Homilías de cuatro minutos
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La Ascensión
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La Ascensión
San Bernardino de Siena nos cuenta la historia de un joven que fue a Tierra Santa e intentó seguir las huellas de Cristo. Comenzó en Nazaret, luego Belén, Caná de Galilea, Cafarnaúm y Jerusalén. Siguió la vida de Jesús desde el principio hasta el final. Por último, llegó al lugar de la Ascensión. Hoy en día hay una iglesia circular que solía no tener techo para poder ver el cielo, con una piedra en el medio, con las huellas de Jesús antes subir al cielo. Allí comenzó a llorar diciendo: “Te he seguido durante estos meses por los lugares donde has estado y me siento más cerca de ti. ¿A dónde voy ahora?” Sufrió un ataque de corazón y murió. Debió haber ido directamente al cielo. Nosotros hacemos lo mismo. Cada año seguimos a Jesús a través de su vida, muerte y resurrección, como en una espiral, cada año un poco más cerca, hasta que un día saltaremos al cielo.
Hoy es un día triste. El Señor se va al cielo y nos deja huérfanos. ¿Por qué? Porque no estamos preparados. Todavía tenemos unas cuantas cosas que hacer. Nuestra misión no ha acabado. Nos gustaría ir con él, pero se va para comprobar que el lugar que nos ha preparado está listo. Y va a volver para llevarnos con él. Sin embargo lo echamos en falta, su mirada, su voz, sus ojos, su sonrisa. Cuanto más lo queremos, más lo echamos a faltar. Es muy humano. Imagina cómo se sintieron los apóstoles, después de tres años de vivir con él. Esta es la razón de que nunca estamos completamente felices aquí abajo. Hemos sido creados para el cielo, para estar con Dios para siempre. Hoy es un buen día para fijar nuestros ojos en la eternidad. Hoy podemos fomentar nuestro deseo del cielo.
Pero ¿por qué tuvo que irse? ¿No podía haberse quedado con nosotros y al mismo tiempo haberse ido? Lo podía haber hecho, porque es Dios. Podía haberse quedado en Jerusalén, o en Roma, o en nuestro pueblo. Pero entonces hubiéramos tenido sólo cinco minutos en nuestra vida para hablar con él. 8 billones de personas son muchas para verlas a todas. Sin embargo hizo algo mejor. Se ha quedado con nosotros en la Eucaristía, en el tabernáculo, en un trozo de pan, para poderle comer, para venir a verlo y estar un rato con él. Nos está esperando, 24 horas, 7 días a la semana. Hay siempre una lámpara votiva encendida diciéndonos que está allí. ¿Qué es el tabernáculo? Una caja donde ponemos a Dios. En hebreo significa tienda, un lugar para resguardarse, para descansar, encontrar al amado.
Jesús quiere volver con su Padre Dios. Lo entendemos. Su cuerpo glorioso merece la gloria del cielo. Esperamos que un día tengamos también nosotros un cuerpo glorioso. San Ambrosio dice que un Dios bajó del cielo y un hombre subió de vuelta. Antes conocíamos a Jesús como hombre; ahora lo vemos como Dios. Nuestra fe crece al contemplar su divinidad. San Bernardo habla de los tres escalones de Jesús bajando: encarnación, crucifixión y muerte; y tres escalones subiendo: resurrección, ascensión y sentado a la diestra de Dios Padre. Queremos estar con Dios para siempre. Todo es posible en el cielo.
Hoy Jesús vuela al cielo. Cuando hizo los milagros, intentó no hacer nada especial, lo más natural posible, sin llamar la atención. Incluso, cuando multiplicó los panes y los peces, los bendijo y los distribuyó, sin actuar como un mago. Pero hoy actúa diferente. Hasta ahora se aparecía y desaparecía. Hoy quiere que sus apóstoles se den cuenta que se va definitivamente, que no vuelve. Por eso se va volando. Si quieres, si eres rápido, puedes volar con él. Yo prefiero quedarme con su madre.
josephpich@gmail.com