Levitico, Una Ventana al Corazon de Dios Podcast

#87. El Shema: No olvides estas palabras

Liliana Alvarez Season 3 Episode 87

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¿Por qué hay personas que, después de caminar con Dios durante años, terminan alejándose de Él? ¿Cómo es posible que una generación que experimentó los milagros de Dios no lograra transmitir esa misma fe a sus hijos?

Tal vez el problema no sea la falta de conocimiento, sino el olvido.

En Deuteronomio 6 encontramos uno de los textos más importantes de toda la Biblia: el Shemá, la oración que el pueblo de Israel ha repetido cada mañana y cada noche durante más de tres mil años. Pero el Shemá no es simplemente una oración para memorizar; es la estrategia de Dios para formar corazones que no lo olviden.

En este episodio descubriremos por qué la fe comienza escuchando antes que viendo, qué significa realmente amar a Dios con todo el corazón, por qué las conversaciones más importantes sobre Dios ocurren en la vida cotidiana y cómo los pequeños hábitos diarios forman una fe capaz de resistir tanto el sufrimiento como la prosperidad.

Si alguna vez te has preguntado cómo cultivar una fe que permanezca hasta el final —y cómo transmitirla a la siguiente generación—, este capítulo es para ti.

Hola, amigos, bienvenidos. Gracias por estar aquí para este episodio #87 de “Deuteronomio: Una Ventana Al Corazón de Dios”.

En los tres episodios anteriores recorrimos, mandamiento por mandamiento, las diez palabras que Dios entregó a su pueblo en el monte. Y al terminar, descubrimos que los Diez Mandamientos no son diez leyes dadas a la deriva, sino la anatomía del amor: la primera tabla nos enseña a amar a Dios y la segunda, a amar al prójimo. Vimos también que cuando a Jesús le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, no escogió uno solo de los diez; sino que resumió toda la primera tabla en una sola frase. Esa frase es la que veremos hoy.  La primera tabla se resume en un texto que Israel ha repetido cada mañana y cada noche durante más de tres mil años. Lo llaman el Shemá. 

Si el libro de Deuteronomio fuera un cuerpo, este capítulo sería su corazón. Si fuera una casa, sería la piedra angular. Jesús lo citó dos veces para vencer a Satanás en el desierto, y lo llamó el primero y más grande de todos los mandamientos. Hoy tocaremos el terreno más sagrado: el amor a Dios. 

Pero antes de leer el texto, quiero contarte una historia real.

En un hogar de ancianos vivía un hombre llamado Henry. El documental “Vivo por Dentro”, nos relata cómo este hombre de 94 años, desde hacía casi una década, la demencia le había ido apagando su mundo. Pasaba los días encorvado en su silla de ruedas, cabizbajo y con las manos entrelazadas, en silencio, sin reconocer a casi nadie, prácticamente ausente del mundo que lo rodeaba. Los nombres se le habían olvidado. Los rostros se le habían olvidado. Apenas hablaba.

Un día, alguien le colocó un Ipod con audífonos y le puso la música que Henry había amado de joven —el jazz, las grandes bandas, las canciones de su juventud. Y ocurrió algo increíble. Henry abrió los ojos. Levantó la cabeza. Su rostro se encendió. Comenzó a moverse, a tararear, a cantar. Y de repente empezó a hablar —con energía, con alegría— de su vida, de sus recuerdos, de quién había sido. El hombre que parecía perdido para siempre había vuelto. Su historia quedó grabada en un documental que millones de personas han visto y conmovió al mundo entero.

¿Cómo es esto posible? Los investigadores que estudian la memoria han encontrado algo increíble: la parte del cerebro que almacena la memoria musical es de las últimas en verse dañada por la enfermedad. Resulta que, aunque los nombres, los rostros y los lugares han desvanecido de la memoria, la música aprendida y amada en la juventud permanece. Lo que se grabó a temprana edad, por medio del ritmo y la repetición, queda guardado en un lugar tan profundo del cerebro que sobrevive aun cuando lo demás se ha olvidado.

Quiero que guardes esa imagen, porque es exactamente lo que Dios diseñó que ocurriera con su Palabra. Lo que la música hizo en la mente de Henry, es lo que el Shemá haría en el alma de su pueblo: por medio de la repetición diaria— hasta que se convirtiera en la roca que permanece cuando todo lo demás es sacudido. Las verdades que más transforman una vida no suelen llegar en un solo momento espectacular; se forjan lentamente a través de la repetición. Día tras día. Año tras año. Por eso Dios no dice: «Diles esto una vez». Dice: «Repíteselo a tus hijos. Háblales de ello constantemente. Escríbelo. Átalo. Recuérdalo». Dios quiere sembrar raíces profundas de una fe que ni el tiempo ni el olvido puedan borrar en su pueblo y en generaciones futuras.

Voy a leer Deuteronomio capítulo 6 de la Nueva Versión Internacional, y dice:

Estos son los mandamientos, estatutos y leyes que el Señor tu Dios mandó que yo te enseñara para que los pongas en práctica en la tierra de la que vas a tomar posesión. De esta manera, durante toda la vida, tú, tus hijos y tus nietos temerán al Señor tu Dios, cumpliendo todos los estatutos y mandamientos que te doy; así disfrutarán de larga vida. Escucha, Israel, y esfuérzate en obedecer. Así te irá bien y serás un pueblo muy numeroso en la tierra donde abundan la leche y la miel, tal como te lo prometió el Señor, el Dios de tus antepasados.

Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor.  Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo, llévalas en tu frente como una marca y escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades.

El Señor tu Dios te hará entrar en la tierra que juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Es una tierra con ciudades grandes y prósperas que tú no edificaste, con casas llenas de toda clase de bienes que tú no acumulaste, con cisternas que no cavaste, y con viñas y olivares que no plantaste. Cuando comas de ellas y te sacies, cuídate de no olvidarte del Señor, que te sacó de Egipto, la tierra donde eras esclavo.

Teme al Señor tu Dios, sírvele solamente a él y jura solo en su nombre. No sigas a esos dioses de los pueblos que te rodean, pues el Señor tu Dios está contigo y es un Dios celoso; no vaya a ser que su ira se encienda contra ti y te borre de la faz de la tierra. No pongas a prueba al Señor tu Dios, como lo hiciste en Masá. Cumple cuidadosamente los mandamientos del Señor tu Dios, y los mandatos y estatutos que te ha dado. Haz lo que es recto y bueno a los ojos del Señor para que te vaya bien y tomes posesión de la buena tierra que el Señor juró a tus antepasados. El Señor arrojará a todos los enemigos que encuentres en tu camino, tal como te lo prometió.

En el futuro, cuando tu hijo te pregunte: ¿Qué significan los mandatos, estatutos y leyes que el Señor nuestro Dios nos mandó?, le responderás: En Egipto nosotros éramos esclavos del faraón, pero el Señor nos sacó de allá con gran despliegue de fuerza. Ante nuestros propios ojos, el Señor realizó grandes señales y terribles prodigios en contra de Egipto, del faraón y de toda su familia. Y nos sacó de allá para conducirnos a la tierra que a nuestros antepasados había jurado que nos daría. El Señor nuestro Dios nos mandó temerle y obedecer estos estatutos, para que siempre nos vaya bien y sigamos con vida. Así ha sido hasta hoy. Y si obedecemos fielmente todos estos mandamientos ante el Señor nuestro Dios, tal como nos lo ha ordenado, entonces seremos justos».

El reformador social Jacob Riis dijo: “Cuando parece que nada da resultado, voy a observar a un cantero golpeando una roca con su martillo. Tal vez la golpee cien veces sin que siquiera aparezca una grieta. Pero al golpe número ciento uno, la roca se parte en dos. Y sé que no fue ese último golpe el que lo logró, sino todos los que lo precedieron.”

Esto es precisamente lo que Moisés quiere comunicar sobre la formación espiritual. No ocurre en un momento extraordinario, sino mediante la repetición constante y fiel de la Palabra de Dios. Cada conversación con un hijo, cada lectura de las Escrituras, cada oración, cada vez que recordamos quién es Dios, pueden parecer pequeños golpes sin resultados visibles. Pero con el tiempo, esos actos van informando la mente y trayendo convicción al corazón, lo que, con el tiempo, produce una transformación profunda.

Voy a desglosar este capítulo en 6 partes.

1.    “Ponlos en práctica (V1-3) Moisés deja de repetir mandamientos y comienza a explicar la visión de vida y el carácter que esos mandamientos buscan formar. Un líder pasa de hacer cumplir reglas a interpretar los valores que moldean la identidad de un pueblo.

Estos versículos son la introducción al capítulo. Recordemos que los diez Mandamientos preceden este capítulo. Y Moisés les recuerda que deben poner en práctica lo que les había enseñado. Es para todos durante toda su vida. Israel estaba llamado a transmitir estas enseñanzas a las próximas generaciones, comenzando en el hogar con los hijos y los nietos. El pacto es de toda la comunidad y la responsabilidad recae en su cumplimiento. 

2.    Escucha, Israel” — la fe comienza por el oído (V4a)

Todo el credo de Israel empieza con un solo verbo: shemá — escucha, oye, presta atención. Es tan central que la oración entera ha tomado su nombre de esa primera palabra. No dice “Mira, Israel”. Dice “Oye, Israel”.  No es casualidad.

En la cultura que rodeaba a Israel, los dioses se veían: eran ídolos de piedra y de oro, imágenes que se podían contemplar. Pero al Dios de Israel no se le ve; se le escucha. La fe de Israel no nace de una imagen que se admira desde afuera, sino de una voz que se obedece desde adentro. Como observa Jonathan Sacks, la vista nos orienta hacia afuera —hacia lo que otros hacen, para imitarlos—, mientras que el oído nos orienta hacia adentro, hacia la voz que resuena en lo secreto del corazón. Por eso el verbo fundamental de Deuteronomio no es “mirar”, sino “escuchar”.

La historia de Henry, nos revela que la música entró por el oído y despertó en él lo que parecía dormido para siempre. Así también la fe: entra por el oído. Pablo lo dirá siglos después —la fe viene por el oír. Antes de que un niño pueda leer, puede escuchar. Antes de entender, puede oír la voz de quien lo ama hablándole de Dios. El shemá nos recuerda que la vida con Dios no comienza con lo que logramos ver, sino con una voz que aprendemos a reconocer y en la que confiamos. 

Jonathan Sacks, dice en su comentario de Deuteronomio: “El Shemá Yisrael no significa simplemente: “Oye, Israel”. Su sentido es mucho más profundo. Es algo así como: Escucha. Concéntrate. Dale a la palabra de Dios toda tu atención. Esfuérzate por comprenderla. Involucra todas tus facultades, tanto intelectuales como emocionales. Haz tuya Su voluntad. Porque lo que Él te manda hacer no es irracional ni arbitrario, sino que busca tu bienestar, el de tu pueblo y, en última instancia, el beneficio de toda la humanidad.” Y continúa diciendo: “la palabra clave del judaísmo es shemá. Dios no es alguien a quien vemos, sino una voz que escuchamos”.

Deuteronomio 4:12 dice: “Entonces el Señor les habló desde el fuego. Ustedes oyeron el sonido de sus palabras, pero no vieron figura alguna; solo se oía una voz”.

La idea central de Sacks es muy significativa, pues la fe bíblica no comienza con una imagen, sino con una voz. Mientras muchas religiones antiguas se centraban en lo que podía verse —ídolos, estatuas o representaciones visibles—, Israel conocía a Dios principalmente escuchando su Palabra. Esa es una de las razones por las que el Shemá comienza con la orden: «Escucha, Israel…».

3.    “El Señor uno es” — un solo Dios, un solo Señor (V4b)

El corazón del Shemá es una confesión: “Sh’ma Yisra’el, Adonai Eloheinu, Adonai Echad” — “El Señor nuestro Dios, el Señor uno es”. La NVI lo traduce: “El Señor nuestro Dios es el único Señor”. La frase es tan compacta en hebreo que se puede traducir de varias maneras: “el Señor es uno”, o “el Señor es nuestro único Señor”. Ambas verdades están allí.

La palabra clave es ejad: uno. En un mundo lleno de dioses —un dios para la lluvia, otro para la cosecha, otro para la guerra— Israel proclama algo escandaloso y revolucionario: hay un solo Dios, y Él lo es todo. No es el dios más fuerte entre muchos; es el único. Esto significa que la lealtad del corazón no puede repartirse. No se puede amar a ejad, a uno, con un corazón dividido. Un solo Dios reclama un solo corazón.

Y aquí está la raíz de todo lo que veremos en el resto del libro. La idolatría no será simplemente adorar una estatua; será permitir que algo —cualquier cosa— comparta el trono que solo le pertenece a Él. Recuerda el décimo mandamiento que vimos la semana pasada: la codicia era idolatría, porque destronaba a Dios en lo secreto del corazón. El Shemá es la respuesta a esa amenaza: el Señor es uno, así que el corazón también debe serlo.

4.    “Ama al Señor tu Dios” — el mandamiento de amar con todo (V5)

Y entonces llega lo más asombroso de todo. Dios no dice solamente “témanme” u “obedézcanme”. Dice: ve’ahavta — “amarás”. Dios ordena amarlo. Y a muchos esto los confunde: ¿se puede mandar a amar? ¿No es el amor un sentimiento que llega por sí solo? Pero el amor del que habla la Biblia no es principalmente una emoción, sino una entrega de la voluntad, una lealtad al pacto, una decisión de darse por entero. Eso sí se puede exigir. Y Dios lo manda.

Fíjate cómo lo define, porque cada palabra cuenta. Amarás al Señor con tres cosas:

Con todo tu corazón — en hebreo, lebab. Para nosotros el corazón es el lugar de las emociones; para el hebreo, el lebab era el centro del pensamiento, de la voluntad y de las decisiones. Amar a Dios con el lebab es amarlo con tu mente, con tus planes, con tus decisiones más profundas.

Con toda tu alma — en hebreo, nefesh. El nefesh es la vida misma, el aliento, todo tu ser. Los rabinos lo entendieron así: amar a Dios con toda tu nefesh es amarlo aun cuando te cueste la vida, hasta el último aliento. Es la entrega total.

Con todas tus fuerzas — en hebreo, me’od. Esta palabra es curiosa: literalmente significa “mucho”, “en gran manera”. Es amar con todo lo que tienes en abundancia: tus recursos, tus bienes, tus energías, tus capacidades. Amar a Dios con todo tu me’od es ponerlo todo —lo que eres y lo que tienes— al servicio de ese amor.

Corazón, alma y fuerzas. No queda nada afuera. Es la entrega completa de la persona entera. 

Y hay un detalle precioso que no debemos pasar por alto. Cuando Jesús cita este versículo en el Nuevo Testamento, añade una cuarta palabra: “con toda tu mente”. No está corrigiendo a Moisés; está desplegando lo que el lebab hebreo ya contenía. Jesús quiere que quede absolutamente claro: ni una sola facultad de tu ser queda fuera de este amor. Tu inteligencia, tus afectos, tu voluntad, tus fuerzas —todo es para Él.

5.    “Grábatelas en el corazón” — cómo se pasa el batón (V6-9)

Dios no solo manda amarlo; también manda enseñar ese amor a la siguiente generación. Y nos dice exactamente cómo.

Primero, las palabras deben estar en tu propio corazón: “Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando”. Nadie puede transmitir lo que no posee. No puedes encender en otro un fuego que en ti está apagado. Primero arde en ti; después se contagia.

Y entonces viene el verbo clave: “Incúlcaselas continuamente a tus hijos”. La palabra hebrea es “shnn”, (Shinnen)que significa afilar, repetir, grabar por incisión. Es la imagen de quien talla algo en la piedra, pasando el cincel una y otra vez por el mismo surco hasta que la marca queda permanente. Enseñar la fe, según Dios, no es dar una conferencia magistral una sola vez; es repetir, repetir y repetir, hasta que la verdad quede grabada en lo más hondo del alma del niño. ¿Te acuerdas de Henry? Lo que se graba por repetición es lo último que se borra. 

Y mira dónde manda Dios que ocurra esa enseñanza. No en un templo, una vez por semana. Sino en cuatro momentos que abarcan el día entero: cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. En la mesa y en el auto. En la mañana al despertar y en la noche al apagar la luz. La fe rara vez se transmite en grandes eventos religiosos, sino en los diez mil momentos ordinarios de la vida cotidiana. El discipulado más poderoso no ocurre en las grandes plataformas, sino en las oportunidades que se nos presentan en la vida diaria. Por ejemplo, en la cocina, mientras se prepara la comida. En la mesa, mientras la familia unida disfruta de la comida y conversa. En el automóvil de camino a la escuela. En la sala al terminar el día. Y en el silencio de la noche, antes de cerrar los ojos. Es allí, en lo cotidiano, viviendo donde podemos hablar de la palabra de Dios. En el hogar, el corazón aprende a amar a Dios.

Y para que nada se les olvide, Dios usa imágenes vivas: átalas a tus manos, llévalas en tu frente, escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tu ciudad. Israel tomó esto literalmente —de allí vienen las tefilín que se atan al brazo y la frente, y la mezuzáque se fija en la puerta. Pero el sentido es profundo y para todos nosotros: que la Palabra de Dios gobierne tus manos —lo que haces—; tu frente —lo que piensas y cómo ves el mundo—; tu casa —tu vida privada—; y tus portones —tu vida pública, ante todos. Nada queda fuera del señorío de Dios.

James Clear, en su libro Hábitos Atómicos, dice: “Todas las grandes cosas comienzan con pequeños comienzos. La semilla de todo hábito es una decisión pequeña, casi insignificante. Pero, a medida que esa decisión se repite, el hábito brota y se fortalece. Sus raíces se afianzan y sus ramas comienzan a crecer.”

Moisés no está pidiendo grandes actos esporádicos de devoción, sino pequeñas prácticas diarias: hábitos al ritmo del vivir cotidiano. Hablar de la Palabra al levantarse y al acostarse, al caminar por el camino, al sentarse en casa. Son esas decisiones aparentemente pequeñas, repetidas con fidelidad, las que echan raíces profundas y forman una vida de amor y obediencia a Dios.

Esto es —para usar la imagen que recorre todo nuestro estudio de Deuteronomio— cómo se pasa el batón. La generación anterior no transmite la fe con un solo discurso solemne, sino con miles de repeticiones cotidianas, con surcos abiertos pacientemente, día tras día, en el corazón de sus hijos. 

6.    “Cuídate de no olvidar” — el peligro escondido en la bendición (V10-25)

El resto del capítulo nos ofrece una advertencia que tal vez no esperaríamos. Uno pensaría que el gran peligro para la fe es el sufrimiento, la persecución, el desierto. Pero Moisés señala otro peligro, mucho más sutil: la prosperidad.

Dios les dice: cuando entres en la tierra y tengas ciudades que no edificaste, casas llenas de cosas buenas que no llenaste, pozos que no cavaste, viñas y olivares que no plantaste —cuando comas y te sacies— cuídate de no olvidarte del Señor. ¡Qué advertencia tan impactante! El hambre nos hace clamar a Dios; la abundancia nos tienta a olvidarlo. Cuando todo va bien, llega el susurro: “yo lo conseguí, yo me lo gané, no necesito a nadie”. La bendición misma se puede convertir en la trampa que nos hace olvidar a Quien nos bendijo. Por eso la repetición del versículo 7 es tan necesaria: solo una fe cultivada en el oír diario resiste la amnesia que trae el bienestar.

En medio de esta sección están los dos versículos que Jesús tomó como espada en el desierto. “Al Señor tu Dios temerás, y a Él servirás”, del versículo 13; y “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”, del versículo 16, que recuerda el día en Masá, cuando el pueblo dudó de Dios. 

Y el capítulo cierra con una escena familiar súper tierna. Moisés imagina una escena futura: un día tu hijo te preguntará: “¿Qué significan todos estos mandamientos?”. ¿Y cuál debe ser la respuesta? La respuesta es una historia: “Éramos esclavos del faraón en Egipto, pero el Señor nos sacó de allí con gran despliegue de fuerza”. ¡Mira qué hermosura! Cuando el niño pregunta el porqué de su fe y el padre le responde contándole la historia de su redención. La fe se transmite como un relato de rescate. No hay argumentos intelectuales sino un testimonio de la obra de Dios. Y para nosotros, ese relato tiene un nombre y un rostro: éramos esclavos del pecado, pero Cristo nos sacó con mano poderosa. Esa es la historia que estamos llamados a repetir, a grabar y a transmitir a nuestros hijos y a la próxima generación.

¿Y qué dice el Nuevo Testamento?

El Nuevo Testamento no deja de lado el Shemá; lo sitúa en el centro mismo de la enseñanza de Jesús.

Cuando un maestro de la ley le preguntó a Jesús cuál era el mandamiento más importante de todos, Jesús no improvisó ni inventó algo nuevo. Citó el Shemá. En Marcos 12:28-30 dice: “Uno de los maestros de la Ley se acercó y los oyó discutiendo. Al ver lo bien que Jesús les había contestado, le preguntó: ―De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante? Jesús contestó: ―El más importante es: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.”


Jesús comenzó su respuesta justo donde comienza el Shemá: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es”. Para Jesús, el mandamiento más grande del universo era amar a Dios con todo el ser. 

¿Recuerdas que Israel falló precisamente en lo que el Shemá pedía? Israel no amó a Dios con todo el corazón; lo olvidó, lo probó, se fue tras otros dioses. Pero Jesús fue llevado al desierto, hambriento y tentado por Satanás. ¿Y cómo respondió Jesús? Con las palabras de este capítulo. Cuando Satanás lo tentó, Jesús citó Deuteronomio 6:16 en Mateo 4:6-7 dice:  “―Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo. Pues escrito está: »“Ordenará que sus ángeles te protejan y ellos te sostendrán en sus manos para que no tropieces con piedra alguna”. ―También está escrito: “No pongas a prueba al Señor tu Dios” —contestó Jesús.”


Y de nuevo, citando Deuteronomio 6:13 en Mateo 4:8-10 dice: “De nuevo el diablo lo llevó a una montaña muy alta. Allí le mostró todos los reinos del mundo y su esplendor. Y le dijo: ―Todo esto te daré si te postras y me adoras. ―¡Vete, Satanás! —le dijo Jesús—. Porque escrito está: “Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a él”.”


Donde el pueblo de Israel falló, Jesús venció. Jesús, el Hijo que amó al Padre con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas —perfectamente, en nuestro lugar—. Él cumplió el Shemá que Israel y nosotros jamás pudimos cumplir. Y por eso, cuando ponemos nuestra fe en Él, su amor perfecto se nos acredita y su Espíritu comienza a grabar en nuestro corazón, la palabra, produciendo amor por el Padre que nunca hubiéramos podido producir por nuestra cuenta. 

Pablo también nos recuerda en Romanos 10:17: “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo”.

¿Y cómo podemos aplicar estas verdades a nuestras vidas?

•      Examina quién reina en tu corazón. El Señor es uno, y reclama un corazón que también sea uno. Pregúntate con honestidad: ¿hay algún rival en el trono de mi corazón—el dinero, la aprobación de otros, una relación, una ambición— que comparte el lugar que solo le pertenece a Dios? Amar a Dios con todo significa que nada más puede tener el todo.

•      Crea hábitos diarios para escuchar a Dios. Verás cómo , poco a poco, guardarás la Palabra en tu mente y en tu corazón.  No esperes el gran momento espiritual. Abre un espacio pequeño cada día: una lectura breve al levantarte, una oración al acostarte, una verdad repetida hasta que quede tallada. Lo que se repite a diario es lo que permanece cuando todo lo demás pasa.

•      Discípula en lo ordinario. Si tienes hijos, nietos, sobrinos, o alguien más joven en la fe, recuerda el versículo 7: la fe se transmite en la mesa, en el camino, al acostarse y al levantarse. No necesitas una plataforma; necesitas constancia en lo cotidiano. Habla de Dios en cualquier momento y estarás pasando el batón.

•      Cuídate en la abundancia. Cuando todo va bien, vigila tu corazón con más cuidado. La prosperidad puede causar amnesia y autosuficiencia. Cultiva la gratitud para que no olvides a Dios, quien te dio todo lo que tienes.

Para terminar, quiero dejarte con estas preguntas de reflexión:

1.    ¿Está tu corazón verdaderamente unido en torno a un solo Dios, o hay algo que comparte ese trono en secreto? ¿Qué tendría que destronarse para que puedas amar a Dios con todo tu corazón, toda tu alma y todas tus fuerzas?

2.    ¿Qué estás cultivando en quienes vienen detrás de ti? Si la fe de la próxima generación dependiera de los surcos que tú abres cada día, ¿qué quedaría tallado?

3.    ¿Hay alguna bendición en tu vida —la comodidad, un logro, una abundancia— que, sin darte cuenta, te ha hecho olvidar al Dador? ¿Cómo puedes recordarlo de nuevo hoy?

El Señor es uno. Ámalo con todo. Grábalo en tu corazón y en el de los tuyos. Y no lo olvides jamás —ni en la abundancia, ni en el desierto, ni en la última hora—. Recuerda que si cultivas y atesoras la palabra en tu corazón, producirá amor por Jesús y es lo único que nadie puede borrarte.

La próxima semana, si Dios lo permite, continuaremos en Deuteronomio capítulo 7, donde veremos por qué Dios escogió a este pueblo —no por ser el más grande ni el mejor, sino simplemente porque los amó.

Hasta la próxima semana, si Dios lo permite. ¡Dios los bendiga!