LEER TE DA MÁS
Me presento, soy Paulo Cosín autor de libros que explican, desarrollan y analizan las claves que permiten que los jóvenes y adolescentes encuentren su interés por los libros y la lectura.
¿A quién no le gusta leer? Esa es la pregunta que les hago a los jóvenes, y resulta que me sucede con frecuencia que más del 80% levanta la mano. A los 40 minutos agradecen que les hayas explicado por qué leer es importante para ellos, ¿qué sucede?
De eso hablaremos en los siguientes episodios de Leer te da más.
LEER TE DA MÁS
63- LEER TE DA MÁS con Paulo Cosín. Con el pecho tatuado.
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En este episodio de "LEER TE DA MÁS", un tatuaje con el nombre de una abuela sirve como punto de partida para descubrir cómo la literatura transformó un estigma en una forma de arte y reflexionar sobre el vínculo entre abuelos y nietos, la memoria, el duelo y la soledad. A través de obras como "El jardín de las brumas", de Tan Twan Eng, y textos de Jack London y Paco Roca, Paulo Cosín nos recuerda que algunas historias quedan grabadas para siempre en la piel y en el corazón.
Yo para
SPEAKER_00ser feliz quiero un camión. Yo para ser feliz quiero un camión. Llevar el pecho tatuado en camiseta mascar tabaco. Yo para ser feliz quiero un camión. Así comenzaba una canción de los años 80 de Loquillo, una época en la que no era tan común llevar tatuajes como ahora. No sé si tuvo algo que ver con la historia de un chico que se tatuó el nombre de su novia en el pecho y cuando rompió con ella pensó, en España hay suficientes mujeres que se aman carme, así que lo único que tengo que hacer es buscar una. La estrategia le funcionaba bien al principio. Te puedes imaginar el efecto que producía cuando en el segundo o tercer encuentro les mostraba el pecho y les decía «Eres la chica de mi vida. El flechazo de Cupido ha sido tan fuerte que desde el primer día no pude resistirme a llevarte siempre conmigo y me he tatuado tu nombre en mi pecho». Pero no tardaban en advertir que el tatuaje no era reciente y el idilio terminaba de mala manera. Así que, después de varios fracasos, decidió desistir y borrarse finalmente el tatuaje. Los caprichos del destino son siempre difíciles de prever y su primera Carmen apareció de nuevo y Cupido sopló sobre las brasas todavía vivas de esos recuerdos. Pero no duró mucho la ilusión del encuentro, solo el tiempo suficiente que requirió que su primer amor descubriera que se había borrado el tatuaje. El pobre nunca acertaba. Otro chico al que le conté esta historia me comentó, yo también llevo el nombre de una mujer tatuado, pero el de una mujer que sí estará conmigo toda la vida. Es el de mi abuela. Me lo decía mientras se levantaba la camiseta para mostrarme su costado. Le pregunté que por qué se lo había hecho en esa zona del cuerpo y me respondió que era porque ahí duele mucho. El nombre era Montserrat. Vaya, le dije. Podrías haber puesto solo Monse, pero elegiste el nombre completo, más largo. Yo no llevo más marcas en mi piel que las cicatrices de varias operaciones, y aunque sí me habían explicado que es doloroso el proceso, lo entendí mejor cuando leí lo siguiente.
SPEAKER_01Aunque ya me habían advertido, no pude evitarlo. Grité con el primer pinchazo de un millón y clavé las uñas en la sábana que tenía debajo.
SPEAKER_03«Quieta»,
SPEAKER_01me exigió. Intenté levantarme, pero él hizo fuerza con la palma de la mano y repitió las incisiones. Reprimí los alaridos de dolor. Aunque cerré los ojos con fuerza para evitar las lágrimas, continuaban rodando. El cuerpo se me encogía cada vez que me clavaba una aguja y sentía que la piel se desgarraba línea a línea, puntada a puntada.
SPEAKER_03«Deja de moverte».
SPEAKER_01Me secó la espalda otra vez y me di la vuelta para mirar la toalla blanca. Estaba llena llena de manchurrones, rojos y húmedos. Aritomo trabajó en silencio durante más o menos una hora. El tremendo dolor no dio paso al adormecimiento, como yo esperaba. Cada uno de los pinchazos siguientes me dolió tanto como el primero. Por fin, se sentó sobre los talones y respiró profundamente. Dejó los utensilios en la bandeja y comenzó a limpiarme la espalda con suaves toques aquí y allá. Aunque lo hacía con cuidado, la tela era abrasiva.
SPEAKER_03«Ya es suficiente por hoy.
SPEAKER_01Concluyó.
SPEAKER_00Aritomo, un antiguo jardinero del emperador que nos desvela su arte, está tatuando a Lin Yun. una mujer china que fue presa en un campo de concentración japonés cuando invadieron Malasia. Este detalle es importante, pues el lector ya sabe, en ese momento, que es una mujer que ha sufrido más de lo soportable. Comprendí entonces lo que podría haber supuesto para este chico cada una de las letras del nombre de la abuela en su costado. El fragmento del libro de hoy procede de El jardín de las brumas de Tan Tuan Enr. que me recomendó su editor, Enrique Díaz Larrea, en una mesa redonda sobre literatura asiática en Literae 2026, un evento literario que se realiza todos los años en Ciudad Real. Es un libro que explora la guerra conocida como Emergencia Malaya, un periodo de 12 años de lucha del Partido Comunista para tomar el control de Malasia, una vez que los japoneses que la invadieron regresaron a su país tras la bomba sobre Hiroshima y su posterior rendición. Además de ser una historia bien contada e de sumerger la cultura asiática, el arte de los jardines japoneses, de la práctica del tiro con arco, la historia del té y, claro, de los tatuajes. Los chinos en el siglo I consideraban que tatuarse era propio de tribus bárbaras. Esta práctica se extendió a Japón, donde desde el siglo V en adelante identificaban a los criminales tatuándolos. Asesinos, violadores, rebeldes y ladrones, así como a los que transportaban excrementos y cadáveres, todos quedaban sellados con bandas horizontales y pequeños círculos en los brazos y en la cara. Una pena que los estigmatizaba para ser excluidos de la sociedad. Para camuflar las marcas, los delincuentes más ingeniosos cubrían sus tatuajes con otros. A finales del siglo XVII ya comenzaban a tatuarse ideogramas que representaban los nombres de un amante o un voto hecho a Buda, es decir, como los casos que contaba al principio. Tendría que transcurrir un siglo más para que se popularizaran los diseños pictóricos, mucho más artísticos. Una novela escrita en el siglo XIV, A orillas del agua, cuenta la historia de Sun Qian y sus 107 seguidores que en el siglo XII se sublevaron contra el gobierno chino corrupto. La historia de este grupo de forajidos en lucha contra la represión y la tiranía resonó con fuerza en los japoneses que vivían bajo el férreo gobierno de Tokawa. Vemos de nuevo un libro que mueve masas y crea una cultura, y que fue imparable como lo demuestra que a partir del siglo XVIII tuviera innumerables ediciones. La más conocida es la ilustrada con grabados de Hokusai. Quizás te suene uno de sus grabados más conocidos, La gran ola de Canaguaba. que es de 1831. En ella, una ola gigante está estática a punto de romper sobre tres embarcaciones con el monte Fuji al fondo. ¿No es impresionante que esta novela haya provocado que el tatuaje pasara de ser algo vulgar a alcanzar la consideración de arte y que esto haya llegado hasta nuestros días? Seguro que tienes en mente a personajes de la Yakuza, la mafia japonesa, con un orimono como el del relato anterior. Muchos maestros del tatuaje, los Orochi, se han inspirado en los grabados de Hokusai, y estas obras de arte sobre la piel son tan apreciadas que hay coleccionistas, como en la Universidad de Tokio, donde hay un museo cerrado al público que los muestra. Si accedes a fotos que hay en internet, ya me dirás si eso de ver la piel como lienzo en una vitrina te produce, ¿no?, cierta aprehensión. Volviendo al principio, el tatuaje del nombre de su abuela de aquel chico me llevó a pensar en la relación entre entre nietos, nietas, abuelas y abuelos. Hay dos grupos mayoritarios de personas que escucháis leerte de a más, los que tenéis de 23 a 27 años y los de entre 45 y 59. Quizás vivan todavía tus abuelos o quizás hayas experimentado ya tu primera experiencia de duelo. Mis padres y abuelos ya partieron y sé que cuando fallece uno de nuestros abuelos el proceso es diferente en el nieto, en ese primer grupo de edad, y en el grupo que correspondería a los hijos, los mayores. Y lo es porque la relación es también distinta. Los abuelos, por lo general, viven una relación con sus nietos más relajada, con más sabiduría y experiencia de la que tuvieran con sus hijos. Y lo natural es que se marchen los primeros. Es ley de vida. Ese es el título de uno de los cuentos de Jack London en el que los esquimales nómadas han de partir porque el invierno llega y un hijo despide a su padre, al que ya le ha llegado el momento de quedarse. Con Comienza así.
SPEAKER_02El anciano Koskosh escuchó con atención. Aunque su vista hacía tiempo que se había apagado, conservaba un oído muy fino y el sonido más leve penetraba hasta el cerebro que todavía moraba tras la frente marchita, aunque no pudiese ver lo que lo rodeaba. Ah, era Sitkum Toja, que vituperaba con acritud a los perros mientras luchaba por engancharlos a los tirantes. Sitkum Toja era la hija de su hija, pero estaba demasiado ocupada como para pensar en su inservible abuelo. Había que levantar el campamento, el largo camino aguardaba y el breve día no duraría mucho. La vida la llamaba, y las tareas de la vida, no de la muerte. Él ya estaba a las puertas de la muerte. «¿Y
SPEAKER_00más adelante?»
SPEAKER_02Los látigos silbaron entre los perros. ¿Cómo aullaban? ¿Qué qué poco les gustaba el trabajo y el camino. Se iban. Trineo tras trineo se fueron alejando, adentrándose en el silencio. Se habían ido. Habían desaparecido de su vida y él debía enfrentarse solo a su amargo final. No, la nieve crujía bajo el peso de un mocasín. Había un hombre a su lado y una mano se posó con ternura sobre su cabeza. Su hijo era bueno por hacer una cosa así. Sabía de otros ancianos cuyos hijos no se rezagaban, pero su hijo sí. Le pregunto. —¿Está todo bien? —Hay madera a tu lado
SPEAKER_03y
SPEAKER_02el fuego arde bien. La mañana está gris y el frío no es tan profundo. Pronto nevará. Ya está empezando a
SPEAKER_03nevar. —Sí, ya está empezando a nevar. —La tribu tiene prisa. Me voy. ¿Está bien? —Está bien. Soy como una hoja del año anterior, a punto de desprenderse de la rama. En cuanto sople la brisa, caeré.
SPEAKER_00Este preciso instante en el que la última hoja está a punto de caer o en el que el pétalo que queda va a desprenderse, los japoneses lo llaman mono no aware. Pero ese instante puede parecer eterno cuando se vive.
SPEAKER_02Inclinó la cabeza para mostrar su conformidad hasta que el último quejido de la nieve se desvaneció y supo que su hijo ya no lo oiría, aunque lo llamase. Entonces su mano se arrastró al exterior en dirección a la madera. Era lo único que se interponía entre él y la eternidad que abría sus fauces para admitirlo. Al final, la medida de su vida era un puñado de haces de leña. uno a uno, desaparecería para alimentar la hoguera. Y así, paso a paso, la muerte se iría acercando. Se le caería la cabeza hacia delante hasta apoyarse en las rodillas y descansaría.
SPEAKER_03Era fácil. Todos debemos morir. No se quejaba. Así era la vida. Y era lo justo.
SPEAKER_00Es solo una parte del relato, pero nos da una idea del ciclo de la vida. La nieta ocupada en emprender su camino con la tribu, el hijo y su padre despidiéndose. Algo muy diferente a la vida de la residencia de ancianos que nos relata Paco Roca, en el cómic Arrugas. La eternidad de la vida en esa residencia que recopila muchas historias de la vejez y en donde el mayor reto es el bingo de los jueves. Todos los libros que hoy hemos comentado nos acercan a la realidad de que envejecer y morir es ley de vida. No sé, quizás ese vínculo que se crea entre abuelos y nietos, que nos demostraba ese tatuaje con el nombre Montserrat, es una forma natural de comprenderlo y recordarlo. Y volviendo a la cultura japonesa, que es la sociedad más longeva del mundo, leemos en el libro Envejecer con sabiduría de Noemi Tobar que la escritora nipona Junko Takahashi nos habla del secreto de esa longevidad en su libro El método japonés para vivir 100 años, como si solo se tratara de vivir más. Porque también en Japón muchos ancianos delinquen para ir a la cárcel y evitar la soledad, pues allí saben que tendrán cerca a alguien con quien hablar. La soledad es la nueva epidemia de la sociedad moderna. Muchos ancianos no tienen familia y si la tienen no siempre mantienen relación, con lo cual pasan mucho tiempo sin hablar con nadie. La cárcel se les aparece como una solución ideal a sus problemas de soledad. Mi padre pasó una corta estancia en una residencia y me halagaba que me dijera por ahí viene mi amigo cuando me veía llegar a visitarlo. El Alzheimer se le agravó cuando le diagnosticaron a mi madre cáncer hepático. No me identificaba como su hijo, pero en un momento de lucidez creyó que mi hermana era su querida monsiña, la abuela del chico tatuado. La actitud y la sensibilidad a estas situaciones se desarrollan, no vienen sin más. Con 34 años tuve que hacer rehabilitación, casi a diario y durante 6 meses, en el centro de fisioterapia de una residencia de tercera edad que era el más cercano a mi casa. Me divertía ver cómo las abuelitas me miraban cuando hacía ejercicios de cadera al mejor estilo Elvis. Y nos hicimos tan amigos que cuando comenzó la pandemia mi primer pensamiento fue para ellas y las que estaban como ellas. Por aquellos días mi padre me llevaba y me traía a ese centro hasta que pude andar de nuevo y conducir. Son recuerdos tatuados como los que se dibujan con las lecturas compartidas como las de hoy que nos marcan una realidad por la que seguro pasaremos y nos aportan una sabiduría para esos momentos difíciles en los que recordaremos que era cierto eso de que leer, Te da más.