Hace poco estaba viendo un episodio de mi nueva serie favorita (Succession - me encanta) y bueno, no me enteré de nada.


¿Por qué?


Porque acabé leyendo las noticias en mi teléfono móvil y perdí el hilo, perdemos el hilo cuando no prestamos atención a algo y ya no sabemos lo que ha ocurrido. Así que al día siguiente tuve  que volver a ver ese mismo episodio.


Y no soy la única persona a la que le ocurre esto, ¿verdad?


En tu caso, ¿cuántas veces has intentado hacer una tarea y has acabado con el móvil o el iPad en la mano sin saber muy bien cómo has llegado hasta ahí?

¿Y si te dijera que esta dificultad para concentrarnos es algo que afecta a toda la sociedad y que está creando una nueva forma de desigualdad?

La desigualdad cognitiva. Y en esta era, la de las pantallas, está creciendo.


Hoy quiero hablar de esto porque me preocupa mucho, y nos afecta a todos: la idea de que concentrarse, aprender de verdad o reflexionar se están convirtiendo en un privilegio, algo que no todo el mundo puede permitirse. Y eso tiene consecuencias bastante relevantes.


Antes de hablar de ello, te recuerdo que tienes la transcripción gratuita de este episodio, la traducción al inglés y las tarjetas de vocabulario en spanishlanguagecoach.com. Para que aproveches al máximo cada episodio. Y en esa misma web también puedes dejar tu email en la lista de espera de mis cursos de español, si quieres mejorar tu español conmigo en los próximos meses. El día 20 de julio se abren las inscripciones a nuevos estudiantes.


Vamos allá.

La cosa es que hace poco leí un artículo que hablaba de cómo los estudiantes universitarios tienen cada vez más problemas para leer textos largos. La atención se ha fragmentado, se ha dividido, tanto que incluso leer una sola página puede ser un verdadero reto para muchas personas. Y lo más curioso es que no se trata de personas con dificultades cognitivas, sino de personas perfectamente capaces que simplemente han perdido el hábito de leer de forma sostenida. 

Estudiante, tengo que confesarte algo: a mí me cuesta concentrarme cada vez más.

Yo grabo pódcast para ayudarte a aprender español, en ocasiones hablamos de hábitos y estrategias sobre aprendizaje y también lucho con la distracción. Conozco bien la teoría, pero, en ocasiones, cuando estoy escribiendo un guion como este me disperso y tengo que hacer un esfuerzo real para no abrir otra pestaña en mi portátil o para no mirar el móvil. Y eso que soy bastante consciente, porque me interesa mucho el tema,  de cómo la tecnología afecta a mi atención.

No siempre fue así. Recuerdo que cuando era adolescente, si quería distraerme, tenía que hacer un esfuerzo: levantarme, encender la tele, buscar algo interesante. Es decir, la distracción requería cierto esfuerzo. Ahora, basta con desbloquear el móvil y ya tienes cientos de estímulos esperando tu atención: notificaciones, redes sociales, vídeos, mensajes… 

Y todos, compitiendo por un recurso muy valioso: tu atención.

Para entenderlo mejor, te voy a pedir un ejercicio de memoria. 

Vamos a pensar un poco…

¿Cómo te informabas hace 10 o 15 años?

¿En un diario online? ¿Todavía leías el periódico en papel los domingos? ¿Comprabas revistas? ¿Veías las noticias en la tele? Casi seguro que combinabas varias de estas cosas: veías vídeos, pero sobre todo leías.

¿Y ahora cómo lo haces?

Es probable que lo hagas exclusivamente a través de las redes sociales o de vídeos que requieren menos concentración y son de consumo rápido e inmediato.

Este es solo un ejemplo que explica cómo está cambiando la manera de aprender y por qué es tan importante luchar contra la desigualdad cognitiva, pero antes vamos a explicar mejor en qué consiste.

Cuando hablamos de "desigualdad cognitiva", nos referimos a las diferencias entre personas en su capacidad para desarrollar distintas habilidades mentales. Entre estas habilidades encontramos cosas tan importantes como la atención, la memoria, la autorregulación, el pensamiento crítico o el aprendizaje profundo. 

No estamos hablando de inteligencia. Te hablo más bien de diferencias que no son innatas o naturales, sino que están relacionadas con factores externos como el entorno, el acceso a recursos, el nivel de estrés, la calidad del sueño o la alimentación.

Veamos un ejemplo: 

Imagina dos niños con el mismo potencial. 

Uno tiene una casa tranquila con horarios estables. Tiene una habitación bonita, para él solo, en la que sus padres le ayudan a hacer los deberes. Además, lo llevan a clases particulares de música, de idiomas y lo llevan a la biblioteca todas las semanas para que lea mucho.

El otro niño vive en un entorno ruidoso. En su casa no hay una rutina ni horarios estables. No tiene un espacio propio para estudiar, se pone dónde puede y nadie le ayuda a hacer la tarea por la tarde. Pasa mucho tiempo solo con sus hermanos y su único entretenimiento es una tablet, jugar a videojuegos y ver la tele.

Recuerda, los dos tienen el mismo potencial, pero ¿Quién piensas que tendrá más facilidad para desarrollar su capacidad de atención, de concentración? 

El primero, ¿verdad?

Pues esa es la desigualdad cognitiva.

Bueno, tal vez podríamos razonar que en la era digital, esta brecha o diferencia, esta desigualdad va a ser menor porque al fin y al cabo, cada vez hay más acceso al conocimiento para todos.

Pero la verdad es que no es así, tristemente, el mundo digital hace que la brecha se haga cada vez más profunda. 

¿Por qué? 

Porque la cantidad de estímulos a la que estamos expuestos es tan grande que gestionar la atención se ha convertido en una habilidad fundamental. Pero no todos tenemos las mismas condiciones para desarrollar esa habilidad.

Es más, hay quienes dicen que saber concentrarse hoy es casi un superpoder, ya que nuestra atención está constantemente siendo atacada por estímulos digitales. Todo está diseñado para capturar tu atención el mayor tiempo posible. Plataformas como Instagram, TikTok o YouTube no están pensadas para ayudarte a concentrarte, sino para que pases más tiempo en ellas.

Y desde luego, funcionan.

Cada notificación, cada vídeo corto, cada scroll infinito tiene un propósito: capturar tu atención el mayor tiempo posible. Es como ir a ver un partido de tenis en el que juegan con 40 pelotas, no hay manera de fijar la atención solo en una, pero queremos continuar viendo el partido para ver qué pasa.

Ya hemos visto el problema que supone para muchas personas, universitarios incluidos, la lectura de textos largos sin distraerse. Pero no solo es que nos cueste mantener la atención más de unos pocos minutos en algo, es más profundo, es que estamos perdiendo la comprensión de lectura, el pensamiento crítico y la capacidad de reflexionar en profundidad.

Este fenómeno se conoce como “pobreza de atención”.

Por suerte o por desgracia, no afecta a todo el mundo por igual. 

Y aquí es un factor decisivo el uso de las pantallas en la infancia. 

Las personas que desde pequeñas han tenido más oportunidades de leer y de jugar en un entorno analógico, o, incluso, de aburrirse, han desarrollado una atención más fuerte. 

Sí, el aburrimiento no es algo malo. Es el espacio donde aparece la creatividad o donde surgen las ideas. Si nunca nos aburrimos, vamos perdiendo esa capacidad.

En cambio, los niños que han crecido rodeados por los estímulos constantes de las pantallas desde edades muy tempranas, no han tenido tantas oportunidades de desarrollar esa capacidad, no se han aburrido tanto.

Y aquí está el problema. 

La distracción digital. 

¿Recuerdas los dos niños de los que hemos hablado?

Si al primer niño sus padres le han enseñado a usar el móvil con límites, tiene acceso a libros y recibe atención en casa, estará más protegido. Este niño ha desarrollado una atención más fuerte y, por tanto, una capacidad mayor para el aprendizaje profundo.


En cambio, otro niño que pasa horas solo con una tablet, sin supervisión y sin acompañamiento, tiene más puntos para acabar con dificultades de concentración reales.


Esto significa que la tecnología, que en teoría debería igualarnos, puede estar aumentando las desigualdades. Las personas con menos recursos económicos  y apoyo son también las que más sufren los efectos negativos del uso descontrolado de pantallas.

Y no solo el tiempo de uso es un factor, también el tipo de uso. 

No es lo mismo usar una pantalla para crear, investigar o aprender que para consumir contenido sin fin. Y muchas veces, quienes tienen menos apoyo o guía terminan usando la tecnología de forma más pasiva, scrolleando sin límite.

Y aquí es precisamente donde el debate se complica. Porque una cosa es que nosotros, como usuarios, tomemos mejores decisiones. Pero, ¿qué pasa cuando el problema no es solo falta de disciplina individual, sino que alguien ha diseñado el producto para que no puedas parar?

Esto que estoy contando es una realidad que ya tiene consecuencias. Es más, es algo que los propios tribunales están empezando a juzgar.

En marzo de 2026 un jurado en Nuevo México, Estados Unidos, condenó a Meta a pagar 375 millones de dólares. El veredicto determinó que la empresa actuó de forma deliberadamente engañosa con los menores (niños y adolescentes) que usan Facebook, Instagram y WhatsApp. Se acusó a Meta de haber diseñado funciones como el scroll infinito o el autoplay sabiendo que generaban dependencia en menores de edad. También había ocultado los riesgos para la salud mental, priorizando el tiempo de pantalla por encima de la seguridad de los usuarios más jóvenes.

Hay más juicios en marcha y se está empezando a comparar estos juicios contra estas empresas tecnológicas con los juicios contra las tabacaleras en los años 90. 

¿Cómo lo ves? ¿Te parece una comparación exagerada?

Lo cierto es que el mecanismo es el mismo: una industria que diseña un producto sabiendo que crea dependencia, y que durante años lo niega. En el siglo pasado nuestros pulmones eran los que sufrían el daño y ahora es nuestra atención.

En las escuelas, por ejemplo, hay profesores que hablan de estudiantes que no pueden mantener la atención durante una explicación de diez minutos, que necesitan estímulos constantes para no desconectarse y que tienen dificultades para leer textos de más de un párrafo. O sea,  ya no hablamos de una página entera, sino de un solo párrafo. Sin embargo, hay otros estudiantes, que están acostumbrados a gestionar su atención mejor y aprenden con más facilidad.

Esto, con el tiempo, se traduce en grandes diferencias en el rendimiento académico, en los resultados, claro. Pero también tiene consecuencias fuera de la escuela: en el trabajo o en la vida adulta. Las personas que saben concentrarse, que saben aprender y que tienen hábitos mentales saludables, tendrán más oportunidades. Las que no, se quedarán atrás.

Esta falta de atención tiene efectos directos en nuestra salud mental. Trastornos tan comunes como la ansiedad, la frustración o la baja autoestima… muchas veces están relacionados con una sobreexposición a pantallas y una incapacidad para concentrarse o disfrutar de actividades más lentas.

Incluso podemos dormir peor. Ya sabemos que el uso de pantallas antes de dormir reduce la calidad del sueño. Y dormir mal afecta directamente a la memoria, la concentración y la capacidad de tomar decisiones. Al fina, es un círculo vicioso, ¿no?: cuanto más usamos pantallas sin control, peor dormimos; y cuanto peor dormimos, más difícil es concentrarse y tomar buenas decisiones.

Por suerte, cada vez hay más conciencia sobre este problema.


Esto se ve en el mundo de la educación. Por ejemplo, en algunas comunidades autónomas de España, como Murcia, ya se han puesto límites al uso de pantallas en las escuelas: solo una hora al día en Primaria, dos en Secundaria. También tenemos el caso de Francia que ha prohibido los móviles en las escuelas y algunos centros están volviendo al papel para ciertas actividades. 

La gestión del uso de pantallas es un tema complejo. Es verdad que existen herramientas tecnológicas que ayudan a limitar su uso excesivo por medio de aplicaciones que bloquean redes sociales durante ciertos horarios o que controlan el tiempo de uso diario. Aunque pueden ser útiles, la verdad es que lo más importante es crear una cultura del uso consciente, tanto a nivel familiar como escolar.

Lo cierto es que hemos pasado el punto de no retorno, es decir, no podemos prescindir de los teléfonos o de las pantallas, lo que sí que tenemos que hacer es aprender a utilizarlos bien. 

En algunas escuelas enseñan a los niños a reconocer cuándo están distraídos, a usar las herramientas digitales de forma productiva y no solo para el entretenimiento. Puede que este sea el camino.

Y, por supuesto, ya vemos como en casa también nos encontramos con padres que retrasan la edad a la que dan un smartphone a sus hijos.

Yo puedo compartir contigo mi caso. Estuve analizando hace unos meses el tiempo que pasaba en redes tipo Instagram. Pasaba mucho tiempo. Además, me di cuenta de que ocurría lo que te he contado al principio: algunas noches después de cenar, cuando veía alguna serie o alguna película no me enteraba de nada. Acababa mirando el móvil y tenía que volver a ver la misma escena otra vez, o peor: volver a ver el mismo episodio.

Por cierto, quédate con esta estructura “volver a + infinitivo”. Es muy natural en español decir: “vuelvo a ver el episodio” en lugar de “veo el episodio una vez más“.

Te pongo otro ejemplo: 

En lugar de decir “Mi meta es visitar España una vez más”, puedes decir “Mi meta es volver a visitar España”.

Y si eres un estudiante aplicado, puedes “escuchar este episodio una vez más” o mejor puedes “volver a escuchar este episodio”. 

Y al principio del episodio te decía que hace poco viendo una serie empecé a leer las noticias con mi móvil al mismo tiempo, y desconecté por completo. Es verdad que no es ideal, pero es mucho mejor que en el pasado. En el sentido de que antes cuando no ponía límites y tenía algunas apps como Instagram en el móvil era mucho peor. Ya que lo malo de estas apps es que no tienen límite de contenido.

Te cuento lo que yo hice con Instagram. Al principio estaba harto y la desinstalé de mi teléfono. La quité. Pero en realidad era una solución un poco radical porque a veces, además del entretenimiento sí que tiene una función para mí: hablo con amigos por ahí, o nos comunicamos a través de intercambio de memes, o veo recetas que quiero hacer, o cojo ideas para decorar la casa… Bueno, así que la volví a instalar, pero con un límite de uso. El problema es que cuando sobrepasaba ese límite de uso de 20 minutos diarios sólo tenía que poner un código para desbloquear la app y seguir usándola. Así que le pedí a mi marido Oliver que él pusiera un código que no conozco para que cuando pasé más de 20 minutos al día en la app, ya no pueda usarla más. Y estoy supercontento con el resultado. Porque administro mis 20 minutos de una forma saludable y ya no me siento mal por usar el móvil en exceso. Aunque es verdad que a veces encuentro otras formas de distracción o procrastinación como leer las noticias.

Pero es que yo, a día de hoy no conozco a nadie que no me diga que le gustaría pasar menos tiempo con el móvil, pero que encuentra difícil poner límites. He buscado datos para España, y estos son los más conservadores. El 80% de la población usa redes sociales tipo Instagram o TikTok, y la media de uso (y te recuerdo que estos datos son conservadores, porque hay otros estudios más alarmantes) es de 1 hora y 20 minutos al día. Es decir, en España, de media una persona pasa casi 30000 horas al año en redes sociales, eso son 486 horas o 20 días. Me parece tan triste que hayamos acabado aquí…

Y ya sé, ya sé que mucha gente dice: “bueno, pues ahora es el móvil, pero antes era la televisión”.

Pero en mi opinión la tele es algo mucho más social. Yo recuerdo ver la tele con mi familia un rato por la noche, pero era algo común, veíamos un programa de entretenimiento, una serie o una peli, pero al menos compartimos la misma pantalla y estábamos juntos comentando lo que veíamos.

Bueno, estudiante. Recuerda que aunque es muy fácil distraerse, concentrarse es una habilidad. Y como todas las habilidades, se puede perder si no la practicamos, pero también se puede recuperar si le prestas atención y la entrenas.

Al final este problema de la desigualdad cognitiva es un problema que viene del contexto y de hábitos. Y si queremos un mundo más justo, tenemos que hablar de esto con la misma seriedad con la que hablamos de otras desigualdades porque si no hacemos algo, corremos el riesgo de vivir en un mundo donde solo unos pocos puedan realmente aprender en profundidad con todo lo que eso supone.

Hay esperanza. Podemos aprender a proteger nuestra atención y la buena noticia es que tú, con el hecho de estar escuchando este pódcast, de practicar tu español de esta forma, ya estás eligiendo dónde pones tu atención. 


Si te ha gustado este episodio, suscríbete, deja un comentario en español para practicar comentándome tu opinión sobre el tema, y valora el pódcast en tu plataforma con unas estrellitas. Me ayuda muchísimo.

Un abrazo grande.