TEMPLANZA
Lo que no te cuentan en la tele
TEMPLANZA
77: SECUESTRADAS
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Continuación del episodio dedicado a las patentes donde examinaremos algunas de las secuestradas y también las del villano Bill Gates. La música del episodio corresponde al Track: Only the Braves
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La transcripción extendida de cada episodio
junto a las fuentes originales que lo justifican
se encuentran en mi blog disienta.
TEMPLANZA
EPISODIO SEPTUAGÉSIMO SÉPTIMO
ENTERRADAS (SEGUNDA PARTE)
La energía que nunca iluminó: inventos enterrados por petroleras y eléctricas
En el ámbito energético, puede referirse la historia de Andrea Rossi que con su dispositivo E-Cat aseguraba haber alcanzado la fusión fría, una tecnología que, de ser real, habría proporcionado energía limpia ilimitada. Rossi afirmó haber logrado reacciones nucleares a baja temperatura, y aunque sus demostraciones generaron tanto escepticismo como entusiasmo, lo cierto es que su patente fue adquirida por inversores que nunca permitieron un examen independiente riguroso. Hoy, la fusión fría, aparecida de tanto en tanto en los medios de infoxicación como algo a punto de conseguirse, sigue siendo una realidad usurpada, mientras el mundo continúa dependiendo de los hidrocarburos.
Inventos que podrían haber conectado el mundo: tecnologías silenciadas
A principios del siglo XX, Nikola Tesla patentó un sistema de transmisión inalámbrica de energía que habría permitido enviar electricidad a largas distancias sin cables. Su visión era un mundo donde la energía fuera accesible para todos, pero J.P. Morgan, su principal inversor, retiró su apoyo cuando comprendió que no podría introducir un contador para cobrar por su uso y el proyecto quedó abandonado. Hoy, más de un siglo después, las torres de alta tensión afean los campos y contaminan el espacio radioeléctrico, y los aerogeneradores destruyen el horizonte mientras la idea de Tesla sigue siendo un sueño incumplido.
En los años setenta, AT&T desarrolló la tecnología VoIP, que permitía transmitir voz a través de internet, algo que hoy damos por sentado con aplicaciones como Skype o Zoom. Sin embargo, la compañía decidió no comercializarla para proteger su monopolio en las líneas telefónicas tradicionales. Durante décadas, la comunicación por internet quedó relegada a nichos técnicos, mientras AT&T seguía cobrando tarifas exorbitantes por llamadas de larga distancia. Solo cuando otras empresas comenzaron a desarrollar soluciones similares, AT&T se vio obligada a liberar la tecnología, pero para entonces ya había perdido su ventaja competitiva.
En los ochenta, la tecnología supresora de ruidos se aplicó con éxito a helicópteros que volaban silenciosamente pero aún hoy seguimos atormentados por los motores de los vehículos pesados y el estruendo de los martillos neumáticos es ubicuo en las ciudades, pues el bienestar de la gente importa poco a los que promueven las patentes de uso militar.
El precio de lo que no fue
Estos casos no son simples anécdotas, sino ejemplos de cómo el progreso puede ser deliberadamente frenado. Cada patente secuestrada representa oportunidades perdidas: medicamentos que podrían haber evitado sufrimiento o haber salvado vidas, tecnologías energéticas que habrían reducido la contaminación, inventos que habrían conectado a las personas de maneras más eficientes y económicas o hallazgos para hacer la existencia más agradable y aliviar la tensión. En lugar de eso, el mundo sigue atado a modelos obsoletos, no por falta de alternativas, sino porque a alguien le conviene que así sea.
La próxima vez que encendamos una luz, tomemos una medicina o conduzcamos un coche, valdría la pena que tuviéramos en cuenta que el mundo que habitamos no es el único posible. Es, en gran medida, el resultado de decisiones tomadas en despachos corporativos, donde el criterio no es jamás el bien común, sino el beneficio particular. Y aunque el progreso no puede detenerse para siempre, cada día que pasa sin estas tecnologías es un día en el que pagamos el precio de lo que pudo ser y no fue.
Bill Gates: del código ajeno a las patentes dañinas
Antes de adentrarnos en el laberinto de patentes que Bill Gates ha acumulado a lo largo de los años, conviene recordar cómo comenzó todo, porque la historia de Microsoft no es, precisamente, un relato de innovación, sino de oportunismo estratégico.
En1980 IBM buscaba un sistema operativo para una nueva computadora, cuando Gates, que no tenía uno propio, compró a una pequeña compañía el QDOS (Quick and Dirty Operating System) a Seattle Computer Products por 50,000 dólares, lo rebautizó como MS-DOS, y lo licenció a IBM. Más tarde, con Windows, Microsoft adoptó el modelo de interfaz gráfica que ya había desarrollado Xerox PARC y que había popularizado Apple con su Macintosh. Gates no inventó nada; compró, retocó y ejerció monopolio.
Los usuarios de Linux y macOS no han olvidado este origen. Para los defensores del software libre, Windows representa el símbolo del capitalismo tecnológico: un sistema cerrado, propenso a los errores, y que prioriza el beneficio sobre la innovación. Los usuarios de macOS, por su parte, suelen verlo como un producto de masas pero tosco, diseñado para un consumidor poco exigente tratado como rebaño, no para quienes buscan elegancia o coherencia en el diseño. Eso sí, nadie puede negar que Windows dominó el mercado no por su superioridad técnica, sino por su ubicuidad y compatibilidad. Como dijo una vez Linus Torvalds, creador de Linux: «Microsoft no gana por ser mejor, gana por llegar primero y quedarse allí».
Del software a las patentes: cuando el control supera la innovación
Con el tiempo, Gates pasó de vender sistemas operativos a acumular un imperio de patentes en sectores críticos: agricultura, energía, salud y tecnología climática. Aquí es donde la historia se vuelve tan interesante como siniestra.
Entre los surcos y los laboratorios: el control de la agricultura global
Bill Gates no solo es el mayor propietario privado de tierras agrícolas en Estados Unidos, con más de cien mil hectáreas, sino que su fundación tiene una gran inversión en la nefasta Monsanto (ahora Bayer), la empresa líder en semillas transgénicas. Pero no se trata solo de poseer tierras o acciones, sino de controlar el futuro de la agricultura. Las patentes de semillas «Terminator», diseñadas para producir cosechas estériles, obligan a los agricultores a comprar nuevas semillas cada temporada, creando una dependencia perpetua. El desprecio por la soberanía alimentaria es evidente. Gates ha defendido estas tecnologías como necesarias para "alimentar al mundo", pero algunos críticos como la activista india Vandana Shiva argumentan que no son más que herramientas de dominación corporativa, diseñadas para someter a los pequeños agricultores a un ciclo interminable de deuda.
A través de su fundación, Gates ha promovido el uso de semillas genéticamente modificadas en África, presentándolas como la solución al hambre. Sin embargo, estudios independientes han mostrado que estas semillas requieren agroquímicos caros y suelos fértiles, algo que muchos agricultores africanos no pueden permitirse. El resultado es una mayor dependencia de las corporaciones agroquímicas, lo cual está por ver si no producirá a la larga más hambre.
Jugar a ser Dios con el clima: la geoingeniería y las patentes «redentoras»
Gates también ha financiado proyectos de geoingeniería, como el experimento SCoPEx, que pretende rociar aerosoles en la estratosfera para reflejar la luz solar y enfriar el planeta. solución al calentamiento global. En la práctica, sin embargo, nadie sabe qué efectos colaterales tendría una alteración tan radical de la atmósfera. El científico Alan Robock ha advertido que podría desatar sequías en algunas regiones o alterar los patrones de lluvia de manera impredecible, por no hablar de los efectos nocivos de respirar las sustancias tóxicas y los metales pesados, pero eso no ha detenido a Gates, quien ha invertido millones en estas tecnologías, argumentando que son necesarias para "evitar una catástrofe climática" aunque bien pudiera ser que fueran su causa. Lo que no menciona es que, de tener éxito, estas patentes podrían convertirse en el mayor monopolio de la historia: quien controle el clima, controlará el mundo.
Inoculaciones tóxicas y pasaportes de sumisión digital: una pretendida «salud» global para unos pingües beneficios
En el ámbito de las calamidades humanas, la Fundación Bill y Melinda Gates ha sido una pieza clave en la producción y distribución de inoculaciones tóxicas, especialmente en países en desarrollo, pero su enfoque no está exento de controversias. Gates ha promovido sistemas de sumisión digital, como los pases vacunazis, que, según él, son necesarios para «garantizar la salud global». A nadie escapa que países como China, modelo en muchos sentidos, no son sin embargo un ejemplo a seguir en cuanto a democracia y libertades públicas sino paradigma de una distopía del control poblacional rayana en la paranoia.
Además, la fundación ha sido acusada de «priorizar las patentes sobre las personas». Por ejemplo, durante la plandemia, Gates defendió que las farmacéuticas mantuvieran los derechos de propiedad intelectual sobre las inoculaciones tóxicas, incluso cuando países como India y Sudáfrica pedían que se levantaran para permitir una producción masiva y barata. Su argumento era que sin patentes, no habría incentivo para innovar. Pero la realidad es que, mientras las farmacéuticas, financiadas con su dinero, obtenían ganancias récord, millones de personas afortunadas en países pobres seguían sin acceso a las vacunas.
Energía nuclear y petróleo: apostando a ambos lados de la mesa
En el sector energético, Gates ha invertido en TeraPower, una empresa que desarrolla reactores nucleares de cuarta generación, supuestamente más seguros y eficientes. Pero, al mismo tiempo, su fondo de inversión, Cascade Investment, tiene participaciones en empresas petroleras como ExxonMobil y BP. Esto plantea una pregunta: ¿realmente cree en su cacareada transición energética, o está cubriendo todas sus apuestas para obtener beneficios por encima de consideraciones morales sobre el bien común?
En el campo de juego de la posverdad, poco cuenta la eficacia y la seguridad de las innovaciones, basta un pretexto con un nombre rimbombante para que los trileros especuladores muevan sus fichas: cabildeos políticos, instrucciones a sus medios de infoxicación y reuniones en Davos de por medio. De esta manera, los reactores de TeraPower, aún no han demostrado ser viables a gran escala, y algunos expertos, como el físico Edwin Lyman, han cuestionado su seguridad. Pero eso no ha detenido a Gates, que sigue presentándolos como la solución a la crisis climática. Mientras tanto, sus inversiones en petróleo siguen generando beneficios.
El patrón detrás de las patentes: ¿filantropía o control?
La filosofía detrás de todas estas inversiones no es solo la de producir ganancias a toda costa sino también la de una visión tecnocrática del mundo. Gates parece creer que unos supuestos problemas globales pueden resolverse con soluciones técnicas, preferiblemente patentadas y controladas por élites económicas. Pero hay un problema: estas soluciones rara vez tienen en cuenta las necesidades reales de las personas. En lugar de empoderar a las comunidades, las hacen dependientes de sistemas cerrados y corporaciones omnipresentes.
Las patentes de Gates no son solo inversiones; son herramientas de influencia global. Ya sea a través de semillas modificadas, geoingeniería o sistemas de inoculaciones inopinadas, lo que busca no es solo ganar dinero, sino moldear el futuro según su visión. El problema es que, en ese futuro, quienes no se ajusten al modelo autocrático corporativo estorban.
Cuando la misantropía se encuentra con la política: los negocios de Bill Gates en la España que sufre a Pedro Sánchez
En el silencioso juego de ajedrez que define las políticas globales, España se ha convertido en un tablero donde convergen los intereses de Bill Gates y las decisiones del gobierno de Pedro Sánchez. No se trata de una simple colaboración entre dos psicópatas, sino de una red de acuerdos, financiaciones y proyectos que, en muchos casos, benefician más a las multinacionales que a los ciudadanos y que, aunque se presenten bajo el manto de la innovación y el progreso, plantean preguntas incómodas sobre transparencia, dependencia tecnológica y el verdadero costo de la "ayuda" internacional.
Desde el inicio de la plandemia, la Fundación Bill Gates ha mantenido una relación estrecha con el gobierno español, especialmente en el ámbito de las inoculaciones tóxicas. España no solo participó en los fulleros ensayos clínicos de algunas de ellas, sino que también firmó acuerdos para su distribución masiva, lo que se presentó como un gesto de solidaridad global. Sin embargo, lo que rara vez se menciona es que estos acuerdos vinieron acompañados de cláusulas que protegían los derechos de propiedad intelectual de las farmacéuticas. impidiendo que países más pobres pudieran producir genéricos a bajo costo. Mientras Gates defendía públicamente que las patentes eran necesarias para "incentivar la innovación", España, bajo el gobierno de Sánchez, apoyó esta postura en foros internacionales, a pesar de las peticiones de países como India y Sudáfrica para levantar temporalmente las patentes y salvar vidas.
Pero las ponzoñas y la covidiocia no son el único ámbito donde los intereses de Gates y las políticas de Sánchez se entrelazan. En el sector agrícola, la Fundación Gates ha promovido en España proyectos de agricultura digital y semillas patentadas, presentados como la solución para una producción más eficiente. Sin embargo, estos proyectos suelen depender de tecnologías desarrolladas por empresas vinculadas a Gates, como Monsanto/Bayer, lo que genera una peligrosa dependencia. Al igual que los del tercer mundo, los agricultores españoles que adoptan estas semillas modificadas terminan atados a un ciclo de compra constante, donde las semillas estériles o los sistemas de vigilancia digital los obligan a renovar sus contratos año tras año y lo que se enmascaraba como una ayuda para modernizar el campo termina siendo un mecanismo de control corporativo, donde las empresas que poseen las patentes deciden qué semillas se siembran.
La financiación también juega un papel clave en esta relación. Los recursos europeos, gestionados en parte por el gobierno español, han terminado en manos de empresas vinculadas a Gates a través de iniciativas como Breakthrough Energy, su fondo de inversión en tecnologías supestamente limpias. En teoría, estos proyectos buscan impulsar una transición que en la práctica, lleva a depender de tecnologías con patentes controladas por Gates o sus socios, lo que limita la competencia. y encarece las soluciones. Sánchez, al alinearse con ellos estos proyectos, no solo destina dinero público a iniciativas privadas, sino que refuerza una dependencia tecnológica que ahoga la soberanía alimentaria.
Uno de los aspectos más preocupantes de esta colaboración es la falta de transparencia. Los contratos entre la Fundación Gates y el gobierno español rara vez se hacen públicos en su totalidad, lo que dificulta saber qué cláusulas se firman a cambio de la "ayuda" recibida. En algunos casos, se ha denunciado que estos acuerdos incluyen condiciones que favorecen a multinacionales farmacéuticas o agroquímicas, como la protección de patentes de medicamentos o la adopción de semillas modificadas. Además, proyectos piloto en España, presentados como innovadores, a menudo terminan siendo campo de pruebas para tecnologías que luego se venden a otros países, sin que quede claro qué beneficios reales obtienen los ciudadanos.
El resultado de todo esto es una España cada vez más integrada en un modelo donde la innovación no se mide por su impacto social, sino por su alineamiento con los intereses de grandes corporaciones. Mientras el gobierno de Sánchez presenta estas colaboraciones como avances hacia un futuro más sostenible y tecnológico, lo cierto es que, en muchos casos, se está construyendo una dependencia que podría ser difícil de revertir.
Lo que está en juego no es solo el dinero o la tecnología, sino algo más profundo: la capacidad de un país para decidir su propio futuro. y en ese juego, cada acuerdo firmado, cada patente aceptada y cada tecnología adoptada sin cuestionamiento, nos acerca un paso más a un escenario donde la soberanía se diluye en nombre del progreso y de los bolsillos inflados de los corruptos.