cada vez más fuertes. De Waal dice explícitamente en el libro que desconfía de esta historia cuando suena a que la civilización vino a domar una biología violenta y descarnada. Y aquí creo que hace falta matizar, no sé si De Waal ha leído con detalle a Pinker, pero Pinker no está diciendo ninguna tontería en este libro. El Estado, los modales y el autocontrol de los ciudadanos modernos han reducido muchas formas de violencia. Pero De Waal aporta algo, y esto es importante decirlo, que no hay que perder de vista. La paz ya tiene raíces en los animales. Los primates ya tienen formas de enfriar conflictos, de reparar relaciones y de evitar que cada choque acabe siendo una sangría. Y los bonobos, que son nuestros primos más amorosos, refuerzan esta tesis. En los chimpancés sí que hay muertes entre congéneres, pero entre los bonobos, hasta donde sabemos, no las hay. de-- cuando se encuentran grupos distintos, puede haber un poco de tensión al principio, pero la cosa suele acabar en bastante sexo y caricias. Las madres incluso dejan que sus crías se mezclen con los individuos del otro grupo. Hasta ahí llega su confianza
AlejandroCapítulo 6 Inteligencia emocional.
Speaker 7De Waal desconfía de la palabra instinto cuando esta se usa como si fuera una respuesta automática. Todos sabemos que las cebras vienen preparadas de serie para temer a los leones. Esto no es ninguna novedad. Al fin y al cabo, les va la vida en ello. Aun así, si huyeran cada vez que ven uno, terminarían agotadas. En la sabana una cebra puede seguir pastando aunque haya leones cerca y esto lo vemos en muchos documentales. Si estos están tumbados y acaban de comer o si están copulando, la cebra puede seguir a lo suyo. La cosa cambia, por supuesto, cuando uno se acerca con malas intenciones. Entonces, el miedo fija la atención de la cebra, prepara su cuerpo, pero esta reacción depende mucho del contexto, de lo que está ocurriendo. Y ahí se entiende mejor por qué De Waal prefiere hablar de emociones que de instintos. La cebra responde al león y a la situación concreta que tiene delante. Y a nosotros nos pasa algo parecido. El cuerpo entiende antes que nosotros algunas cosas que todavía no podemos explicar. ¿Cómo lo podemos percibir? Pues porque se nos acelera el pulso. A veces tensamos la mandíbula o simplemente nos alejamos instintivamente de alguien. Luego, a partir de ahí, a partir de esas sensaciones, construimos un relato e interpretamos que estábamos incómodos o que algo no cuadraba. El experimento de los capuchinos va por otro lado. Este es uno de mis experimentos favoritos del libro, pero en cualquier caso, encaja con esta idea que estoy comentando. Te lo cuento. Los investigadores piden a dos monos capuchinos que hagan la misma tarea. A cambio, reciben un trozo de pepino. Al mono le parece bien, le gusta el pepino, pero si ve que otro capuchino que está al lado suyo recibe una uva por hacer lo mismo, entonces le devuelve el pepino con desprecio al investigador. Bueno, si ves el vídeo verás que directamente se lo lanza. Lo que hace un momento le parecía bien, ahora le parece una absoluta tomadura de pelo Y aquí hay otro factor importante: el esfuerzo. Si los monos no han tenido que hacer nada para conseguir las recompensas, el que recibe el pepino no parece muy molesto. Protestan únicamente cuando los dos han hecho algo parecido y reciben premios diferentes, uno mejor y el otro peor. Esto lo entendemos muy fácilmente porque es una experiencia completamente humana. Ponte en el lugar, ¿no? De que tú estás haciendo un trabajo y un compañero de trabajo hace lo mismo que tú. Y sin embargo, vienen las subidas de sueldo, a ti te suben el sueldo, pero a él se lo suben más. Pues no te gusta. De Waal utiliza estos experimentos para atacar la idea del homo economicus, ese individuo que calcula los beneficios con frialdad. El capuchino que rechaza el pepino encaja muy mal en este modelo, como te puedes imaginar. Al fin y al cabo, mmm, desde un punto de vista puramente objetivo, es mejor tener pepino que nada, ¿no? Pues no. Los humanos también preferimos a veces perder algo antes que aceptar una oferta que consideramos humillante. Aquí me gustaría hacer un breve comentario, y es que De Waal carga contra los economistas, en mi opinión, de un modo injusto. La economía moderna lleva muchísimos años estudiando la cooperación, la reciprocidad y los sesgos cognitivos. Y muchas de estas cosas ya forman parte de muchos modelos económicos. Pero bueno, dejando a un lado este hombre de paja que hace De Waal, en mi opinión, entiendo también la crítica del autor. Para explicar la conducta económica hay que contar con la envidia, con la sensibilidad hacia las desigualdades y con otras cuestiones que no son puramente objetivas. Y es que la gente se cabrea ante las injusticias y los monos también. Con la felicidad pasa algo parecido. De Waal se apoya en la paradoja de Easterlin, que básicamente es la idea de que más riqueza no siempre se traduce en más felicidad. Aquí me gustaría afinar un poco el tiro. Es verdad que nos acostumbramos rápido a lo que tenemos, y también es verdad que miramos de reojo a los demás, es decir, que al final nos comparamos mucho y que nuestras expectativas suben enseguida. Todo esto es cierto. Pero cuidado, tampoco diría alegremente que el dinero da igual, el dinero absoluto. En general, tener más dinero suele estar asociado a mayor bienestar, y esto hay bastantes estudios. En cualquier caso, la comparación social tiene muchísimo peso. Por eso la envidia merece que le dediquemos más atención. Tiene mala fama, muchas veces con razón, porque puede volvernos mezquinos, pero también tiene una utilidad social. A veces sirve simplemente para señalar una desigualdad que es injusta. Si alguien recibe más por hacer lo mismo, la envidia puede funcionar como una alarma básica para restaurar la justicia social. Y esto, al final, es bueno para el grupo Hay otra parte en este capítulo que es-- me resultó muy interesante, que es la de los bonobos huérfanos. El autor cuenta que los bonobos que han perdido a sus madres tienen mayores problemas para regular sus emociones que los demás y también consuelan menos a sus congéneres. Esto tiene bastante sentido. Para atender el malestar de otro, necesitas primero que el tuyo no ocupe todo el espacio. Cuando estás completamente desbordado, el sufrimiento ajeno te satura. Y te voy a reconocer una cosa: cuando leí esta parte me sentí bastante identificado, porque cuando estoy abrumado emocionalmente soy peor persona, me vuelvo más egoísta, más impaciente, voy más a lo mío. Mis valores siguen ahí, pero tengo menos espacio mental para los demás
DiegoCapítulo 7 Sintiencia.
Speaker 8Cuando le preguntan si un elefante es consciente, de Waal suele responder: "Dime qué es la consciencia y te diré si los elefantes la tienen". La respuesta es buena porque nadie sabe definir bien la consciencia, pero también tiene truco. Al final, de Waal acaba confesando a sus interlocutores que sí atribuye consciencia a los elefantes. Y la verdad es que cuesta no hacerlo. Los elefantes asiáticos reconocen su imagen en el espejo, cooperan para resolver tareas que no pueden hacer solos y parecen actuar con bastante deliberación. En algunos pueblos de Tailandia o la India se les ponen cascabeles a los elefantes para que los vecinos sepan cuando están cerca. Pues bien, algunos de estos elefantes aprenden a meter hierba dentro de los cascabeles para que no hagan ruido y nadie les enseña eso. Lo hacen porque de algún modo entienden el efecto del cascabel y encuentran cómo silenciarlo Estudiar la consciencia es difícil porque no podemos verla directamente, solo tenemos acceso directo a la nuestra, a nuestra propia consciencia. Damos por hecho que otras personas la tienen porque, bueno, se comportan como nosotros, porque incluso lo dicen, ¿no? Pero con los animales tenemos menos pistas, sobre todo porque no pueden explicar lo que sienten. Y aquí aparece una palabra central del capítulo: sintiencia. Sintiencia es la capacidad de experimentar el mundo: dolor, placer, miedo, alivio, malestar. Para sentir no es suficiente con reaccionar al entorno. Una planta puede orientarse hacia la luz y una bacteria también puede alejarse de una sustancia dañina sin que no haya nadie experimentando nada. El caso de las plantas ha despertado mucho debate, incluso en el grupo de Telegram de la biblioteca hemos hablado de ello. Las plantas sí que detectan cambios en su entorno, también se defienden químicamente y hasta responden a ciertos anestésicos. Pero decir que una planta siente dolor porque libera sustancias defensivas es ir demasiado lejos. Los bivalvos plantean una duda parecida. Las ostras, los mejillones y otros animales con sistemas nerviosos muy simples también responden al entorno, pero es difícil saber si existe alguna experiencia detrás. Y de Wall aquí es prudente, no afirma que sientan, pero tampoco se atreve a decir que no sientan. En animales con sistemas nerviosos más complejos, la sintiencia se vuelve mucho más probable. Los cangrejos, por ejemplo, no se limitan a apartarse de un daño. En un experimento que se hizo, aprendían a habitar los lugares donde han recibido descargas eléctricas. Los cangrejos ermitaños, además, aguantan descargas más fuertes cuando viven dentro de una concha de buena calidad. Si la concha es mala, la abandonan antes. Por lo tanto, podemos deducir que el animal parece valorar dos cosas a la vez: lo que le molesta la descarga y lo que perdería al abandonar su refugio Después de hablarnos de sintiencia, De Waal vuelve a la consciencia animal. Aquí el terreno se vuelve mucho más confuso. ¿Por qué? Porque la palabra consciencia puede significar muchas cosas. Sintiencia es la capacidad de sentir. Vale. pero en el capítulo aparecen otras capacidades que De Waal mezcla: recordar, anticipar, reconstruir una escena, incluso detectar la propia incertidumbre. De Waal reúne todas estas capacidades bajo el paraguas de la consciencia, aunque, en mi opinión, deberíamos separar mejor los términos. Su argumento principal es que muchos animales tienen una vida mental más rica de lo que solemos admitir. No hace falta atribuirles una consciencia humana para reconocer que algunas conductas encajan mal con la imagen del animal máquina tradicional. Uno de los ejemplos más claros es el de Sara, un chimpancé, una chimpancé estudiada por los Premark. Eh, Sara veía que en una caja había una manzana y en otra había un plátano. Esto es un experimento que les plantearon. Después, observaba a un investigador comerse una de las dos frutas y, como nos parecería lógico a cualquiera de nosotros, ella iba directamente a la caja donde debía quedar la fruta que el investigador no había comido. Para hacer esto, su cerebro tenía que reconstruir mentalmente lo ocurrido. Recordaba qué es lo que había antes, veía la fruta que se había comido el investigador y luego deducía cuál seguía dentro de la caja. El caso de Natua, un delfín al que le pedían distinguir entre tonos agudos y graves, apunta a otra capacidad todavía más interesante. Cuando la diferencia entre tonos era sutil, reducía la velocidad, dudaba y a veces optaba por no elegir ninguna de las dos. Natua parecía ajustar su conducta según la seguridad que tenía en su propia respuesta. Cuando lo veía claro, contestaba. Cuando dudaba, prefería no jugar. De Waal reúne muchos ejemplos de este tipo en el capítulo. Ninguno demuestra por sí solo la consciencia animal, pero sí nos permite observar comportamientos complejos que podríamos atribuir a humanos inteligentes. Deberíamos leer este capítulo haciendo una distinción muy clara. Sintiencia es sentir algo. Cognición es manejar información, recordar, inferir, anticipar. Y luego está la metacognición, que es la capacidad de evaluar la propia duda. Consciencia puede significar muchas cosas y De Waal a veces, ya le he comentado, que usa la palabra de forma demasiado amplia. Pero aquí lo importante es su tesis de fondo, que es muy fuerte. Muchos animales sienten, recuerdan acontecimientos, anticipan situaciones y a veces parecen saber cuando no saben algo, como el caso de Natua. La sintiencia nos obliga a replantearnos cómo tratamos a otros animales. Si los crustáceos sienten dolor, hervirlos vivos, como se hace con las langostas, es una absoluta barbaridad. Y si los cerdos, vacas, gallinas, peces, monos o, o ratones son seres sintientes deberíamos preguntarnos seriamente si es ético lo que estamos haciendo con ellos. De Waal aquí no se esconde. Afirma rotundamente que la sintiencia animal es el elefante en la habitación, el tema que evitamos enfrentar porque nos obliga a pensar en, bueno, pues en las terribles granjas industriales de donde viene nuestra comida y en los experimentos de laboratorio espeluznantes que se hacen para todo tipo de cosméticos y medicamentos. Aun así, el autor no condena sin ambages el consumo de carne. Recuerda que los animales se comen unos a otros y que la carne ha tenido un papel importante en nuestra propia historia evolutiva. La caza mayor exigía cooperación y coordinación entre nuestros antepasados y eso parece que hizo aumentar nuestra inteligencia y cooperación. Pero aquí es muy importante no caer en la falacia naturalista. Una cosa es reconocer de dónde venimos y otra cosa es justificar cómo tratamos hoy a los animales. De Waal acepta que la carne tuvo importancia evolutiva, pero critica la ganadería industrial. Hoy vivimos en otra época. La carne no es imprescindible para una buena salud y podemos reducir muchísimo el sufrimiento animal. Aquí parece que estoy hablando yo como vegano, pero no, estoy poniendo en este resumen las palabras del mismo De Waal Su posición, de hecho, es reformista: menos carne, más alternativas vegetales, investigar más la carne cultivada, que es una cosa que ya se está haciendo, pero que todavía no se comercializa, y mejorar las condiciones en las granjas. Y sobre todo propone algo que me parece muy interesante, que es dar más transparencia, que el consumidor sepa exactamente qué pasó con el animal que tiene en el plato Personalmente, esta parte del capítulo me provoca dos sensaciones: entiendo el realismo de De Waal y agradezco que no convierta el tema en una fábula sobre lo natural que sería ser vegano, pero al mismo tiempo me gustaría una posición más fuerte. Si aceptamos de verdad que muchos animales sienten y que tenemos otras alternativas, quizá no basta con mejorar sus condiciones en las granjas. Quizás deberíamos asumir que muchas de estas prácticas tendrían que desaparecer a medio o largo plazo. de todas sus propuestas, las que más me interesan son las que tienen que ver con la transparencia. Porque, como él bien explica, la empatía necesita poder ver. Mientras las granjas y los laboratorios estén escondidos, podemos seguir actuando como si no pasara nada. De Waal propone que la carne envasada tenga un código para que podamos utilizar el móvil y que tengamos, eh, bueno, escaneando ese, ese código, imágenes de la vida del animal que estamos, eh, viendo en el envase. Igual que cuando visitamos un zoológico podemos evaluar con nuestros ojos si el animal vive en unas condiciones razonables, deberíamos poder ver cómo han vivido los animales que nos
comemos
DiegoConclusiones.
Speaker 9De Waal termina el libro volviendo a un problema clásico de la etnología. Durante mucho tiempo, los científicos describían patrones de conducta animal sin apenas hablar de emociones. Observaban secuencias, por ejemplo, paralizarse y huir, amenazar y atacar o cortejar y aparearse. estudiaban qué conducta venía después de cuál y cómo el animal pasaba de una a otra. El problema es que seguía habiendo una pregunta de fondo sin responder: ¿qué es lo que mueve al animal por dentro? ¿De dónde salen esas prioridades? La palabra instinto sirvió durante mucho tiempo para tapar ese agujero, pero a De Waal le parece una explicación incompleta. Un instinto entendido como una respuesta automática funciona mal en un mundo cambiante. Si un macho se excitara y se lanzara siempre sobre una hembra disponible, acabaría metido en líos. Eso lo sabemos todos. Quizás ella no quiere, quizás haya un macho dominante cerca o quizás aparezca un depredador en el peor momento. Las emociones explican mejor esta flexibilidad. El deseo empuja, pero no obliga. El miedo te prepara para una situación difícil, pero no dicta siempre la misma respuesta. La emoción orienta la conducta sin determinarla. Algunos investigadores están intentando dotar a los robots de algo parecido a las emociones, porque los estados internos ayudan a establecer prioridades. Un robot no puede tener una instrucción específica para cada situación en la que se encuentre. Necesita alguna forma de decidir qué es lo que importa en cada momento. Y la evolución resolvió este problema hace mucho tiempo con las emociones. El autor vuelve al final, al final del libro, a la distinción entre emociones y sentimientos, que es clave. Las emociones podemos observarlas desde fuera. El sentimiento es la experiencia interna de ese estado. De Waal sugiere que los sentimientos podrían tener una función. Un animal debe decidir qué emoción es seguir, cuál es ignorar y cuál es reprimir. Si tomar consciencia de una emoción le ayuda a manejarla, entonces los sentimientos podrían ayudar al animal a regular su propia conducta. Esto sigue siendo algo especulativo y él mismo lo reconoce, por lo menos en el momento en el que se escribió el libro, pero encaja con la idea general de todo lo que hemos estado viendo. lo que De Waal nos pide al final es un cambio de perspectiva. Durante décadas, la ciencia avanzó muchísimo estudiando la cognición animal. Ahora toca tomarse en serio las emociones, porque una cognición sin emoción sería una inteligencia sin prioridades. Y con esto terminamos el libro de El último abrazo, este precioso libro de Frans de Waal, que nos ha llevado por un camino yo creo que muy interesante. Espero que te haya gustado.