Homilías de cuatro minutos
Homilías de cuatro minutos
Tercer Domingo de Pascua
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El camino de Emaús
El camino de Emaús es el viaje de nuestra vida. Somos peregrinos. Somos como estos dos discípulos que se vuelven a su pueblo, después de la muerte de Jesús. Todo se ha terminado. Sólo conocemos el nombre de uno de ellos, Cleofás. Podemos ser el otro. Hemos puesto nuestras esperanzas e ideales en ese hombre que pensamos era el Mesías. Lo hemos seguido por tres años, esperando que salvara Israel de los Romanos. Y lo han matado, de la manera más horrible, muerte en la cruz. Lo hemos visto morir y nos volvemos a nuestra vida pasada, toda esperanza perdida. Lo intentamos por un tiempo, pero no ha resultado. Nos vamos de Jerusalén, abandonamos a Dios. Vamos por el camino contrario, contra el tráfico. En las autopistas se pueden ver a veces unas señales rojas diciendo: camino equivocado, date la vuelta. Debemos volver a Dios.
Jesús viene a nuestro encuentro. Se acerca a nosotros y camina a nuestro lado. No lo reconocemos porque estamos desanimados, centrados en nosotros mismos. ¿Estamos tristes porque no vemos, o porque no vemos estamos tristes? La causa de la tristeza es normalmente la ceguera. Nos ocurre cuando no conseguimos descubrir a Jesús que pasa por nuestras vidas. Pasa cada día. Podía haber venido con su cuerpo glorioso, mostrando sus cinco llagas, pero viene como viajero, peregrino, como cada uno de nosotros. Viene como hombre, a encontrarnos en el camino de nuestra vida. Dios baja a nuestro nivel, a buscarnos. Pensamos que debería venir con efectos especiales, cohetes, ruido y milagros. Y viene discreto, a través de las ordinarias circunstancias de nuestra vida. Santa Teresa de Ávila solía decir que entre los pucheros anda Dios.
Jesús se acerca y habla con nosotros. Escucha lo que tenemos dentro, nuestros desánimos, nuestra falta de fe. Y comienza a explicarnos las Escrituras. Nos muestra el otro lado de la vida. Siempre tiene buenas noticias que contarnos. Debemos escucharle, especialmente cuando estamos decaídos. Jesús nos da ejemplo de cómo ayudar a las personas que se cruzan en nuestras vidas. Tenemos que correr hacia ellos, encontrarlos donde están, acompañarlos en su viaje, escuchar lo que tienen que decir, lo que tienen en su corazón, participar en sus emociones, entender sus problemas, y hablar de lo que tenemos en nuestro corazón. No tenemos que imponer nuestras ideas o nuestras opiniones. Sólo explicar nuestro propio viaje. Los acompañamos a Emaús, a través de nuestro ejemplo, de nuestros sentimientos, y Jesús nos sale al encuentro.
Cuando los dos discípulos llegaron a Emaús, le pidieron a Jesús que se quedara con ellos porque ya era tarde. Tenemos que hacer lo mismo con Jesús; pedirle que se quede. Sin él no hay luz ni esperanza en nuestra vida. Tú eres el camino, la verdad y la vida. Sentados a la mesa lo reconocemos al partir el pan. Era el principio de la comida. Jesús partía el pan a su manera. Los primeros cristianos llamaban así a la Eucaristía. ¿Reconocemos a Jesús en la Misa? ¿Creemos que está en el sagrario esperándonos? Vemos el pan, pero es Jesús. Nos hace falta más fe.
Cuando los dos discípulos reconocieron a Jesús, este desapareció. Nos pasa lo mismo a nosotros. Jesús viene y va; aparece y desaparece. Tenemos que seguir buscándolo. El evangelio dice que los dos discípulos se preguntaron: “¿No es verdad que ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba por el camino?” Se dieron cuenta de lo que es caminar con Jesús. No podemos acostumbrarnos a él, a la seguridad de la fe, la confianza de la esperanza y el calor de nuestra caridad. Vamos a seguirlo más de cerca.
josephpich@gmail.com