Levitico, Una Ventana al Corazon de Dios Podcast

#62. Susurros del Salvador en Levítico: Cuando Dios Vino a Habitar con Nosotros

Liliana Alvarez Season 2 Episode 62

En este episodio especial de Navidad, hacemos una pausa en nuestro recorrido por el libro de Números para contemplar el milagro de la encarnación a la luz del libro de Levítico.

Mucho antes de Belén, del pesebre y de los ángeles anunciando buenas nuevas, Dios ya había revelado su deseo de habitar en medio de su pueblo. En el desierto, el tabernáculo ocupaba el centro del campamento, recordándole a Israel que su Dios era cercano… pero también santo.

Levítico nos muestra que el acceso a la presencia de Dios tenía un costo: sacrificios, sangre, expiación y un sumo sacerdote que, una vez al año, entraba al Lugar Santísimo con temor. Sin embargo, cada ofrenda y cada ritual susurraban una misma verdad: esto no es suficiente.

En este episodio exploramos esos “susurros del Salvador” en Levítico:

  • El sustituto que muere en lugar del pecador
  • El portador del pecado en el Día de la Expiación
  • La vida entregada por medio de la sangre
  • El mediador que entra solo ante Dios
  • La promesa de una limpieza real y definitiva

Y desde ahí, conectamos esas sombras con el anuncio glorioso del ángel a José en Mateo 1:21:

“Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

Este episodio nos recuerda que la Navidad no es solo el nacimiento de un niño, sino el cumplimiento de una espera antigua: Dios hecho carne, el Salvador prometido, habitando entre nosotros.

Jesús es Señor.

Jesús es Rey.

Jesús es Salvador.


Feliz Navidad. 🎄

Hola, amigos. Bienvenidos al episodio #62 de Números, una ventana al corazón de Dios. Hoy quiero hacer una pausa de nuestro recorrido por el libro de Números y quiero que miremos el milagro de la Navidad con el lente de Levítico. 

El concepto de vivir entre su pueblo no comenzó en Belén. No comenzó con pastores en el campo ni con ángeles anunciando su presencia. Comenzó en el desierto cuando el Creador, Rey y Dios del universo determinó no permanecer distante, sino habitar en medio de su pueblo redimido. Esa es la historia que nos cuenta el libro de Levítico. 

En el desierto, Dios ordenó que se construyera el tabernáculo y que lo colocaran en el centro del campamento. Dios no se ubicó en la periferia de la vida de Israel, sino en su corazón. Él deseaba morar con su pueblo.

Pero Levítico también nos enseña algo profundamente serio: La cercanía de Dios requiere santidad ya que él es Santo. El pecado creaba separación. Y el acceso tenía un costo.

Por eso el libro está lleno de ofrendas, sacrificios y leyes. La ofrenda quemada era ofrecida sobre el altar en su totalidad y la sangre era salpicada alrededor del altar. Este sacrificio le permitía al oferente acercarse a Dios. Ricos y pobres se podían acercar. 

Las ofrendas de purificación y reparación trataban con el pecado y la culpa: la sangre derramada purificaba el lugar donde Dios habitaba restaurando la relación con Él y con el prójimo

La ofrenda de paz o comunión era una ofrenda de gratitud y celebración por las bendiciones recibidas por parte de Dios. Era una comida compartida entre Dios, el sacerdote y el adorador.

Sin embargo, cada sacrificio susurraba la misma verdad: esto no es suficiente. Debían repetirse una y otra vez.

Y una vez al año, en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba detrás del velo. Llevaba sangre que no era suya, sino la de un becerro por el mismo y un chivo por el pueblo. Entraba con temor al lugar santisimo esperando que Dios aceptara el sacrificio por el mismo y por el pueblo. 

Y al año siguiente, todo comenzaba de nuevo. Levítico nos deja esperando. Esperando un mejor sacerdote. Esperando un sacrificio mejor y definitivo. Esperando una nueva manera en que Dios pudiera habitar con su pueblo.”

Y es aquí donde necesitamos hacer una pausa importante.

Si Levítico no es suficiente… ¿qué está anunciando entonces?

Levítico no anuncia al Salvador con nombre propio, pero lo anuncia en cada sacrificio, con la sangre, con el altar y con la expiación.

Cada sacrificio era una promesa silenciosa. Cada ofrenda era una sombra. Cada gota de sangre apuntaba a un sustituto que vendría. Vamos a ver esos susurros del Salvador prometido:

1.    Un Salvador como sustituto. Levítico 1:4 (NVI) dice:

 “Coloca la mano sobre la cabeza del animal, y el Señor aceptará la muerte del animal en tu lugar a fin de purificarte y hacerte justo ante él.”

La imposición de manos no era un gesto simbólico cualquiera. Representaba transferencia. El animal moría en lugar del pecador. Desde el inicio, Levítico nos enseña una verdad fundamental: alguien tiene que morir para que otro viva.

Y cuando llegamos al cumplimiento de la promesa, el ángel le dice a José:

Mateo 1:21 dice, “Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús,[d] porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Jesús nace para ser ese sustituto. No para morir por su propio pecado pues no tenía pecado, sino para ocupar nuestro lugar.

2.    Un Salvador que Carga con el Pecado. En el Día de la Expiación, Levítico 16:20–22 (NVI) nos dice:

“Cuando Aarón haya terminado de purificar el santuario, la Tienda de reunión y el altar, presentará el macho cabrío vivo y le impondrá las manos sobre la cabeza. Confesará entonces todas las iniquidades y transgresiones de los israelitas, cualesquiera que hayan sido sus pecados. Así el macho cabrío cargará con ellos, y será enviado al desierto por medio de un hombre designado para esto. El hombre soltará en el desierto al macho cabrío y este se llevará a tierra árida todas las iniquidades”.

El pecado nunca se ignoraba, se expiaba. Se transfería. Y se llevaba fuera del campamento. Ese acto anunciaba a un Salvador que no solo perdonaría el pecado, sino que lo cargaría. Jesús nace para llevar sobre sí el pecado del mundo. Para sufrir fuera de la ciudad. Para quitar el pecado, no solo cubrirlo.

Levitico 16:34 dice, “Este será un estatuto perpetuo: Una vez al año se deberá hacer el sacrificio para pedir el perdón de todos los israelitas a causa de todos sus pecados”.

3.    Un Salvador que Da Su Vida

Levítico 17:11 (NVI) establece un principio inquebrantable:

“Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo se la he dado a ustedes sobre el altar, para que obtengan el perdón de sus pecados, ya que el perdón se obtiene por medio de la sangre”. 

La expiación no funciona con palabras, ni con buenas intenciones, sino con la vida del uno por la del otro, siempre con derramamiento de sangre.

Por eso, cuando el ángel anuncia que Jesús salvará a su pueblo, está anunciando implícitamente que este niño vendrá a dar su vida.

El nacimiento apunta al cumplimiento de la cruz.

4.    Un Salvador, un Mediador

Levítico 16:17 (NVI) dice algo impactante:

“Nadie deberá estar en la Tienda de reunión desde el momento en que Aarón entre para pedir el perdón de los pecados en el santuario hasta que salga, es decir, mientras esté haciendo el sacrificio por sí mismo, por su familia y por toda la asamblea de Israel”.

El sumo sacerdote entraba solo. La expiación dependía de uno solo. Y esto apuntaba a un mediador definitivo. Jesús moriría solo en la cruz, Él solo cargaría el pecado de todos sobre sí mismo. El solo pagaría la deuda de otros. 

5.    Un Salvador que Limpia Verdaderamente

Finalmente, Levítico 16:30 (NVI) declara:

“En dicho día se pedirá el perdón de sus pecados, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados”. 

Levítico promete limpieza. Mateo anuncia cumplimiento. Lo que Levítico proclamaba una vez al año, Jesús lo cumple una vez y para siempre.

Por eso el ángel dijo: Mateo 1:21 dice,

“Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Y el ángel le dice a José algo extraordinario acerca de lo que Jesús haría con el pecado: No lo administrará. No lo cubrirá temporalmente. Lo quitará y salvara a los pecadores

En Levítico, el Salvador no es nombrado, pero es esperado.

Y entonces… El anuncio de que Emanuel vendría: 

Isaías 7:14 dice, “Por eso, el Señor mismo les dará una señal: La virgen[d] concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará Emanuel”.

Isaías 9:6 dice,  “Porque nos ha nacido un niño,
    se nos ha concedido un hijo;
    la soberanía reposará sobre sus hombros
y se le darán estos nombres:
    Consejero Admirable, Dios Fuerte,
    Padre Eterno, Príncipe de Paz”.


El evangelio de Juan nos dice que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El Dios que una vez moró detrás de un velo enviaría a su único hijo a vivir entre humanos como humano.

Juan 1:14 dice, “Y el Verbo se hizo hombre y habitó[c] entre nosotros. Y contemplamos su gloria, la gloria que corresponde al Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Lo más extraordinario es que Dios no habitaría entre telas ni muebles sagrados, sino que tomaría naturaleza humana.

Jesús vino como consejero, Señor, Salvador, el ungido y como el cordero de Dios — el mismo Dios santo que llenó el tabernáculo con su gloria.

Jesús vino como Rey — no coronado con oro, sino envuelto en humildad.

Jesús vino como Salvador — no trayendo una ofrenda, sino convirtiéndose en ella. Esa ofrenda es el regalo más extraordinario jamás dado a los seres humanos

Jesús es el Consejero Admirable, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz, el Señor, el salvador, el ungido y el cordero de Dios.


Esta Navidad, recuerda:

Dios no vino a observarnos. Vino a salvarnos.

Jesús es Señor — digno de nuestra rendición.

Jesús es Rey — digno de nuestra lealtad.

Jesús es Salvador — digno de nuestra confianza.

Jesús vino a este mundo como todo ser humano, lo envolvieron en pañales, lo acostaron en un pesebre y nació para morir.

Su nacimiento nos recuerda una vez más que Dios cumple su Palabra. 

 

Padre Nuestro que estas en el cielo, santificado sea tu nombre,

Dios santo que habitas en medio de tu pueblo.

Hoy nos detenemos en asombro ante tu gracia.

 

Gracias porque Tú no permaneciste distante.

No hablaste solo desde el cielo sino que Decidiste venir.

Decidiste habitar con nosotros.

 

Gracias porque desde el principio tenías un plan, y lo que antes era una sombra,

tú lo cumpliste en Cristo. Lo que fue altar, sangre y espera, tú lo convertiste en salvación.

Gracias por Jesús, nuestro Señor, nuestro Rey, nuestro Salvador.

Gracias porque Él cargó con nuestro pecado, dio su vida en nuestro lugar

y abrió un camino nuevo y vivo hacia tu presencia.

Hoy te pedimos que esta verdad no se quede solo en nuestra mente, sino que transforme nuestro corazón. Que vivamos a la luz de tu santidad, con gratitud por tu perdón y con una esperanza firme en tu redención.

Que esta Navidad nos recuerde que tú eres un Dios cercano, un Dios que salva y un Dios que cumple sus promesas.

Recibe nuestra adoración, nuestra obediencia y nuestra vida entera.

En el nombre de Jesús, el Emanuel, Dios con nosotros. Amén.

Hasta la próxima semana, si Dios lo permite. Feliz Navidad!