Homilías de cuatro minutos
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15 Domingo A Parabola del sembrador
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Parábola del sembrador
Hoy Jesús nos habla con una parábola. ¿Por qué? Porque nos cuesta entender su mensaje. Jesús necesita utilizar imágenes, comparaciones, ejemplos materiales para explicar las espirituales. Somos cuerpo y alma, y a través del cuerpo descubrimos al alma. El reino de los cielos es tan rico que Jesús necesita utilizar diferentes parábolas, para que podamos entender mejor sus distintos aspectos. Dicen que antes de escribir, el hombre comenzó a pintar primero. Una imagen vale más que mil palabras. Las parábolas de Jesús están grabadas en nuestra cultura. Cuando hablamos del hijo pródigo, el buen samaritano, la oveja perdida, la gente sabe a lo que nos referimos. Recordamos mejor las parábolas que los conceptos abstractos. En nuestra sociedad, donde estamos rodeados de innumerables pantallas, las imágenes nos son muy importantes.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio la parábola del sembrador. Es algo un poco ajeno a nosotros. La mayoría de nosotros no hemos presenciado a un sembrador sembrando semillas. Hoy en día utilizamos máquinas para ello. En tiempos antiguos se hacía con la mano, echando las semillas a voleo. Jesús es el sembrador que nos echa sus semillas, sus gracias, su poder, y somos nosotros los que tenemos que cogerlas y plantarlas en el suelo, para dar fruto. Respeta nuestra libertad y no se impone. Nos deja que seamos nosotros los que aceptemos su semilla, para que sea parte de nuestras vidas, y guardarla. Espera de nosotros una actitud de recibir y custodiar. Deberíamos agradecer su generosidad, pues siempre echa semilla abundante. Podemos malgastarla.
Para dar más fruto es importante que el sembrador emplee la semilla apropiada. El mercado de semillas es muy lucrativo y las multinacionales están muy interesadas en desarrollar semillas que den más fruto, que sean resistentes a las plagas, que sobrevivan las heladas, que necesiten menos agua. Jesús tiene la semilla adecuada. No hay otra mejor en el mercado. Y es gratis. Es su palabra en la Escritura Santa, el agua que salta hasta la vida eterna en el Bautismo, el pan de vida en la Eucaristía, el buen vino de Cana, el aceite puro de oliva que cura, la absolución en la confesión, la pequeña semilla de mostaza que se convierte en un árbol enorme, el tesoro escondido en el campo, la perla de gran valor, la red que recoge una abundante pesca, el óbolo de la viuda. Su semilla es siempre de buena calidad. Somos nosotros los que la tenemos que hacer fructificar.
Nosotros somos el suelo que acepta la semilla. Nuestro corazón tiene buena tierra, pero tenemos que prepararla. No puede ser ni muy dura, ni muy blanda. Nuestro corazón a veces está endurecido. Nos cuesta compartir los sentimientos de Jesús. Tenemos que hacerlo más suave, más esponjoso, para que pueda recibir la semilla mejor. Quizá debamos ir con más frecuencia a la confesión, recibirle más a menudo, hacer más actos de contrición, pedir perdón y perdonar. Quizás nuestro corazón es demasiado blando y a la primera dificultad se desmorona. Necesita ser más resistente al viento frio, a las heladas, a la sequía, dar cara a los obstáculos con más determinación. Si nuestro corazón está lleno de piedras hay que extraerlas una a una. ¿Cuáles son las piedras en mi vida que no me dejan ver a Dios? Si tenemos espinas, hay que desclavarlas. ¿Cuáles son las espinas que me hace mirar hacia dentro, que me evitan experimentar el amor de Dios?
No es suficiente tener una buena tierra. Hay que establecer las condiciones adecuadas para que la semilla crezca. El suelo debe tener suficiente profundidad para que las raíces se desarrollen y las plantas puedan establecerse con holgura. Sino la planta al crecer carecerá de humedad y se secará pronto. Hay que plantar la semilla en el lugar adecuado, cerca de la valla de la oración para resguardarla del frio, utilizar el fertilizante de las buenas obras, regarla abundantemente con el agua de la gracia, matar los gusanos de nuestros vicios. Hay que cuidar la semilla cuando comienza a salir, cubrirla de los vientos contrarios reinantes en nuestra sociedad, dejar que el sol de las buenas compañías la arropen y calienten. No podemos dormirnos y que venga el enemigo y la desarraigue.
josephpich@gmail.com