Homilías de cuatro minutos
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14 Domingo A Ser como niños
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Ser como niños
“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños.” Dios ama a los niños. Jesús se queja a sus apóstoles: “Dejad que los niños se acerquen a mí.” Los niños creen en ángeles y milagros. Cuando crecemos perdemos la facilidad para las cosas espirituales. Por eso Jesús nos recuerda que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos. Tenemos que recobrar la habilidad de conectar con lo sobrenatural, la fe de creer en que la otra vida comienza aquí. La eternidad tiene una puerta pequeña y debemos disminuir para entrar. Nuestro ego es demasiado grande. ¿Cómo son los niños? Se me ocurren cuatro rasgos distintivos: humildad, simplicidad, sinceridad y actualidad. Son virtudes importantes para nuestra vida espiritual.
Humildad. Los niños son pequeños y lo saben. No tienen que pretender o presumir. Su pequeñez está siempre delante de ellos. Te miran de abajo arriba, suben a los árboles, se caen, ensucian, piden ayuda. Están indefensos. Quieren crecer, ser mayores, soñar. Son curiosos, tienen una gran capacidad de admiración, esperan. Todo eso nos ayuda a ver a Dios como padre y tener confianza en él. Somos débiles y le necesitamos. Es la mejor manera de vernos como somos y contemplar nuestra dignidad.
Simplicidad. La gente ama a los niños porque son transparentes: lo que ves, es lo que es. No saben engañar. Puedes leer su mente mirando a sus caras. Son inocentes, ingenuos, auténticos. Dicen lo que piensan. Sabes a qué atenerte con ellos. Lloran cuando están heridos y ríen cuando están alegres. Nosotros nos pasamos nuestra vida escondiendo nuestros sentimientos, intentando no decir lo que pensamos, pretendiendo ser otra persona. Sabemos engañar, tener diferentes vidas; actuamos diferentes ante diversas personas. Dios nos conoce perfectamente y nos quiere como somos. No tenemos que pretender delante de él. Cuando nos acercamos a él nos dice: quítate este disfraz que no te pertenece. Podemos ser lo que somos delante de él.
Sinceridad. Los niños pequeños no saben mentir. Todavía no han aprendido el arte de engañar. Dicen que lo que diferencia a un computador de una persona humana es la capacidad de mentir. Es muy fácil cazar las mentiras de los niños, pues inventan asombrosas verdades. Sus madres conocen cuando mienten, aunque no lo muestren, pues estaban allí cuando mintieron por primera vez: no miran a tu cara, mueven sus orejas, tuercen la nariz, fruncen el ceño. Es inútil engañar a Dios; sabe cuándo mentimos.
Actualidad. No sé cómo nombrar a esta virtud: es el arte de vivir en el tiempo presente. Los niños lo hacen con naturalidad. Están constantemente jugando. No se preocupan del pasado; no existe. No piensan en el futuro; está en manos de sus padres. Se mudan de una sonrisa a un lloro en segundos. Pueden reír con las lágrimas todavía resbalando por sus mejillas. La Escritura Santa dice que Dios juega con los hijos de los hombres. Nosotros nos olvidamos de jugar con él. No tenemos que preocuparnos del pasado: lo hemos confesado. Nuestro futuro está en las manos de Dios, que es un Padre amoroso, que perdona y se olvida.
josephpich@gmail.com