Madame Calderon: Historias de México
Este podcast contiene historias que complementan nuestro podcast "El Gallinero Descabellado: Historias de México". Te invitamos a escuchar los 23 episodios de El Gallinero Descabellado en nuestra web https://mexico1840.com/ .
Madame Calderon: Historias de México
La pulquería cerca de la Alameda en 1840
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En este relato, los Calderón regresan a pie a su casa de San Fernando tras una noche de celebraciones, atravesando el centro cerca de la Alameda aún animado y pulquerías llenas de gente, algunos ebrios y algunas figuras sospechosas.
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Eran ya las once, y las pulquerías permanecían abiertas para refrigerio de los fieles, y a pesar de que hasta esta hora no se habían notado desórdenes, no era imposible que las cosas cambiaran, y, sin embargo, cometimos la imprudencia de irnos a pie, y sin compañía, hasta nuestra casa de San Fernando. No creímos correr ningún peligro en el centro de la ciudad. Las gentes se paseaban aún, y en los puestos iluminados seguían sirviendo bebidas a los clientes. Así llegamos al final de la Alameda, en donde todo estaba tranquilo, más cuando caminamos por sus orillas bajo la alargada sombra de sus árboles, temí que de un momento a otro nos iban a asaltar, y hubiera deseado encontrarme en cualquier otra parte, ¡en la plateada cima de Popocatépetl!, por ejemplo. Pasamos frente a varias pulquerías, todas llenas de un gran concurso y en las que muchos estaban bebiendo y varios estaban borrachos. Al llegar a la arquería del acueducto percibíamos, de vez en cuando, algún bulto sospechoso envuelto en su frazada, medio oculto entre las sombras. Pocas puertas antes de llegar a nuestro domicilio estaba un expendio de pulque lleno de léperos; algunos estaban de pie en la puerta, enfrazados. Tuve la seguridad de que no pasaríamos frente a ellos sin que nos acometiesen, pero apretamos el paso y llegamos a nuestra puerta sanos y salvos. Tocamos, hicimos gran estruendo, pero fue en vano. El portero estaba dormido, y durante diez minutos oímos detrás de la puerta las voces de los criados requiriendo del testarudo Cancerbero la entrega de las llaves. De haberlo querido, este era el momento más oportuno para que nuestros amigos se acercaran, pero, o no nos vieron, o pensaron que Calderón andaba armado a esas horas avanzadas de la noche, o lo que es más probable, y esta es la explicación más piadosa, les habían aprovechado las solemnidades del día.
Al fin entramos, y me sentí feliz de encontrarme bajo techo y en seguro, y tan fatigada de las funciones de este día como lo estaréis vosotros de haberlas leído en la descripción de ellas os estoy haciendo.