Madame Calderon: Historias de México
Madame Calderón: Historias de México 1840 es un podcast narrativo que revive, episodio a episodio, el México de mediados del siglo XIX a través de la mirada de Frances «Fanny» Calderón de la Barca, la escocesa esposa del primer ministro de España en México. Sus cartas —publicadas en 1843 como La vida en México— retratan un país en plena formación: sus calles y conventos, sus plazas de toros, sus caminos de montaña y sus noches de peligro. Cada episodio adapta un pasaje real de sus cartas, o una anécdota que ella misma recogió, narrado siempre en primera persona por la voz de Madame Calderón: testigo aguda, compasiva y no exenta de humor, que observa sin pretender juzgar del todo.
Madame Calderon: Historias de México
La pulquería cerca de la Alameda (1840) — Un audiodrama
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Una pareja acomodada camina de regreso a casa por la Ciudad de México sin escolta — un pequeño error fatal que los sumerge en una noche de miedo. Este audiodrama de 2 minutos y 36 segundos está tomado palabra por palabra del diario de Fanny Calderón de la Barca, la esposa escocesa del primer ministro de España en México, y cobra vida a través de narración completa.
Eran ya las once, y las pulquerías permanecían abiertas para refrigerio de los fieles, y a pesar de que hasta esta hora no se habían notado desórdenes, no era imposible que las cosas cambiaran, y, sin embargo, cometimos la imprudencia de irnos a pie, y sin compañía, hasta nuestra casa de San Fernando. No creímos correr ningún peligro en el centro de la ciudad. Las gentes se paseaban aún, y en los puestos iluminados seguían sirviendo bebidas a los clientes. Así llegamos al final de la Alameda, en donde todo estaba tranquilo, más cuando caminamos por sus orillas bajo la alargada sombra de sus árboles, temí que de un momento a otro nos iban a asaltar, y hubiera deseado encontrarme en cualquier otra parte, ¡en la plateada cima de Popocatépetl!, por ejemplo. Pasamos frente a varias pulquerías, todas llenas de un gran concurso y en las que muchos estaban bebiendo y varios estaban borrachos. Al llegar a la arquería del acueducto percibíamos, de vez en cuando, algún bulto sospechoso envuelto en su frazada, medio oculto entre las sombras. Pocas puertas antes de llegar a nuestro domicilio estaba un expendio de pulque lleno de léperos; algunos estaban de pie en la puerta, enfrazados. Tuve la seguridad de que no pasaríamos frente a ellos sin que nos acometiesen, pero apretamos el paso y llegamos a nuestra puerta sanos y salvos. Tocamos, hicimos gran estruendo, pero fue en vano. El portero estaba dormido, y durante diez minutos oímos detrás de la puerta las voces de los criados requiriendo del testarudo Cancerbero la entrega de las llaves. De haberlo querido, este era el momento más oportuno para que nuestros amigos se acercaran, pero, o no nos vieron, o pensaron que Calderón andaba armado a esas horas avanzadas de la noche, o lo que es más probable, y esta es la explicación más piadosa, les habían aprovechado las solemnidades del día.
Al fin entramos, y me sentí feliz de encontrarme bajo techo y en seguro, y tan fatigada de las funciones de este día como lo estaréis vosotros de haberlas leído en la descripción de ellas os estoy haciendo.