Levitico, Una Ventana al Corazon de Dios Podcast
Seguramente te estarás preguntando que relevancia tienen las leyes de Levítico para hoy y como se aplican.
En este podcast exploraremos el libro de la Biblia menos leído, poco entendido y controversial en su aplicación para el cristiano de hoy. Tambien nos ayudara a entender que las leyes son expresiones de los valores del dador de la ley.
Cada semana compartire enseñanzas que aprendi de eruditos, rabinos, pastores y amigos que influenciaron mi estudio y entendimiento de Levítico.
Los invito a descubrir cosas maravillosas que contiene este libro.
Si tienes una pregunta, la puedes enviar a podcastdelevitico@gmail.com
A CONTINUACION LES SUGIERO UNA BREVE LISTA DE ALGUNOS
COMENTARIOS QUE RECOMIENDO PARA EL ESTUDIO DE LEVITICO
Levine, B.A. (1989), Leviticus, JPS Torah Commentary (Philadelphia: Jewish Publication Society).
Milgrom, Jacob. (1983), Studies in Cultic Theology and Terminology, Studies in Judaism in Late Antiquity 36 (Leiden: Brill).
Milgrom, Jacob. (2004), Leviticus: A Book of Ritual and Ethics, Continental Commentaries (Minneapolis: Fortress Press).
Tidball, D. (2005), The Message of Leviticus: Free to Be Holy, The Bible Speaks Today (Downers Grove/Leicester: IVP).
Wenham, G. J. (1979), The Book of Leviticus, NICOT (Grand Rapids: Eerdmans).
Morales, L. M. (2015). Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?: A Biblical Theology of the Book of Leviticus). NICOT (Apollos; InterVarsity Press).
Rugh, W. W. (1998). Christ in the Tabernacle: Person and work of Jesus Christ. (Woodlawn).
Sacks, Rabbi. Jonathan. (2015). Covenant & Conversation, Volume 3: Leviticus, The Book of Holiness. (Maggid).
Sklar, J. (2014). Leviticus: An Introduction and Commentary. TOTC (Inter-Varsity Press).
Heiser, Michael. S. (2015). The Unseen Realm: Rediscovering the Supernatural Worldview of the Bible. (Lexham Press).
A CONTINUACION LES SUGIERO UNA BREVE LISTA DE ALGUNOS
COMENTARIOS QUE RECOMIENDO PARA EL ESTUDIO DE NÚMEROS
Sacks, Rabbi. Jonathan. (2017). Covenant & Conversation, Volume 4: Numbers, The Wilderness Years. (Maggid).
Milgrom, Jacob. (1989), Numbers, JPS Torah Commentary (Philadelphia: Jewish Publication Society).
Wenham, Gordon, J. (2008). Numbers: An Introduction and Commentary. TOTC (Inter-Varsity Press).
Pakula, M. (2006). Numbers: Homeward Bound. (P. Barnett, Ed). Aquila Press.
Cole, R. D. (2000). Numbers. Vol. 38. (Broadman & Holman Publishers).
Woodall, C. (2023). Messiah in the Mishkan: From Shadow to Substance and Beyond. Wipf and Stock.
Levitico, Una Ventana al Corazon de Dios Podcast
#86.Todo Comienza en el Corazón: Del Robo a la Codicia
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Bienvenidos a Deuteronomio: Una Ventana al Corazón de Dios. Soy Liliana Álvarez, y me alegra muchísimo que nos acompañes en este episodio número 86.
Hoy llegamos al final de nuestra serie sobre los Diez Mandamientos. Después de explorar los mandamientos que protegen la familia, la vida y el matrimonio, nos detenemos en los tres últimos: no robes, no des falso testimonio y no codicies. A primera vista parecen mandamientos sencillos, pero esconden una verdad profunda: Dios no solo está interesado en nuestras acciones externas; Él quiere transformar la fuente de donde nacen.
En este episodio descubriremos cómo estos mandamientos protegen tres tesoros esenciales para toda comunidad humana: nuestra propiedad, nuestra reputación y nuestro corazón. Veremos por qué el robo es mucho más que tomar algo ajeno, cómo las palabras tienen el poder de construir o destruir vidas, y por qué la codicia es el manantial oculto del que brotan tantos otros pecados. Desde las estadísticas sobre la esclavitud moderna y el robo salarial, hasta el impacto devastador de la mentira y la cultura de comparación alimentada por las redes sociales, veremos que estos antiguos mandamientos son tan relevantes hoy como lo fueron hace más de tres mil años.
Pero también descubriremos algo aún más importante: que el último mandamiento nos lleva de regreso al primero. Porque detrás de la codicia se esconde una pregunta fundamental: ¿quién ocupa el trono de nuestro corazón? Al final, los Diez Mandamientos no son simplemente diez reglas; son una invitación a amar a Dios por encima de todo y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Así que acompáñame mientras cerramos esta serie siguiendo el río del pecado hasta su nacimiento, para descubrir que la verdadera transformación comienza en el corazón.
Hola, amigos, bienvenidos. Gracias por estar aquí para este episodio #86 de "Deuteronomio: Una Ventana Al Corazón de Dios".
Gracias a Dios hoy puedo estar con ustedes. El lunes pasado, inesperadamente tuve un envenenamiento por un alimento contaminado que comí en un restaurante y no pude grabar este episodio. Gracias a Dios, ya estoy bien y podemos continuar con nuestro recorrido por los mandamientos.
En el episodio anterior, la segunda parte de esta serie sobre los Diez Mandamientos, recorrimos el quinto, el sexto y el séptimo. Vimos los Diez Mandamientos como dos arcos romanos que descansan sobre una sola clave: el quinto mandamiento, «honra a tu padre y a tu madre», la piedra que enlaza el amor a Dios con el amor al prójimo, porque el hogar es la primera escuela de ambos. Y vimos cómo Dios pone su mano sobre los tres vínculos más íntimos del ser humano: la familia que nos forma, la vida que es sagrada, y el pacto del matrimonio. Hoy, con el octavo, el noveno y el décimo mandamiento, cerramos esta serie y completamos la segunda tabla, el amor al prójimo.
Antes de leer, quiero que notes algo en el orden de estos últimos mandamientos, porque no es accidental. La segunda tabla desciende, paso a paso, hacia adentro del ser humano. El sexto mandamiento gobierna las manos: no derrames sangre. El séptimo gobierna el cuerpo: no traiciones el pacto. El octavo, que veremos hoy, vuelve a las manos: no tomes lo que no es tuyo. El noveno baja un nivel más, hasta la lengua: no destruyas a tu prójimo con tus palabras. Y el décimo… el décimo llega hasta lo más profundo, hasta el corazón: no codicies. Cada mandamiento nos lleva más adentro, hasta dar con la fuente.
En el norte del estado de Minnesota, en los Estados Unidos, hay un pequeño lago rodeado de pinos llamado lago Itasca. De ese lago brota un arroyo tan estrecho y tan poco profundo que se puede cruzar de un lado a otro caminando sobre las piedras, sin que el agua pase de las rodillas. Si lo vieras, jamás imaginarías lo que es. Porque ese hilo de agua diminuto es el nacimiento del río Misisipi. A medida que avanza hacia el sur, otros ríos se le unen, y el arroyo que casi cualquiera podría cruzar a pie se transforma en uno de los ríos más caudalosos del mundo. Cuando llega al golfo de México, unos tres mil quinientos kilómetros después, tiene más de un kilómetro y medio de ancho y sobre sus aguas navegan enormes barcos de carga. Pero lo que comenzó como un susurro termina como un torrente capaz de arrastrar todo lo que se le atraviese.
Quiero que pienses en los pecados que destruyen al ser humano como ese río. Lo que vemos —el robo, la mentira, la traición, la sangre derramada— es el río ancho y caudaloso, el desastre visible. Pero todo ese caudal tiene un origen. Hay un lago Itasca del corazón, un manantial pequeño y silencioso de donde brota todo lo demás. Y los Diez Mandamientos, a medida que avanzan, nos llevan río arriba, siguiendo la corriente hasta dar con su fuente. Porque sabemos que si la fuente está limpia, el río estará limpio; y si la fuente está contaminada, tarde o temprano la contaminación llegará hasta el mar.
Estos tres últimos mandamientos protegen tres cosas que toda comunidad necesita para existir: lo que tienes —tu propiedad—, tu buen nombre —la verdad— y la paz de tu corazón —el contentamiento—. Vamos a ver cómo se conectan el primer y el último mandamiento.
Voy a leer Deuteronomio capítulo 5, versículos 19 al 21, de la Nueva Versión Internacional, y dice:
No robes.
No des falso testimonio en contra de tu prójimo.
No codicies la esposa de tu prójimo, ni desees su casa, ni su tierra, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que le pertenezca».
Son tres mandamientos en pocas palabras. Vamos a desglosarlos uno por uno.
El octavo mandamiento — No robes (V19)
En español son dos palabras; en hebreo, una sola: ganav. El hebreo distingue entre dos maneras de quitarle a otro lo que es suyo. “Gazal”, es robar a la fuerza, a plena luz, arrebatando con violencia. Y ganav, es robar a escondidas, con astucia, en secreto. El mandamiento usa ganav, el hurto sigiloso, el que nadie ve. Dios no solo prohíbe el asalto descarado; también prohíbe el engaño escondido, lo que se toma cuando nadie está mirando.
Por ejemplo, si alguien entra sigilosamente en tu casa durante la noche y roba tus joyas, es un gannav.
Si alguien se te acerca en el mercado y te quita tus pertenencias mediante intimidación, fuerza o coerción es un gazlan.
El Talmud afirma, en cierto sentido, que el gannav es moralmente peor, porque teme a las personas, pero no a Dios. Se esconde de los seres humanos mientras actúa como si Dios no lo viera. El gazlan, en cambio, desafía abiertamente tanto a Dios como a las personas.
Hay un detalle interesante: en la tradición judía antigua, los rabinos observaron que este mandamiento está colocado entre el «no mates» y el «no des falso testimonio», es decir, entre crímenes que se castigaban con la muerte. Por eso entendieron que, en su sentido más grave y original, este mandamiento se refería primero al robo de un ser humano: el secuestro, la venta de una persona como esclava. El mismo libro de Deuteronomio lo confirma: quien secuestra a un hermano israelita, lo trata como esclavo o lo vende, debe morir (Deuteronomio 24:7). Robar a una persona —su libertad, su dignidad, su vida— es la forma más grave de hurto. Y de ahí el mandamiento se extiende a todo lo demás: robar bienes, robar tierra moviendo los linderos (Deuteronomio 19:14), robar en la balanza con pesas y medidas falsas (Deuteronomio 25:13-16), robar el salario del que trabaja o del empleado.
Estadísticas Globales sobre la Trata de Personas y la Esclavitud Moderna
Los datos más claros a nivel mundial provienen de las Estimaciones Globales sobre la Esclavitud Moderna, un informe conjunto publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT/ILO), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM/IOM) y Walk Free.
Debido a que la trata de personas es un delito ilícito y altamente oculto, los modelos estadísticos utilizan el concepto amplio de esclavitud moderna, que incluye a las personas sometidas a trabajo forzoso o a explotación comercial mediante la fuerza, el fraude o la coerción.
Total de personas esclavizadas en el mundo
En cualquier día determinado, se estima que 49.6 millones de personas viven en condiciones de esclavitud moderna. Esto equivale a aproximadamente 1 de cada 150 personas en el mundo.
Trabajo forzoso y explotación
Del total global, 27.6 millones de personas se encuentran atrapadas en situaciones de trabajo forzoso.
Matrimonio forzado
Los 22 millones restantes están atrapados en matrimonios forzados, los cuales con frecuencia implican formas sistemáticas de servidumbre sexual y laboral.
Ganancias generadas
La trata de personas es una de las actividades criminales más lucrativas del mundo, generando aproximadamente 150 mil millones de dólares en ganancias ilegales cada año.
En el ámbito laboral, las Escrituras consideran robo no pagarle lo justo a quien trabaja para ti. Levítico 19:13 prohíbe retener el salario del jornalero hasta el día siguiente, y en la introducción a este libro ya vimos Deuteronomio 24:14-15, donde Dios ordena pagarle al jornalero pobre su salario el mismo día, antes de la puesta del sol. Negarle a alguien lo que le debes es una forma de robo.
Un análisis de los delitos económicos internos pone de relieve una importante contradicción en las políticas públicas: la enorme atención que la sociedad presta al robo de propiedad física contrasta marcadamente con la insuficiente aplicación de las leyes contra el robo salarial. El robo salarial —definido como la práctica mediante la cual los empleadores retienen ilegalmente salarios y beneficios que están obligados a pagar por contrato o por ley, incluyendo horas extras no remuneradas, la clasificación incorrecta de trabajadores como contratistas independientes y las violaciones de las leyes de salario mínimo— les cuesta a los trabajadores en Estados Unidos entre 15 mil millones y 23.2 mil millones de dólares al año. Esta pérdida financiera supera ampliamente el total combinado de los delitos tradicionales contra la propiedad (incluyendo robos, allanamientos, hurtos y robo de vehículos), cuyas pérdidas físicas directas anuales se estiman entre 500 millones y 1.9 mil millones de dólares.
Esta falta de aplicación efectiva de la ley tiene raíces estructurales. Mientras que el robo de propiedad se clasifica como un delito penal que requiere la intervención inmediata de la policía, el robo salarial suele tratarse principalmente como un asunto civil o regulatorio, procesado a través de departamentos laborales frecuentemente saturados y con grandes retrasos. Menos del 3% de los salarios robados son recuperados por los trabajadores, ya que las sanciones son tan bajas que muchos empleadores incumplidores consideran las multas civiles simplemente como un costo más de hacer negocios.
Esta dinámica tiene graves consecuencias macroeconómicas. Debido a que las víctimas del robo salarial son desproporcionadamente trabajadores de bajos ingresos, inmigrantes y grupos históricamente marginados, la pérdida directa de ingresos con frecuencia empuja a los hogares por debajo del umbral de pobreza. Esto los obliga a depender de programas de asistencia financiados por el Estado, trasladando efectivamente a los contribuyentes una parte de las obligaciones laborales de las empresas. Además, las compañías que reducen artificialmente sus costos laborales mediante el robo salarial obtienen una ventaja competitiva injusta frente a aquellas que cumplen con la ley, distorsionando así el funcionamiento de un mercado libre y equitativo.
Y aquí hay algo que nos confronta y debemos pensar. Solemos imaginar al ladrón como alguien que entra por la fuerza, de noche, con un arma. Pero el robo más grande en una sociedad como la de Estados Unidos no ocurre en los callejones oscuros: ocurre en la nómina. Según el Instituto de Política Económica (Economic Policy Institute), tan solo las violaciones al salario mínimo les cuestan a los trabajadores estadounidenses más de quince mil millones de dólares al año; y cuando se suman las horas extra no pagadas, el trabajo «fuera de reloj» y las propinas robadas, los economistas calculan que el robo de salarios alcanza unos cincuenta mil millones de dólares anuales. Eso es más que todos los robos a mano armada, asaltos a viviendas, hurtos y robos de autos del país juntos, que el FBI calcula en unos catorce mil millones. El ladrón más grande, muchas veces, lleva corbata y firma los cheques. ¡Qué tristeza leer estas estadísticas! Dios lo ve todo, y para Él robarle el salario al que trabaja es tan robo como asaltar en la calle.
¿Y qué dice el Nuevo Testamento sobre este mandamiento?
El Nuevo Testamento no se limita al «no robes»; le da la vuelta y lo convierte en algo positivo y hermoso. Pablo escribe en Efesios 4:28: “Si eres ladrón, deja de robar. En cambio, usa tus manos en un buen trabajo digno y luego comparte generosamente con quienes tienen necesidad.” ¡Qué exhortación tan redentora: en vez de robar, trabaja y comparte! La meta de Dios no es solo que la mano se cierre al tomar lo que no te pertenece, sino que la mano abierta aprenda a dar. El ladrón redimido se convierte en dador.
Y tenemos el ejemplo extraordinario de Zaqueo, el recaudador de impuestos que se enriquecía a costa de su propio pueblo. Cuando Jesús entra a su casa, algo cambia en su corazón. Lucas 19:8 dice: “Pero Zaqueo dijo resueltamente: ―Mira, Señor, ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea.”
Cuando Cristo entra a hospedarse en la casa de Zaqueo. Zaqueo se siente con una convicción muy fuerte y no solo se deja de robar: sino que restituye, es decir, repara el daño que había hecho. Esa es la marca del verdadero arrepentimiento.
El que roba, en el fondo, ha hecho del dinero o de las cosas su dios, y confía más en lo que puede agarrar que en lo que Dios puede proveer. Por eso robar no es solo un delito contra el prójimo; es, en su raíz, un acto de desconfianza hacia Dios el proveedor.
¿Y cómo puedes aplicarlo a tu vida? Sé íntegro en lo pequeño. El robo casi nunca empieza con un gran atraco; empieza con la hora de trabajo que no diste, el impuesto que no declaraste, el objeto prestado que no devolviste, el vuelto de más que te quedaste. Pregúntate: ¿hay algo en mis manos que no me pertenece? ¿Le debo a alguien algo que no he pagado: como dinero o trabajo? Da el paso de Efesios 4:28: pasa de ser alguien que toma a ser alguien que da. La integridad en lo invisible es la prueba más honesta de un corazón que confía en Dios.
El noveno mandamiento — No des falso testimonio en contra de tu prójimo (V20)
Aquí hay un detalle precioso que solo se ve en el hebreo. Cuando Dios da este mandamiento en Éxodo 20, usa la expresión ‘ed shaqer, «testigo de mentira», de falsedad. Pero aquí, en Deuteronomio 5, Moisés lo repite con una palabra distinta: ‘ed shav, «testigo vano», vacío, sin fundamento, sin sustancia. ¿Por qué el cambio? Porque juntas, ambas versiones abarcan todo el daño que pueden causar las palabras. Shaqer condena la mentira deliberada, la calumnia inventada a propósito. Shav condena también la palabra vacía: el rumor irresponsable, el chisme que se repite sin saber si es cierto. No hace falta inventar una mentira con malicia; basta con repetir, a la ligera, algo que destruye a otro.
La palabra ‘ed es un término legal: el testigo en un tribunal. El escenario original de este mandamiento es la corte de justicia. Y aquí está lo que tanto le importa a Dios: en el mundo antiguo, sin cámaras ni pruebas forenses, la vida de un acusado dependía por completo de la palabra de los testigos. Un falso testigo podía enviar a un inocente a la muerte. Por eso Deuteronomio 19 establece una ley severísima: si se descubre que un testigo mintió, se le hace a él lo mismo que pretendía hacerle a su hermano. La justicia entera de una nación descansa sobre la verdad de la palabra dada.
Pero el mandamiento va más allá del tribunal. La tradición judía lo amplió a lo que llamaron lashon hará, «la lengua mala»: la murmuración, la difamación, el rumor. Porque con la lengua se puede asesinar la reputación de una persona sin tocarle un cabello. Proverbios 6 enseña que entre las cosas que Dios aborrece está el testigo falso que esparce mentiras. La verdad es sagrada para Dios, porque Dios mismo es verdad.
Y mira hasta dónde llega el daño de la palabra falsa. El Registro Nacional de Exoneraciones de los Estados Unidos ha documentado más de dos mil casos de personas condenadas injustamente desde 1989. ¿Sabes cuál es la causa más común de esas condenas injustas? El falso testimonio. Más de la mitad de todas las exoneraciones —y en el informe de 2024, un setenta y dos por ciento de ellas— involucraron perjurio o acusaciones falsas: alguien que mintió bajo juramento. Y entre los casos resueltos por pruebas de ADN, cerca del sesenta y nueve por ciento incluyeron la identificación equivocada de un testigo. Detrás de cada uno de esos números hay una persona que perdió años, a veces décadas, de su vida en una cárcel por una palabra falsa. La palabra tiene poder de vida o muerte.
Este mandamiento también incluye no mentir. Las mentiras son extremadamente destructivas. La mentira es comunicar deliberadamente algo contrario a la verdad con la intención de engañar o crear una impresión falsa en otra persona. Desde una perspectiva más amplia, la mentira no se limita a decir algo falso. También puede incluir:
- Ocultar información importante para inducir a alguien a una conclusión equivocada.
- Distorsionar los hechos mediante exageraciones o medias verdades.
- Presentar una imagen falsa de uno mismo para obtener aprobación, beneficio o evitar consecuencias.
Desde una perspectiva del desarrollo humano, los niños comienzan a experimentar con la mentira tan temprano como entre los dos y los tres años de edad, cuando adquieren habilidades básicas de comunicación verbal. A los cuatro años, el 90% de los niños ya demuestran una comprensión cognitiva de la diferencia moral entre la verdad y la mentira.
La investigación moderna muestra que la mayoría de las personas no mienten con frecuencia. Aproximadamente el 75% de la población dice entre cero y dos mentiras al día, mientras que un pequeño grupo de “mentirosos prolíficos” (alrededor del 5–6% de la población) genera más de la mitad de todas las mentiras reportadas. Estos individuos también son más propensos a decir mentiras graves con consecuencias reales.
· La tendencia a mentir comienza en la infancia. Los niños experimentan con la mentira desde los 2 o 3 años, y la frecuencia aumenta durante la niñez hasta alcanzar su punto máximo en la adolescencia.
· La mentira también depende del contexto social. Las personas mienten con mayor frecuencia en citas en línea, primeras reuniones y conversaciones telefónicas que en relaciones cercanas. Incluso en el ámbito médico, una proporción significativa de pacientes admite ocultar o distorsionar información a sus médicos.
Miren estas estadísticas sobre las mentiras y a quiénes se les miente con más frecuencia:
- Padres: El 86% de las mentiras contadas por niños y jóvenes adultos tienen como destinatarios a sus padres.
- Amigos: El 75% de las mentiras se dicen a amigos.
- Hermanos: El 73% de las mentiras se dicen entre hermanos.
- Cónyuges o parejas: El 69% de las mentiras se dicen a la pareja o al cónyuge.
- Sitios de citas en línea: El 90% de los participantes admite mentir de alguna manera en sus perfiles o interacciones.
- Primeros encuentros: Las personas dicen entre 2 y 3 mentiras en una conversación de apenas 10 minutos cuando conocen a alguien por primera vez.
- Conversaciones telefónicas: Las personas mienten aproximadamente 70% más por teléfono que en conversaciones cara a cara.
- Atención médica (pacientes a médicos):
- El 13% admite mentir directamente a su médico.
- El 32% reconoce que exagera, minimiza o distorsiona la verdad sobre su salud o hábitos.
Estas estadísticas muestran que la mentira está profundamente arraigada en muchas interacciones sociales cotidianas, especialmente en contextos en los que las personas buscan proteger su imagen, evitar conflictos o causar una impresión determinada.
Las investigaciones sobre la mentira en el ámbito laboral muestran que:
- Aproximadamente el 78% de las hojas de vida contienen alguna inexactitud.
- Cerca del 46% incluye información que podría afectar la decisión de contratación.
Las mentiras más comunes en estas hojas de vida incluyen:
- Salario anterior.
- Habilidades técnicas.
- Experiencia laboral.
- Estudios universitarios.
- Cargos ocupados.
Y como si fuera poco, la inteligencia artificial está agravando este problema, ya que muchos candidatos utilizan herramientas de IA para exagerar sus habilidades o fabricar logros profesionales.
¿Y qué dice el Nuevo Testamento acerca de este mandamiento?
¿Quién fue la víctima más inocente de un falso testimonio en toda la historia? Jesús mismo. Mateo nos revela los falsos testigos que acusan a Jesús. Mateo 26:59-66 dice: “Los jefes de los sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban alguna prueba falsa contra Jesús para poder condenarlo a muerte. Pero no la encontraron, a pesar de que se presentaron muchos testigos falsos. Por fin se presentaron dos que declararon: ―Este hombre dijo: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”. Poniéndose en pie, el sumo sacerdote le dijo a Jesús: ―¿No vas a responder? ¿Qué significan estas denuncias en tu contra? Pero Jesús se quedó callado. Así que el sumo sacerdote insistió: ―Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios. ―Tú lo has dicho —respondió Jesús—. Pero yo les digo a todos: de ahora en adelante ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y viniendo sobre las nubes del cielo. ―¡Ha blasfemado! —exclamó el sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras—. ¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Miren, ustedes mismos han oído la blasfemia! ¿Qué piensan de esto? ―Merece la muerte —le contestaron.” La Verdad de Dios hecha carne fue condenada a muerte por la violación del noveno mandamiento. Buscaron testigos falsos para matar a Aquel que es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6).
Y Jesús señaló el origen de toda mentira: en Juan 8:44 dice: “Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!”
El diablo es mentiroso y el padre de la mentira.
La mentira no es un detalle menor; es el idioma del enemigo de Dios. Por eso Pablo en Efesios 4:25 dice: “Por lo tanto, dejando la mentira, hable cada uno a su prójimo con la verdad, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo.”
Fíjate en la razón que da: porque somos miembros los unos de los otros. La mentira destruye el tejido mismo de la comunidad, porque sin verdad no puede haber confianza, y sin confianza no puede haber comunión. Santiago dedica un capítulo entero a la lengua: pequeña como el timón de un barco, pero capaz de dirigirlo entero; pequeña como una chispa, pero capaz de incendiar todo un bosque (Santiago 3).
¿Y cómo puedes aplicarlo a tu vida? Di la verdad! Pregúntate: ¿Soy fiel a la verdad incluso cuando me cuesta? ¿Repito chismes y rumores que no me consta que sean ciertos? ¿Exagero, distorsiono o callo la verdad cuando me conviene? Guarda tu lengua de la mentira deliberada y de la palabra vana. Y recuerda que la palabra griega para «testigo» es martys, de donde viene «mártir». El cristiano no solo debe abstenerse del falso testimonio; está llamado a ser un testigo verdadero, un testigo de Cristo, con su boca y con su vida.
El décimo mandamiento — No codicies (V21)
Llegamos al último mandamiento, y es distinto a todos los demás. Hay aquí, de nuevo, un detalle hebreo hermoso. Fíjate en el orden y en los verbos. En Éxodo 20, la lista comienza con la casa del prójimo. Pero aquí, en Deuteronomio, Moisés coloca primero a la esposa y la separa con su propio verbo. Para la esposa usa chamad: desear, codiciar, poner el corazón en algo. Y luego, para la casa, la tierra, los siervos, el buey y el burro, usa otro verbo: ‘avah, anhelar, ansiar’. ¿Por qué importa esto? Como observan los estudiosos del libro, al ponerla en primer lugar y darle su propio verbo, Deuteronomio eleva a la esposa: ya no aparece en una lista junto a los bienes y las propiedades, como un objeto más que se posee, sino en una categoría aparte, con su propia dignidad. Es un detalle pequeño en el texto, pero enorme en su significado.
Ahora, mira lo que hace único a este mandamiento. Todos los demás se pueden llevar a un tribunal humano. Un robo se puede ver. Una mentira se puede comprobar. Un homicidio deja un cuerpo. Pero ¿qué juez en la tierra puede procesar un deseo íntimo? ¿Quién puede ver lo que codicia tu corazón? Nadie. El décimo mandamiento no tiene tribunal humano; está dirigido únicamente a la conciencia, al corazón, a los ojos de Dios. Y eso nos revela algo muy profundo: la ley de Dios no es solo un código civil y moral para mantener el orden social. Es la revelación de un Dios santo que ve el corazón. Los primeros nueve mandamientos revelan lo que haces; el décimo, lo que deseas.
Y aquí volvemos a nuestro río. ¿Te acuerdas del lago Itasca? La codicia es el manantial. Es el lago escondido en el corazón, de donde brotan todos los demás pecados. Santiago 1:13-16 lo dice con precisión: “Que nadie al ser tentado diga: «Es Dios quien me tienta». Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta él a nadie. Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte.” El deseo concibe, y de él nace el pecado. Piensa en Acab, que codició la viña de Nabot: de esa codicia nacieron el falso testimonio, el robo y el asesinato, los tres mandamientos de hoy brotando de un solo corazón codicioso (1 Reyes 21). Piensa en David, que codició a Betsabé: y de ese deseo nacieron el adulterio, el engaño y la muerte. La codicia nunca se queda escondida en el silencio; siempre se manifiesta abiertamente de una u otra manera en nuestras acciones.
Y nuestra época ha convertido la codicia en una industria. Vivimos comparándonos. Un estudio realizado en Alemania con más de mil doscientos participantes, que pasaban en promedio unas dos horas al día en las redes sociales, encontró que el materialismo alimentado por las redes lleva a una espiral descendente: más comparación con los demás, más ansiedad, más estrés y, al final, menos satisfacción con la propia vida. Las redes sociales son, en cierto sentido, una máquina de codiciar: nos muestran, sin descanso, la casa, el cuerpo, las vacaciones y la vida de otros, y nos susurran que lo nuestro no es suficiente. Vemos el césped del vecino más verde que el nuestro. Siempre deseando lo que el otro tiene y generando un descontento constante en nosotros.
Y ahora llega lo más asombroso de todo. ¿Recuerdas que dije que el último mandamiento nos llevaría de regreso al primero? La codicia, en el fondo, es idolatría. Pablo lo dice en Colosenses 3:5: la avaricia «es idolatría». Codiciar es decir, en lo secreto del corazón: «lo que Dios me ha dado no es suficiente». Y eso es, en su raíz, destronar a Dios y poner en su lugar lo que quiero tener. ¿Lo ves? El décimo mandamiento y el primero son el mismo pecado visto desde dos extremos. El primero dice: «no tengas otros dioses». El décimo desnuda el ídolo que construimos en secreto, en el deseo del corazón. Las dos tablas forman un círculo: todo comienza y termina en el trono del corazón. ¿Quién reina allí, Dios, o lo que codicias?
¿Y qué dice el Nuevo Testamento?
De los diez mandamientos, hay uno que el apóstol Pablo señala como el que lo desenmascaró. ¿Cuál crees que fue? El décimo. En Romanos 7:7-8, Pablo escribe: “¿Qué concluiremos? ¿Que la Ley es pecado? ¡De ninguna manera! Sin embargo, si no fuera por la Ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado. Por ejemplo, nunca habría sabido yo lo que es codiciar si la Ley no hubiera dicho: «No codicies». Pero el pecado, aprovechando la oportunidad que le proporcionó el mandamiento, despertó en mí toda clase de codicia. Porque, aparte de la Ley, el pecado está muerto.”
Pablo podía cumplir los otros nueve en lo exterior y creerse justo. Pero el décimo entró en su cuerpo y llegó hasta el corazón y le mostró un alma llena de deseos desordenados. El décimo mandamiento es el espejo que destruye nuestra propia justicia, revelando nuestra necesidad y llevándonos de rodillas a la gracia.
Jesús advirtió con toda claridad. Lucas 12:15 dice: “»¡Tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes.” La vida no consiste en la abundancia de bienes. Y el antídoto contra la codicia tiene un nombre: el contentamiento. Pablo, que aprendió a vivir con mucho y con poco, lo resume en Filipenses 4:11-12 y dice: l “No es que haya pasado necesidad alguna vez, porque he aprendido a estar contento con lo que tengo. Sé vivir con casi nada o con todo lo necesario. He aprendido el secreto de vivir en cualquier situación, sea con el estómago lleno o vacío, con mucho o con poco.”
Y 1 Timoteo 6:6 dice: “Ahora bien, la verdadera sumisión a Dios es una gran riqueza en sí misma cuando uno está contento con lo que tiene.”
La piedad, acompañada de contentamiento, es una gran ganancia. La cura para la codicia no es tener más, sino confiar más en el Dios que lo provee todo.
¿Y cómo puedes aplicarlo a tu vida? Cultiva el contentamiento y la gratitud. Cada vez que sientas que lo tuyo no es suficiente, pregúntate de dónde viene esa voz y recuerda que casi siempre nace de una comparación. Aparta los ojos de lo que tienen los demás y vuélvelos al Dador. Da gracias por lo que ya tienes. Y guarda tu corazón y tus ojos, porque la codicia entra por la mirada. Si las redes sociales se han vuelto para ti un manantial de envidia, ten el valor de cerrar esa fuente. El corazón contento es el más rico del mundo.
Llegamos al final de los Diez Mandamientos, y quiero que veas el cuadro completo. El apóstol Pablo lo entendió perfectamente. En Romanos 13:9-10, el mismo pasaje que vimos la semana pasada, junta «no robes», «no des falso testimonio» y «no codicies» con los demás y dice que todos se resumen en uno: «ama a tu prójimo como a ti mismo», porque el amor es el cumplimiento de la ley.
La primera tabla se resume en amar a Dios, el Shemá, que veremos la próxima semana en Deuteronomio 6. La segunda tabla se resume en amar al prójimo. Y cuando a Jesús le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, citó exactamente esos dos. Los Diez Mandamientos no son diez reglas sueltas; son la anatomía del amor: el amor a Dios y el amor al prójimo.
Pero el décimo mandamiento nos dejó a todos sin excusa. Porque ninguno de nosotros puede decir que jamás ha codiciado. La ley, como un espejo, nos muestra el rostro sucio, pero no puede limpiarlo. Pablo dice que la ley fue nuestro «tutor» para llevarnos a Cristo (Gálatas 3:24). Y aquí está la buena noticia con la que quiero cerrar: hubo Uno que guardó los diez perfectamente, cuyas manos nunca robaron, cuya boca nunca mintió, cuyo corazón nunca codició. Jesús cumplió toda la ley en nuestro lugar, y en la cruz cargó con nuestras transgresiones para darnos, a cambio, su perfecta justicia. Los Diez Mandamientos nos muestran cómo es el amor; Cristo nos da el poder para vivirlo. Ese es el batón que se nos ha entregado y que estamos llamados a pasar a la próxima generación.
Para terminar, quiero dejarte con estas preguntas de reflexión:
¿Hay algo en tus manos que no te pertenece —dinero, tiempo, trabajo, una deuda — que necesitas devolver o restaurar a su dueño? ¿Cómo puedes pasar de ser alguien que toma a alguien que da?
¿Eres una persona que dice la verdad? ¿Hay algún rumor, chisme o exageración que debas dejar de repetir? ¿A quién le has hecho daño con tus palabras y necesitas buscar para reparar?
¿Qué estás codiciando en este momento? ¿De dónde viene esa voz que te dice que lo tuyo no es suficiente? ¿Qué pasaría si, en lugar de mirar lo que tienen los demás, dieras gracias por lo que Dios ya te ha dado?
Hasta la próxima semana, si Dios lo permite. ¡Dios los bendiga!