Academia Cristo Podcast

LO CONTRARIO

Academia Cristo

Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.

0:00 | 3:29

Sábado 18 de julio de 2026

Génesis 18:1

«Después el Señor se le apareció a Abrahán en el encinar de Mamre.» (RVC)

LO CONTRARIO

Imagina que es el año 2011. Formas parte de un equipo de arqueólogos que trabaja bajo un antiguo templo en el Lejano Oriente. Están a punto de abrir varias cámaras que han permanecido cerradas durante siglos.

Cuando finalmente logran entrar, no pueden creer lo que ven.

Hay diamantes por todas partes. Bolsas y más bolsas llenas de piedras preciosas. Joyas imposibles de contar. Montones de monedas de oro. La cantidad es tan grande que pasarán años antes de que todo pueda ser catalogado.

Las primeras estimaciones indican que el valor del tesoro supera los veinte mil millones de dólares.

Con el tiempo, los investigadores descubren también de dónde proviene tanta riqueza. Siglos atrás, aquel templo estaba ubicado en una ruta muy transitada. Los viajeros dejaban ofrendas valiosas para ganar el favor de la deidad que allí adoraban.

Ese inmenso tesoro refleja una manera muy común de pensar acerca de Dios.

Muchas personas creen que la relación con Dios funciona así: «¿Qué puedo darle para que él haga algo bueno por mí?».

Pero cuando abrimos la Biblia descubrimos exactamente lo contrario.

En Génesis 18 se nos dice que el Señor se apareció a Abraham. Aunque Abraham lo recibió con hospitalidad, queda claro que Dios no estaba allí porque Abraham hubiera comprado su favor con regalos u ofrendas.

El nombre «Señor» nos recuerda quién es él: el Dios que hace promesas por pura gracia y que cumple fielmente todo lo que promete.

Esa es la forma en que Dios se revela a lo largo de toda la Biblia.

Él sabe que somos pecadores. Sabe que el pecado ha afectado cada aspecto de nuestra vida desde la caída de nuestros primeros padres. Por eso, jamás podríamos ganar su favor mediante nuestros esfuerzos, nuestras obras o nuestros regalos.

Nuestras manos pecadoras no pueden comprar el amor de un Dios perfectamente santo.

Y precisamente por eso Dios envió a su Hijo.

Jesucristo vivió la vida perfecta que nosotros no hemos podido vivir. Luego fue a la cruz para pagar completamente por nuestros pecados.

Dios hizo todo eso no porque nosotros tuviéramos algo valioso para ofrecerle.

Lo hizo porque lo necesitábamos.

Esa es la maravilla del evangelio.

Nuestra relación con Dios no descansa en lo que nosotros hacemos por él. Descansa completamente en lo que él hizo por nosotros en Cristo.

Y esa es una noticia que llena el corazón de paz.

Oración:

Señor, toda mi relación contigo descansa en lo que tú has hecho por mí por medio de Jesucristo. Gracias por tu amor inmerecido, por tu gracia y por la salvación que me has dado. Amén.