Homilías de cuatro minutos
Homilías de cuatro minutos
Segundo Domingo de Pascua
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Tomás
Cuando Jesús vino a encontrarse con los apóstoles después de la resurrección, Tomás no estaba con ellos. ¿Dónde estaba? No lo sabemos. ¿Se fue de compras? ¿A pescar? Quizás estaba todavía huyendo o escondido. Lo que sabemos es que no estaba allí. Tenemos que estar presentes cuando Jesús viene. No hay escusas. No podemos perderlo de vista. Lo necesitamos. Viene cuando quiere y hay que estar siempre dispuesto, esperando.
Cuando Tomás volvió, los apóstoles le dijeron con un deje de envidia: ¿Sabes quién ha venido mientras estabas correteando? Le dijeron: “Hemos visto al Señor.” Este es el mensaje cristiano, un gran acto de fe, testigo de la resurrección. Tomás no se lo creyó. Cuando le insistieron se enfadó y con soberbia declaró: No lo creo a no ser que vea sus llagas y las toque con mis dedos. Tenía su parte de razón. Reconocemos a Cristo a través de sus heridas, pero Tomás fue demasiado lejos. Él es el tipo de hombre moderno, empírico y escéptico: Si no veo y toco, no me lo creo. La incredulidad de Tomás aumenta nuestra fe.
Hoy, ocho días más tarde, Tomás estaba allí cuando Jesús se apareció otra vez a sus apóstoles. Esta vez Tomás ha aprendido la lección y está presente. Al llegar Jesús les dice: “La paz sea con vosotros.” Tranquilos, serenos, estad con paz y alegría. Acabo de resucitar. He vencido la muerte. Todo está consumado. No tengáis miedo. Lo mismo suelen decir los ángeles cuando se aparecen a los hombres. Son las primeras palabras que San Juan Pablo II dijo cuando lo eligieron Papa: No tengáis miedo. Tenemos miedo y nos enfadamos porque no tenemos paz dentro de nosotros.
Cuando Tomás vio a Jesús, se escondió detrás de los otros apóstoles, esperando que no hubiera oído las tonterías que había dicho. Ahora estaba avergonzado, desaparecida toda su arrogancia. Pero Jesús oye todo lo que decimos. No podemos escondernos de él. Después del saludo, Jesús fue directamente a Tomás, pasando por entre la gente que le rodeaba. Tomó su mano, y aunque quiso resistirse, con la fuerza de su cuerpo glorioso, le hizo introducir sus dedos en sus llagas diciendo: “No seas incrédulo sino creyente.” Tomás solo pudo decir: “Señor mío y Dios mío.” Un buen acto de fe delante de la Eucaristía. Luego Jesús alabó a todos nosotros cuando comprobamos que nuestra fe es débil y sentimos envidia de Tomás: “Dichosos los que no han visto y han creído.”
Cuando Jesús se fue, Tomás se quedó mirando a su mano derecha. La tradición dice que su mano se volvió roja, como recuerdo de su incredulidad. Tomás nunca olvidó ese encuentro con el Señor, el primero de una larga fila de santos que han encontrado refugio en las llagas de Cristo. Más tarde, cuando los primeros cristianos le preguntaban acerca de ese encuentro, Tomás solía enseñar su mano diciendo con un poco de soberbia: Yo soy el único que toqué las heridas de Jesús. No era del todo cierto, pues las santas mujeres fueron las primeras en hacerlo cuando limpiaron y embalsamaron con aceite el cuerpo muerto de Jesús. Cuando leo este evangelio me viene el deseo de preguntar a Tomás, qué sintió cuando introdujo sus dedos en el costado de Cristo. Se puede decir que experimentó la profundidad de su amor por nosotros.
josephpich@gmail.com