Madame Calderon: Historias de México

Yo me llamo María Guadalupe Rosana

Teatro de la vida

Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.

0:00 | 5:12

Yo me llamo María Guadalupe Rosana; mis padres fueron nobles y honrados, y, aunque no ricos, tenían lo suficiente para criarme, como me criaron con regalo.

Un extracto del Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, la primera novela mexicana, una obra picaresca que narra la vida de Pedro Sarmiento (Periquillo) desde su infancia hasta la madurez, contada en primera persona para advertir a sus hijos sobre los errores cometidos, mostrando su paso por la escuela, la universidad, oficios variados, cárceles, vicios y aventuras, revelando una crítica social de la Nueva España a través de sus desventuras y su transformación final hacia una vida honrada.

Sigue más historias de la vida en México en 1840. https://mexico1840.com

Yo me llamo María Guadalupe Rosana; mis padres fueron nobles y honrados y, aunque no ricos, tenían lo suficiente para criarme, como me criaron, dándome lo que necesitaba. Nada más precisaba yo en mi casa; era querida como hija y contemplada como hija única. Así viví hasta la edad de quince años, cuando falleció mi padre, y mi madre, no pudiendo resistir este golpe, lo siguió al sepulcro dos meses después.

 Sería largo de contar los muchos padecimientos que sufrí y los riesgos a que se vio expuesto mi honor en el tiempo de mi orfandad. Hoy estaba en una casa, mañana en otra, aquí me hacían un desaire, allí me intentaban seducir, y en ninguna encontraba un asilo seguro ni una protección inocente.

 Tres años anduve de aquí para allí, experimentando lo que dios sabe, hasta que cansada de esta vida, temiendo mi perdición y deseando asegurar mi honor y mi subsistencia, me rendí a los amorosos y repetidos ruegos del padre de estas criaturas. Me casé por fin, y en cuatro o cinco años jamás me dio mi esposo motivo de arrepentirme. Cada día estaba yo más contenta con mi estado; pero hace poco más de un año que mi dicho esposo, olvidado de sus obligaciones y prendado de otra buena mujer que, como muchas, tuvo arte para hacerlo mal marido y mal padre, me ha dado una vida bastante infeliz y me ha hecho sufrir hambres, pobrezas, desnudeces, enfermedades y otros mil padecimientos, que aún son pocos para satisfacción de mis pecados. La relajación moral de mi marido nos acarreó a todos el fruto que era natural, y es la miseria en que me ve usted.

 Cuando fue hombre de bien sostenía su casa con decencia, porque tenía un cajoncito bien surtido en el parián y contaba con todos los géneros y efectos de los comerciantes, en virtud del buen concepto que se tenía granjeado con su buena conducta; pero cuando comenzó a extraviarse con la compañía de sus malos amigos, y cuando se aficionó de su otra señora, todo se perdió por momentos. El cajoncito bajó de crédito con su ausencia; el cajero hacía lo que quería, fiado en la misma; porque mi esposo no iba al parián sino a sacar dinero y no a otra cosa; la casa nuestra estaba de lo más desatendida, los muchachos abandonados, yo mal vista, los criados descontentos y todo dado a la trampa.

 Es verdad que cuando a mí me tenía reducida a dos túnicos y a seis reales de gasto, tenía para pagar a su dama casa de veinte, dos criadas, mucha ropa y abundantes paseos y diversiones.

 Al paso que crecían los gastos se menoscababan los arbitrios. Dio con el cajón al traste prontamente, y la señorita, en cuanto lo vio pobre, lo abandonó y se enredó con otro. A seguida vendió mi marido la poca ropa y ajuar que le había quedado, y el casero cargó con el colchón, el baúl y lo poco que se había reservado, echándonos a la calle, y entonces no tuvimos más remedio que abrigarnos en esta húmeda, indecente e incómoda habitación.

 Pero como las desgracias suelen llegar en grandes cantidades, sucedió que los acreedores de mi marido, sabedores de su descubierto, y satisfechos de que había disipado su dinero en juegos y diversiones, se presentaron y dieron con él en una prisión, donde lo tienen hasta que no les facilite un fiador de seis mil pesos que les debe. Esto es imposible, pues no tiene quien le fíe ni en seis reales, ni aun sus amigos, que me decía que tenía muchos, y algunos con proporciones; aunque ya se sabe que en el estado de la tribulación se desaparecen los amigos.

 La miseria, la humedad de esta incómoda habitación y el tormento que padece mi espíritu, me han postrado en esta cama no sé de qué mal, pues yo que lo padezco no lo conozco; lo cierto es que creo que mi muerte se aproxima por instantes, y esta infeliz chiquita expirará primero de hambre, pues no tienen mis enjutos pechos con qué alimentarla; estas otras dos criaturas quedarán expuestas a la más dolorosa orfandad; mi esposo entregado a la crueldad de sus acreedores, y todo sufrirá el trágico fin que le espera.

 Ésta, señora, es mi desgraciada historia. Vea si con razón dije que mis penas son de las que no se alivian con contarlas. ¡ay, esposo mío! ¡ay, Anselmo, a qué estado tan lamentable nos condujo tu desarreglado proceder!