Madame Calderon: Historias de México

Los engañadores - El monte de tres cartas

Teatro de la vida

Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.

0:00 | 8:47

Un extracto del Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, la primera novela mexicana, una obra picaresca que narra la vida de Pedro Sarmiento (Periquillo) desde su infancia hasta la madurez, contada en primera persona para advertir a sus hijos sobre los errores cometidos, mostrando su paso por la escuela, la universidad, oficios variados, cárceles, vicios y aventuras, revelando una crítica social de la Nueva España a través de sus desventuras y su transformación final hacia una vida honrada.

Sigue más historias de la vida en México en 1840. https://mexico1840.com

Perico: ¿De qué te mantienes, Januario?

 Januario: De cócora en los juegos, y si tú no tienes destino y quieres hacer lo mismo, puedes acompañarme, y espero que no nos muramos de hambre, pues más ven cuatro ojos que dos. El oficio es fácil, de poco trabajo, divertido y de utilidad. ¿Quieres?

 Perico: ¿Qué cosa es ser cócora de los juegos, o a quiénes les llaman así?

 Januario: A los que van a los juegos sin dinero, sólo a ingeniarse, y son personas a quienes los jugadores les tienen algún miedo, porque no tienen qué perder, y con una ingeniada muchas veces les hacen un agujero.

 Perico: Cada vez me agrada más tu proyecto; pero dime: ¿qué es eso de ingeniarse?

 Januario: Ingeniarse es hacerse de dinero sin arriesgar un ochavo en el juego.

 Perico: Eso debe ser muy difícil, porque, según he oído decir, todo se puede hacer sin dinero, menos jugar.

 Januario: No lo creas, Perico. Los cócoras tenemos esa ventaja, que nos ingeniamos sin dinero, pues para tener dinero llevando resto al juego no es menester habilidad sino dicha, y adivinar lo que viene por delante.

 Perico: Pues siendo así, cócora me llamo desde este punto; pero dime, ¿cómo se ingenia uno?

 Januario: Mira, se procura tomar un buen lugar, un asiento delantero en una mesa de juego, y ya sentado uno allí, está vigilando el montero.

 Narrador: Januario comienza a explicarle a Perico los diversos trucos y trampas del monte de tres cartas.

 

Januario: Existe riesgo, Perico, porque puede uno topar con un atravesado que se la saque a palos, pero esto no es lo corriente, y así en las apuradas es menester arriesgarse. Por ello es que yo nunca me quedo sin comer ni sin cenar.

 Perico: Yo te agradezco, amigo Januario, tus deseos de que yo tenga algún modito con qué comer, que cierto que lo necesito bien; asimismo te agradezco tus consejos y tus advertencias; pero tengo algún temorcillo de que no me vaya a tocar una paliza o cosa peor en una de éstas, porque, la verdad, soy muy tonto y no veterano como tú, y pienso que al primer tapón he de salir, tal vez, con las zurrapas que me cuesten caro, y cuando piense que voy a traer lana, salga trasquilado hasta el cogote.

 Januario: ¡Qué paliza ni qué broma! ¿Pues qué, luego te han de coger la mácula? Yo no me espantaré de que al principio te temblará la mano para cogerte medio real; pero todo es hacerse, y después te soplarás hasta los quince y veinte pesos, quedándote muy fresco, y yo te diré cómo. Ya sabes que los principios son dificultosos; vencidos éstos, todo se hace llevadero. Entra con valor a la carrera de los cócoras, que en verdad que es demasiado socorrida, sin temer palizas, ni trompadas de ninguno, pues ya has oído decir que a los atrevidos favorece la fortuna y a los cobardes los repela; tú ya estás no sólo abandonado de ella sino bien repelado; ¿quieres verte peor?

 También es otro arbitrio que tengas en el juego un amigo de confianza, como yo, y sentándose éste junto a ti, a cada vez que se descuide el dueño del dinero, le das cuatro pesetas fingiendo que le cambias un peso. Este dinero lo juega el compañero con valor; si se le arranca, lo vuelves a habilitar con nuevas pesetas; cuando le pagues, le das siempre dinero de más para engordar la polla, sin miedo ninguno, pues como el dueño del monte te tenga por hombre de bien, harás de él cera y pabilo. Si está ganando, el dinero lo deslumbrará, y si está perdiendo, la misma pérdida lo cegará; de manera que jamás reflexionará en tu diligencia, que mil veces es excelente, pues yo he visto otras tantas desmontar entre el gurupié y el palero (que así se llaman estos compañeros) con el mismo dinero del monte. En este caso no salen los dos juntos, sino separados, para no despertar la malicia, y en cierto lugar se unen, se parten la ganancia, y aleluya.

 Perico: La verdad, todos tus arbitrios están muy buenos, pero son unos robos y declarados latrocinios, y creo que no habrá confesor que los absuelva.

 Januario (meneando la cabeza): ¡Vaya, vaya, pues estás fresco! ¿Así que ahora que andas ahí todo descarriado, sin casa, sin ropa, sin qué comer y sin almena de qué colgarte, vas dando en escrupuloso? ¡Majadero! ¿Pues si eres tan virtuoso, para qué te saliste del convento? ¿No fuera mejor que te estuvieras allí comiendo de coca y con seguridad, y no andar ahora de aquí para allí y muriéndote de hambre? Vamos, que ciertamente he sentido la saliva que he gastado contigo y las luces que te he dado por tu bien y por no verte perecer. Bestia, si todos pensaran en eso, si reflexionaran en que el dinero que así ganan es robado, que debe restituirse, y que, si no lo hicieren así, se los llevará el diablo, ¿crees tú que habría tanto haragán que se mantuviera del juego como se mantiene? ¿Te parece que éstos juegan suerte y verdad y así se mantienen? No, Perico, éstos juegan con la larga, y siempre con su pedazo de diligencia; si no, ¿cómo se habrían de sostener? Ganarían un día del mes, y perderían veintinueve, pues ya has oído decir que el juego más quita que da, y esto es muy cierto entre los que quieren ser muy escrupulosos; porque, el que limpio juega, limpio se va a su casa; pero por esta razón estos señoritos mis camaradas y compañeros, antes de entrar en el giro de la fullería, lo primero que hacen es esconder la conciencia debajo de la almohada, echarse con las petacas y volverse corrientes. Bien que no he conocido uno que no tenga su devoción. Unos rezan a las ánimas, otros a la Santísima Virgen, éste a San Cristóbal, aquél a Santa Gertrudis, y finalmente esperamos en el Señor que nos ha de dar buena muerte. Así que no seas tonto, Periquillo, elige tu devoción particular, y anda, hombre, anda, no tengas miedo; peor será que pegues la boca a una pared, porque donde tú no lo busques, está seguro de que haya quien te dé ni un lazo para que te ahorques. Ya has visto lo que te acaba de pasar con tus tíos. Así que si entre los tuyos no hallas un pedazo de pan, ¿qué esperanzas te quedan en adelante? Ahora estoy yo en México, que soy tu amigo y te puedo enseñar y adiestrar; si dejas pasar esta ocasión, mañana me voy, y te quedas a pedir limosna; porque no a todos los hábiles les gusta enseñar sus habilidades, temerosos de criar cuervos que a ellos mismos tal vez mañana u otro día les saquen los ojos. En fin, Perico, harto te he dicho. Tú sabrás lo que harás, que yo lo hago no más de pura caridad.