Madame Calderon: Historias de México
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Madame Calderon: Historias de México
El temezcalli
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Para cada enfermedad hay una hierba y para cada accidente, un remedio.
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Narrador: El temezcalli, basada en una carta de Madame Calderón de la Barca. Para cada enfermedad hay una hierba y para cada accidente, un remedio.
Madame Calderón: Esta tarde fuimos a visitar a la condesa del Valle, que tiene una casa en el pueblo. La encontramos en cama, con fiebre, recurriendo a remedios sencillos, como hierbas, cuyo conocimiento y uso se ha transmitido desde los pueblos originarios hasta los actuales ocupantes de la tierra.
Todos los historiadores españoles que han escrito sobre la conquista de México mencionan el conocimiento que los médicos mexicanos tenían sobre las hierbas. Suponían que para cada enfermedad había un remedio en las hierbas del campo; y aplicarlas según la naturaleza del malestar era la principal ciencia de estos antiguos profesores de medicina.
Mucho de lo que se usa hoy en día en la farmacopea europea se debe a la investigación de médicos mexicanos; como la zarzaparrilla, el jalapa, el ruibarbo de los frailes, el mechoacán, etc.; también diversos eméticos, remedios contra la fiebre, y antídotos de venenos. Cortés mencionó la gran cantidad de estos que vio a la venta en el mercado mexicano. El mismo Cortés fue curado por uno de sus médicos de una grave herida en la cabeza, sufrida en la batalla de Otumba, por donde pasamos recientemente.
Las sangrías y el temezcalli eran otros de sus remedios favoritos. Cuando no encontraban sanguijuelas, la gente del campo se sacaba sangre de las venas con puntas de maguey o por las púas del puercoespín. El temezcalli está hecho de ladrillos crudos y tiene forma de horno de panadero, de unos dos metros y medio de ancho y dos de alto. El pavimento es ligeramente convexo y queda por debajo del nivel del suelo.
Solo se puede entrar a este baño de rodillas. Frente a la entrada hay un horno de piedra o ladrillo, cuya abertura da al exterior del baño, con un orificio para que salga el humo. Antes de preparar el baño, se cubre el suelo interior con una estera, sobre la cual se coloca una jarra de agua, algunas hierbas y hojas de maíz.
El horno se calienta hasta que las piedras que lo unen a la bañera se ponen al rojo vivo. Cuando el bañista entra, la entrada se cierra, y la única abertura que queda es un orificio en la parte superior de la bóveda, que, una vez que el humo del horno ha pasado, también se cierra.
Luego vierten agua sobre las piedras al rojo vivo, de donde se eleva un denso vapor que llena el temezcalli. El bañista se acuesta inmediatamente sobre la esterilla, aspirando el vapor y aplica las hierbas y hojas de maíz mojadas en el agua del jarro, que ya está tibia, sobre la parte dolorida.
Tras esto, que provoca sudoración, se abre la puerta y el paciente, ya empapado, sale y se viste. Se dice que este remedio es infalible para la fiebre, los resfriados fuertes y las mordeduras de animales venenosos; también para el reumatismo agudo.
Para las fracturas, para los abscesos, para todo tenían su remedio; a veces pulverizaban las semillas de las plantas y atribuían gran parte de su eficacia a las ceremonias y oraciones que utilizaban al aplicarlas, especialmente las que ofrecían a Tzapotlatena, la diosa de la medicina.
Una buena parte de este conocimiento se conserva aún entre sus descendientes y se considera eficaz. Para cada enfermedad hay una hierba, para cada accidente, un remedio.