LEER TE DA MÁS

61- LEER TE DA MÁS con Paulo Cosín. Que no te den gato por liebre.

Paulo Cosín Fernández Season 3 Episode 61

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En este podcast partimos de un dicho popular para hablar de sustituciones, copias e identidades.
De los rumores sobre la comida "auténtica" saltamos a la inteligencia artificial, la creación artística y la responsabilidad de quien firma una obra.
También viajamos a "El príncipe y el mendigo", de Mark Twain, donde dos vidas opuestas se intercambian por azar.
A través de esta historia, el episodio se pregunta qué es lo que realmente nos define: el origen, la apariencia o nuestros actos.
Una reflexión sobre el poder, la justicia, la moral y la facilidad con la que confundimos la apariencia con la realidad. Porque, al final, a veces lo importante no es solo lo que vemos, sino acudir a la fuente y observar con atención.
Hablo de ficción, filosofía y de la importancia de leer para desarrollar una mirada crítica y no dejarnos engañar.

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En los años 70 y 80 hubo un boom de los restaurantes chinos en España y como eran muy económicos los elegíamos cuando teníamos algo que celebrar. El cerdo agridulce nos encantaba y cuando ya nos habíamos terminado la fuente siempre había alguien que preguntaba ¿Pero estás seguro de que es cerdo? Y de ahí salían miles de chistes sobre el descenso de la población canina y más guasas que repetíamos en cada ocasión. Pero esa sospecha viene de lejos, desde la Edad Media cuando servían un plato de liebre en algunas posadas y tabernas. Eran tiempos de penuria y no abundaba la carne, por lo que había que tener cuidado, ya que podría ser de gato por el supuesto parecido de estos animales cuando estaban en la cazuela. De ahí viene el dicho que no te den gato por liebre. No pretendo que ahora pongas en duda si las hamburguesas que te comiste el otro día eran uno de vaca, pero sí pretendo mostrarte que en otros ámbitos esto sucede más de lo que sospechamos. Sustituir a una persona por otra es bastante común. Salen imitadores, malas copias, unos hablan y actúan en nombres de otros. Por ejemplo, los políticos lo hacen en nombre de la ciudadanía, de sus votantes. Y ahora entra en juego la inteligencia artificial. Hace unos días se hizo un cartel de una feria del libro que tomaba la idea de otro cartel para la feria del libro de Valencia que había hecho Paco Roca, un ilustrador muy conocido con cómics muy interesantes. Si el organizador de una feria lo hace porque quiere promover la cultura, quizás habría sido coherente pedirle a un ilustrador que hiciera el cartel, pero en su lugar lo hicieron con IAD. Tras la denuncia, quitaron el cartel y pidieron disculpas. Si Meriseli, autora del libro de Frankenstein, viera la película de Guillermo del Toro, le podría decir que por qué cambió al personaje principal de su historia. Porque no es lo mismo un hombre con una infancia feliz, bien querido por sus padres, enamorado, con un buen amigo, muy unido a su hermano y apasionado por la ciencia, al ser maltratado por su autoritario padre, quien le inculcó que sólo el poder y el éxito importan. En lugar de una madre que le proporcionó todo su cariño y afecto, nos encontramos en esta película con una madre que muere durante el parto, hecho que le generó una obsesión innata debido al dolor de ese recuerdo. De esta manera, es la exigencia de su padre para que sea el mejor la que justifica su narcisismo y son sus traumas infantiles la causa de su incapacidad para amar y, por tanto, para ser un buen padre de su criatura. Pero el Y aquí viene lo más importante para mí. No hay más causa de su desdicha que la obsesión por la ciencia y la ausencia de una moral que le haga asumir la responsabilidad con su creación. Dicen las críticas que Guillermo del Toro ha tenido la genialidad de invertir los papeles morales y que el verdadero monstruo es el ego del creador. ¿Ese es el gran descubrimiento? Vamos a ver. pero sí es esa precisamente la esencia de la lectura que uno saca de la obra original de Frankenstein. No es nada nuevo. La diferencia fundamental estriba en que ese ego desmedido en la novela proviene de cuando el impulso de la ciencia no tiene límites y de no asumir la responsabilidad de los avances y descubrimientos que se realizan, y no de una infancia terrible, como muestra esa nueva película de Frankenstein. Puede ser una historia interesante, entretenida, Pero si cambian al personaje principal, ya no es la misma historia, pienso yo. La diferencia es sustancial y desde mi punto de vista muy importante. Fíjate que lo que nos muestra la obra original de Frankenstein, un científico que evade la responsabilidad sobre su criatura, tiene relación muy clara para mí con lo que Anna Arendt llamaba la banalidad del mal. Es decir, ¿cómo? Personas obedientes, ya sean ingenieros o científicos reputados, pueden llegar a cometer o hacer que se cometan actos atroces. Ella se refería a Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del holocausto, conocido como el arquitecto de la solución final que envió a millones de judíos a los campos de exterminio. Adolf Eichmann basó su defensa en que sólo obedecía órdenes. Pero pongámoslo más difícil. Imagina que a ti a quien cambian. Suponte que de pronto te duplicas. Se crea un clon idéntico de ti mismo. con tu mismo pasado, con tu misma historia. ¿Quién de los dos eres tú a partir de ese momento? ¿Quién podría distinguir el original de la copia? A partir de ese punto, tú y tu duplicado, ¿en qué os diferenciaréis? Ya vimos que son nuestros actos los que nos definen y que también influyen lo que otros piensen de nosotros. El Dr. Jekyll tenía una reputación impecable. Nadie sospechaba lo que hacía bajo la personalidad de Hyde. Hoy te traigo un nuevo caso en el que dos personas se intercambian. Es el caso que nos relata Mark Twain en El príncipe y el mendigo. El mendigo es el pequeño Tom Canty, a quien su padre y su abuela le apalean un día sí y el otro también. pero se siente querido por sus dos hermanas y su madre, que también reciben lo suyo. Esta familia vive en el callejón de las Piltrafas, ubicado en un barrio muy pobre de Londres. El narrador nos relata la vida de Tom de esta manera.

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«Mendigaba nada más que lo justo para salir del paso, porque las leyes contra la mendicidad eran rigurosas y los castigos severos. Así es que se pasaba una buena parte de su tiempo escuchando los encantadores cuentos viejos y leyendas que le contaba el padre Andrew sobre gigantes y hadas, enanos y genios, castillos encantados y reyes y príncipes fastuosos. Llegó a tener la cabeza llena de aquellas maravillas. Y más de una noche, hallándose tendido en la oscuridad sobre su montón de paja, escaso y maloliente, cansado, hambriento y dolorido por los azotes, daba rienda suelta a su imaginación. Y no tardaba en olvidar sus dolores y sufrimientos entre los cuadros deliciosos con que se representaba la vida encantadora de un príncipe mimado en su palacio real. Llegó un momento en que le persiguió de noche y de día un solo deseo, el de ver con sus propios ojos a un príncipe auténtico. Además, poco a poco, sus ensueños y sus lecturas produjeron en Tom ciertos cambios. Los personajes de sus ensueños eran tan elegantes que empezó a lamentar lo desaseado de sus ropas y la suciedad de su persona, de deseando verse limpio y mejor vestido.

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Las lecturas le hicieron desear otra realidad, y ya te puedes imaginar, su deseo se hizo realidad. Un día se produce ese encuentro con el príncipe que tenía su misma edad, al que también, al conversar con el mendigo, le surge su propio deseo.

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Eso es magnífico. Si yo pudiera vestirme con unas ropas como esas que tú llevas, y descalzarme, y jugar a mi gusto en el barro por una vez por una sola vez, sin que nadie me regañase ni me lo prohibiera, creo que sería capaz de renunciar a la corona». Algunos minutos después, el pequeño príncipe de Gales se había ataviado con los retazos de ropas que llevaba Tom, y el príncipe de la pobreza estaba muy bien compuesto con el relumbrante plumaje de la realeza. Ambos se colocaron el uno junto al otro delante del espejo. ¡Y qué milagro! Parecía que no se hubiese realizado allí ningún cambio. Se miraron con asombro el uno al otro. Luego se miraron en el espejo y, a continuación, volvieron a mirarse el uno al otro. Finalmente, el desconcertado principito dijo «Si nos desnudásemos, no habría nadie capaz de decir quién eras tú y quién el príncipe de Gales».

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Así comenzó la historia en la que el príncipe Eduardo, vestido de mendigo, acaba vagabundeando por las calles de Londres y Tom, el mendigo comienza a apañárselas como príncipe en el palacio de Westminster. ¿Qué harías tú si de pronto te conceden el poder de un príncipe? El parecido físico es sorprendente, pero ¿crees que Eduardo habría tomado las mismas decisiones y habría actuado de la misma manera que Tom en esta escena que viene a continuación? En un momento en que se acerca la ventana, interesado por la vida en la calle, observa con interés y curiosidad a una multitud de hombres, mujeres y niños alborotados y de la clase más pobre y baja. Y entonces ordena.

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—Me agradaría saber qué ocurre. —¿Sois el rey? —le contestó solemnemente el conde con una reverencia. —¿Me da su majestad licencia para actuar? —Oh, sí, gozosamente, con mucho gusto. El conde llamó al paje y lo envió al capitán de la guardia con esta orden. Que dé alto la multitud y que se averigüe el motivo de ese alboroto. Por orden del rey.

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Cuando traen a los tres condenados, se interesa por ellos. El primero había sido acusado de matar a una persona envenenándola y las otras dos, madre e hija, de haber vendido su alma al diablo. Tom, apiadado, consigue demostrar la inocencia con gran habilidad en el uso del razonamiento y de la palabra. Esos momentos son mis preferidos. Pero lo más importante, utiliza su poder real para cancelar algunas leyes y promueve el cambio de una justicia sangrienta por otra más benévola. El autor nos explica que durante el reinado de Enrique VIII y por una ley del parlamento, los envenenadores eran condenados a muerte por ebullición, es decir, a ser hervidos vivos. Esta crueldad fue drogada en el reino de su hijo, Eduardo VI, el mismo que ahora en nuestra historia anda buscándose la vida. Subió al trono cuando tenía nueve años, a la muerte de su padre, Enrique VIII. Durgen el sociólogo de la educación moral del que te hablé en pasados episodios, argumenta que un acto moral cobra más importancia a medida que afecta a un grupo social mayor, que suele ser con los que tenemos menos conexión. Aquitón cambia las leyes para que nunca más juezan a alguien como condena, y otras más. Su conexión y sensibilidad para hacerlo le viene de su experiencia en los barrios bajos de Londres, y utiliza la autoridad como rey Ya que, se me olvidó contarte, en este momento de la historia ya ha muerto Enrique VIII. Te preguntarás qué ocurrió con el verdadero príncipe rey, el que acabó mendigando. Pues es la seguridad de sentirse de sangre real del entorno en el que nació lo que a Eduardo le da fuerza y determinación para luchar contra las adversidades que le van a ir sucediendo. Vamos, lo que ahora se entiende como resiliencia. Y no te cuento más. Solo insisto en que si cada uno de ellos actuó de un modo determinado fue por ser diferentes, por su pasado y por el nuevo entorno en el que se encontró cada uno. Uno con gran autoridad, poder y experiencia de sufrimiento y el otro con la gran determinación de ser el verdadero rey. En este relato del príncipe y el mendigo, únicamente la madre de Tom advierte y reconoce a su hijo real, y aquí lo de real tiene doble sentido. en las obras de ficción nos cambian a los personajes con frecuencia. Ya te conté en el episodio 46 titulado Grandes Expectativas el caso de personajes reales como Hildegard y Aurora Rodríguez, llevadas a la ficción casualmente en la novela llamada La Madre de Frankenstein, donde además de nuevo vemos que la historia de Mary Shelley y el mito de Prometeo vuelve a inspirar, como a otros muchos. La cuestión de este episodio es hasta qué punto advertimos esos cambios y si realmente nos importan o no importan. Es decir, si nuestro fado de gato está tan rico como uno de liebre. Yo me inclino por tomar liebre, y para que no me pongan el gato en el guiso, intento ir a la cocina y ver los ingredientes. En el caso de las historias que nos cuentan, sería lo mismo que acudir a las fuentes, a su libro original. Así que concluyo que si no quieres que te den gato por liebre, Libro tras libro descubrirás que leer te da más.