Homilías de cuatro minutos

Pentecostés

Joseph Pich

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Pentecostés 

            Con la fiesta de Pentecostés finaliza el tiempo de Pascua. Llevamos un tiempo preparándonos para la venida del Espíritu Santo. Una vez al año tenemos la oportunidad de conocer mejor a la tercera persona de la Santísima Trinidad, que San Josemaria llamaba el Gran Desconocido. Sigue desconocido y nos gustaría acercarnos más a él. Es fácil ver a Dios como Padre. Más fácil verlo como hombre, cuando vemos a Jesús como hermano. Pero nos cuesta ver a Dios como una paloma, nuestro esposo, que es Amor. Es bueno desearle que venga. Cuanto más lo deseamos, más nos lo dará Dios. Podemos repetir con frecuencia, ven Espíritu Santo, Veni Sancti Spiritus. Deseamos su presencia.

            Los filósofos griegos hablan de los cuatro elementos clásicos que constituyen el universo: aire, fuego, agua y tierra. Tres de ellos son símbolos del Espíritu Santo. Nosotros somos el cuarto, la tierra. Venimos del polvo y a el volveremos. Somos muy terrenos y deberíamos ser más espirituales. El pecado original nos ha hecho más inclinados hacia la tierra. Nuestros ojos miran normalmente hacia el suelo. Damos mucha importancia a las cosas materiales. Por eso necesitamos que el Espíritu Santo nos transforme, haciéndonos más como Él.

            El aire. En el día de Pentecostés un viento impetuoso llenó toda la casa donde estaban. Era el signo de que venía el Espíritu Santo. De todos modos, la Sagrada Escritura lo representa como una suave brisa. Se puede sentir, pero no se ve. Él prefiere pasar desapercibido, desaparecer, moverse entre los bastidores, actuar desde dentro. Así es como el Espíritu Santo trabaja en nuestra alma. Necesitamos el aire para respirar, pero no nos damos cuenta de cuán importante es hasta que nos falta, como cuando nos ahogamos debajo del agua. Necesitamos el soplo del Espíritu Santo, el aliento de Dios, para poder vivir una auténtica vida espiritual. Cuando el obispo consagra los santos oleos en la Misa Crismal, espira su aliento sobre el aceite. Debemos dejar que el Paráclito sople su gracia en nuestro corazón, para llenarnos de su poder, como las velas de un velero, que se llenan de aire para navegar más rápido. Le pedimos que envíe un viento huracanado, para que remueva las hojas muertas que se encuentran en nuestra alma.

            El fuego. En el día de Pentecostés unas lenguas de fuego se posaron en las cabezas de los apóstoles. Se llenaron del Espíritu Santo. Se lo pedimos hoy: quémanos, purifícanos con tu fuego. Decimos con San Josemaría: “Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón, para que sienta y siga con facilidad los toques del Paráclito en mi alma.” Como un leño que cuando se quema, transforma la madera en luz y calor. También nosotros queremos ser transformados por el amor de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es Amor. Queremos convertirnos en brasas brillantes que parecen rubies. En vez de volvernos ceniza, queremos transformarnos en Dios.

            El agua es parte de la vida. No podemos vivir sin ella. No es tan esencial como el aire, pero muy importante. El agua sacia la sed, limpia nuestros cuerpos y refresca nuestro espíritu. Eso es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros. Pero primero tenemos que darnos cuenta de que estamos sedientos, que nuestra alma está sucia y que nos hace falta su amor. Debemos acercarnos al pozo del agua viva que Jesús promete a la mujer Samaritana, para recoger esa agua pura, fresca, transparente, que salta hasta la vida eterna.

 

josephpich@gmail.com