Homilías de cuatro minutos

Quinto Domingo de Cuaresma

Joseph Pich

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Resurrección de Lázaro

            “Señor, aquel que amas está enfermo.” Lo mismo se puede decir de nosotros. Estamos enfermos de muerte por el pecado, y necesitamos que Jesús nos cure o nos resucite de la muerte. Nos ama con amor divino y está dispuesto a venir a ayudarnos en cualquier momento. ¿Puede decirse lo mismo de nosotros? ¿Pueden los otros decirle a Jesús: tu amigo, el que siempre piensa en ti, el que quiere estar contigo, que te visita y quiere recibirte con frecuencia, necesita de ti? Jesús solía parar en Betania, en la casa de sus amigos, y pasar el tiempo con Marta, María y Lázaro. San Josemaría llamaba al sagrario Betania. ¿Paramos al ver una iglesia, para pasar un tiempo con nuestro amigo? ¿Le decimos a Jesús: Señor, te amo y estoy enfermo?

            “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.” Suena muy fuerte. Es como decirle: eres responsable de su muerte. ¿Cuántas veces, culpamos a Dios de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, de nuestros accidentes? Preguntamos ¿Dónde estaba Dios? Marta y María hablaron con Jesús de esta manera, porque eran sus amigos. Si pudiéramos ver sus caras en ese momento, hubiéramos visto una sonrisa en medio de sus lágrimas. No lo culpaban sino que le mostraban el dolor por la muerte de su hermano. ¿Tengo la misma confianza con Jesús, para decirle lo que tengo en el corazón? Jesús estoy cansado de todo.

            “Quitad la piedra.” Pero Jesús, que ya lleva cuatro días en la tumba; está realmente muerto. Para los Judíos, cuatro días muerto, era la señal de una muerte segura. “Quitad la piedra.” Pero Jesús, su cuerpo está corrompido y ya huele mal. “Quitad la piedra.” Llevo unos cuantos años en la cueva, y no puedo moverme. Confía en mí. Quita lo que te separa de mí, una piedra, un muro, una barrera, lo que sea. Jesús nos dice que quitemos lo que está entre nosotros y él. Somos lentos en seguir su mandato y tenemos muchas excusas para remover los obstáculos de nuestro camino. Si no lo remueves, no puedes salir.

            “¡Lázaro, sal afuera!” Con una voz fuerte, suficientemente sonora para que los oídos muertos de Lázaro pudieran oírla desde dentro de la tumba. Atraviesa la piedra. Es la voz de Jesús, varonil, bien balanceada, profunda y harmoniosa, una voz imposible de resistir. Es la palabra de Dios. La misma que resuena desde el principio del tiempo. La palabra que escuchamos durante la Misa: este es mi cuerpo, un cuerpo que murió por nosotros y que resucitó de la muerte. Lázaro salió como un robot, un zombi, una respuesta automática contra su voluntad. Estaba durmiendo pacíficamente, más en la otra vida que esta, y no quería volver. Es un mandato imperativo de salir afuera. Su voz es irresistible: ¡Sal afuera de ti mismo!

            “Desatadle y dejadle andar.” Debió haber sido una escena impresionante. Estaban todos horrorizados y paralizados. No se podían mover; ni siquiera escaparse. Estaban todos atados al suelo, mirándole como si fuera un espectro, o una momia. Cuando quitamos la piedra, quedamos libres. Siempre hay algo que nos esclaviza, sea un hilo o una cadena. Algo que no nos deja volar, seguir el camino que Dios quiere que andemos. Desata las cuerdas que te atan a la tierra y corre hacia la eternidad.

 

josephpich@gmail.com