Homilías de cuatro minutos
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16 Domingo A Parábola de la cizaña
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Parábola de la cizaña
Estos domingos las parábolas en el evangelio intentan explicar el reino de los cielos: es casi imposible. Para ello se necesitan un número infinito de parábolas. Deberíamos fomentar el deseo de conocer más acerca de nuestra tierra prometida. Cuanto más conocemos las maravillas de nuestro destino, más nos apresuramos y apretamos el paso. Cuanto más fijamos los ojos en el cielo, más anhelamos nuestro fin. Jesús nos ha preparado un lugar para cada uno de nosotros y tenemos que hacer todo lo posible para llegar ahí. Cuando planeamos un viaje, primero miramos hacia dónde queremos ir y luego vemos como llegar. Nosotros los cristianos sabemos a dónde vamos y conocemos el camino: Jesús es nuestro camino, el único camino. No podemos perdernos, distraernos, entretenernos o pararnos en nuestro caminar.
Hoy tenemos la parábola de la cizaña. Es fácil de entender porque en los jardines siempre crecen malas hierbas. Dicen que las hierbas no son malas; solo que están fuera de lugar. Molestan a los jardineros y nos recuerdan los obstáculos que encontramos en nuestro camino. Los problemas son compañeros de nuestra vida diaria. Siempre hay cosas que van mal o se desarrollan de una manera diferente de cómo las habíamos planeado. Nos quejamos de los demás, del mal en el mundo, pero nos olvidamos de que nuestro corazón está lleno de cizaña. Es más fácil descubrir las malas hierbas en el jardín del vecino que en el nuestro. Jesús explica la parábola muy bien, retratando el drama de nuestra existencia. Bien y mal, ángeles y demonios: esto es lo que ocurre entre bastidores. No hay gente buena o mala. El bien y mal se encuentran en nuestros corazones todos mezclados. Somos nosotros los que tenemos que extirpar el mal y promover el bien. Al fin y al cabo, el mal es ausencia de bien.
Los siervos se quejan al amo de que alguien ha sembrado la cizaña. Les contesta que lo ha hecho el enemigo cuando estaban dormidos. Tenemos que estar despiertos, vigilantes. Mientras somos perezosos, el demonio no para. La gente se queja a Dios de cómo deja progresar el mal. Lo mismo le pasó a Santa Teresa de Ávila. Cuando le hizo a Jesús esa pregunta, él le respondió: te he creado a ti. Mientras nos quejamos, el demonio siempre trabaja, nunca para. La buena noticia es que Dios está a nuestro lado, está siempre despierto y sus planes siempre se cumplen.
Hay tres tentaciones que nos engañan, y que pueden esconder el mal de nosotros. Primero la indiferencia: ignorarlo, no hacer nada, vivir nuestra vida, no es mi problema, no me preocupa; debería inquietarnos, pues los cristianos somos la buena semilla. Segundo es la arrogancia: nosotros somos los buenos, sabemos lo que está bien y ellos son unos ignorantes; si estamos cerca de Dios es porque él nos ha ayudado. Tercero es la violencia: para desarraigar el mal podemos ponerlo en ridículo, abusar a la gente en las redes sociales, lanzar noticias falsas. Lo mejor es hacer lo que hizo Juan Pablo II: diseminar el bien, hablar de Dios, esparcir la buena semilla. Es más efectivo el plantar que desarraigar, el sembrar que el destruir.
El mal siempre estará con nosotros. No debería preocuparnos. Dios es paciente, misericordioso, y nosotros deberíamos serlo también. ¿Por qué Dios deja que la cizaña crezca con el trigo? Hay diferentes razones. La primera para que esta se convierta en trigo. Dios lo puede hacer. Tenemos experiencia. Siempre hay tiempo para la conversión. Algunos santos han sido primero grandes pecadores. Segundo, para que nosotros seamos mejores. En tiempos de persecución, los cristianos nos hacemos más fuertes. Tercero, Dios es el único que puede sacar bien del mal. Utiliza gente malvada para sus planes, para que nos demos cuenta que siempre se cumple su voluntad.
josephpich@gmail.com