Homilías de cuatro minutos

Domingo de Ramos

Joseph Pich

Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.

0:00 | 4:07

Domingo de Ramos

            ¿Por qué entró Jesús en Jerusalén sentado en un burro? Podía haber montado en un caballo o en un camello, animales más elegantes, sentado un poco más alto, para mejor ser visto y para tener mejor vista. Pero quiso cumplir las Escrituras. Dicen que el Mesías tenía que llegar montado en un burro. ¿Por qué las Escrituras profetizaron en un burro y no en otro animal? Porque el burro es un animal humilde, dócil, y buen trabajador, más adecuado como ejemplo para nosotros, al contrario del caballo que prefiere presumir y figurar. Dicen que el burro es un símbolo de paz, humildad y vida sencilla; el caballo es de guerra, soberbia y ostentación.

            Uno de los Salmos dice que somos como un burro delante de Dios. Jesús quiere llevar las riendas de nuestra vida. Aunque somos un burro, muchas veces nos pensamos que somos un caballo; nos tornamos tontos, soberbios y nos rebelamos. No podemos olvidar que, aunque llevamos a Jesús, sólo somos un borrico. Cuando pretendemos ser un caballo, la montura se desestabiliza, y a Jesús le cuesta más mantenerse derecho. No te vuelvas en un burro tozudo, viejo cascarrabias, que sólo piensa en vengarse con una coz. Se un borrico joven, con las orejas altas, atentas a la voz del Maestro, con un paso ligero, dispuesto a trabajar en su servicio. El Señor quiere conducirnos para alcanzar el cielo juntos. La mejor manera de entrar en el cielo es siendo dóciles a su llamada.

            Le dejamos que lleve nuestras riendas, y somos testigos de los gritos de la muchedumbre y las voces alegres que anuncian al profeta que entra en la ciudad santa. La gente pone sus vestidos en el suelo para que pises blando. Te gusta pisar los vestidos de la gente. Te sientes importante, pensando que la gente te saluda a ti. Mientras te fijas en sus alabanzas, casi te pegas de frente con un poste que hay en medio del camino. Un gesto de Jesús te hace bajar la cabeza y fijar tus ojos hacia adelante. No más pensamientos frívolos o miradas distraídas. Todo lo que ocurre alrededor no es para ti; es para Jesús.

            Jesús es buen jinete. Te deja caminar a tu paso y no te pega con las espuelas. Trae la paz consigo. Su yugo es suave y su peso ligero. Pero tú tienes que cooperar. Todo lo que quiere es que sigas su camino. Parece sencillo, pero no lo es. La experiencia nos dice que es muy difícil. Va bien cuando nuestro camino y el suyo coinciden. Pero cuando su camino es distinto al nuestro, cuando comienza a subir la cuesta, cuando este no es llano y es pedregoso, preferimos la cuesta abajo. ¿Cuándo nos convenceremos de que su camino es el mejor?

            Cuando Jesús contempla Jerusalén comienza a llorar. No sabes que hacer. No lo has visto nunca llorar. Llora acerca de lo que va a ocurrir a la ciudad santa, su destrucción por los Romanos. Asombroso, Jesús está triste por unas cuantas piedras. Es como nosotros que nos preocupamos por cosas y máquinas. Jesús se conmueve porque tiene buenas memorias del templo. Todo lo que va a ocurrir es porque los judíos no siguieron los caminos del Señor. Lo aplicamos a nuestra vida. No queremos que Jesús llore por nosotros y por nuestro hijos.

 

josephpich@gmail.com