Orgullo en Voz Alta

El armario que no ves. Otras formas de esconderse

Majo Martínez Season 1 Episode 9

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"Salir del clóset" no es solo una metáfora sobre la orientación sexual. Hay muchos otros armarios. Y la mayoría no tienen puerta.

En este episodio, dejamos atrás los closets de género y sexualidad para adentrarnos en esos otros silencios que también pesan, también duelen y también nos alejan de quienes somos.

A lo largo del episodio caminamos por seis armarios invisibles pero cotidianos:

· El clóset de la enfermedad invisible: VIH, lupus, esclerosis múltiple… condiciones crónicas que se esconden detrás de "son vitaminas" o "es un control".
· El clóset de la salud mental: depresión, bipolaridad, esquizofrenia… diagnósticos que se disfrazan de "migraña" o "dentista" por miedo al estigma.
· El clóset de la fe (o la falta de ella): ateos que rezan con los labios por costumbre, musulmanes que rezan con las cortinas cerradas.
· El clóset de la ideología política: el voto que se traga en la cena familiar para no herir ni ser herido.
· El clóset de la adicción y la recuperación: alcohólicos con siete años de sobriedad que siguen diciendo "es por un medicamento".
· El clóset del origen y el estatus: el gerente que creció en una villa y finje que entiende de vinos; la heredera que oculta su fortuna para ser aceptada.
· El clóset del estatus migratorio: el más peligroso de todos, donde salir puede significar deportación.

Con historias reales (nombres cambiados, corazones verdaderos), datos curiosos que sorprenden, y una invitación final que no es un mandato, sino un permiso: el permiso para mirar la puerta de tu propio armario, aunque solo sea para saber que tiene llave.

Porque la vida ya es bastante corta como para vivirla fingiendo.

Escucha, emocionate, reconócete. Y si puedes, atrévete a abrir la puerta… aunque sea un centímetro.

📌 Advertencia: Este episodio aborda temas de salud mental, adicciones, migración y discriminación. Puede generar emociones intensas. Se recomienda escuchar con atención y cuidado personal.

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Producido por Majo Martínez para 'Orgullo en Voz Alta'.

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Música Música

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hola, hola, ¿quién anda por ahí? Porque si estás escuchando esto después de tres meses, o bien eres un oyente fiel con mucha paciencia, o el algoritmo de las redes sociales te ha traído hasta aquí por casualidad. Sea como sea, bienvenido de vuelta. La verdad es que estuve desaparecida, pero no porque hubiese una gran crisis, ni estuve de gira mundial, ni un secuestro alienígena, aunque suene mejor. Simplemente la vida se atravesó. El micrófono en mi casa cogió polvo y y mi cabeza necesitaba un respiro. Pero aquí estoy, con las pilas recargadas y muchísimas ganas de retomar esto porque hablar con ustedes es mi parte favorita de la semana. Sí, lo sé, he vuelto. Y no, no me he mudado a una cueva ni me uní a una secta. Simplemente me tomé un break que se alargó más de la cuenta. Me he convertido en esa amiga que dice vamos a quedar y tarda un trimestre en hacerlo. Pero sí he vuelto con un motivo. Me he dado cuenta de que el podcast me hace falta tanto como el café por las mañanas. He estado tomando notas, viendo mensajes, mails, y he vuelto con la boca llena de muchas preguntas y opiniones. ¿Me perdonan el retraso? Genial. Pues entonces dale play que esto acaba de empezar.

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De nuevo.

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Para los que no me conocen, soy Majo Martínez y este espacio se llama Orgullo en Vozal. Quería darte los buenos días, las buenas tardes, las buenas noches, según el momento en que me escuche o según el momento en que ustedes hayan decidido abrir la puerta de su propio armario. Vamos a hablar de armarios, pero no, no me refiero a esos muebles de madera con perchas, con cajones donde guardamos la ropa de invierno o esos zapatos que juramos que nos iban a quedar cómodos. No, vamos a hablar de otro tipo de armario, uno mucho más grande, uno mucho más pesado, uno que tiene un manija por dentro con llave, pero que por fuera no tiene. Y la llave la tiene uno solo. Ustedes han escuchado la expresión salir del closet. Seguro lo han oído en series, en películas, en conversaciones de pasillo o en titulares de prensa. Durante décadas, muchas décadas, esa metáfora fue casi un patrimonio exclusivo de la comunidad LGBTIQ+. Porque nacer y darte cuenta de que amas de de una forma distinta a como la sociedad te enseñó que era correcto, normal o natural. Eso, eso es un terremoto interior. Y entonces, ¿qué haces? Te escondes. Ocultas una parte fundamental de tu identidad por miedo al rechazo, a la violencia, a perder tu casa, a que tu madre deje de mirarte igual o a que tu padre use tu nombre como un insulto. Ese clóset original, el de la orientación sexual y la identidad de género, sigue estando ahí. y sigue siendo mortal en muchos lugares del mundo. Pero hoy no vamos a hablar de ese, no porque no sea importante, sino porque quiero que caminemos juntos por otros pasillos, por otros armarios que la sociedad con el tiempo también ha aprendido a nombrar así. Porque la sociedad es viva, la sociedad observa, aprende y a veces, no siempre, pero a veces amplía su vocabulario. Y la gente empezó a notar un patrón, un patrón que no era exclusivamente sexual ni romántico, Era un patrón humano. Y el patrón decía así, tener que ocultar una verdad central sobre ti mismo porque el entorno que te rodea te castigaría, te excluiría, te humillaría o te pondría en peligro si la supieras. Ese patrón, ese patrón se repite y se repite mucho y además se repite en silencio. Por eso hoy, cuando decimos salir del clóset, también podemos estar hablando de una persona que oculta que tiene VIH, por ejemplo. O una persona que lleva 10 años con depresión y nadie en su oficina lo sabe. O alguien que dejó de creer en Dios a los 15 años y cada domingo sigue moviendo los labios en la iglesia para no herir a su madre. O ese amigo que en las cenas familiares se traga su voto porque si dice la verdad, la discusión termina en un portazo. O esa compañera que estuvo internada en un psiquiátrico hace 5 años y ahora, cuando llena un formulario de trabajo, miente en la casilla de antecedentes psiquiátricos. O aquellos hombre que tiene siete años sobrio pero en la cena de fin de año dice no gracias es por un medicamento mientras todos los demás brindan o esa mujer que creció en la pobreza más extrema y hoy es gerente pero aún tiene pesadillas con que descubran su acento su forma de comer su origen o ese inmigrante que lleva 15 años sin ver a su madre porque no tiene papeles y cada día vive con miedo de que toquen la puerta en todos esos casos todos el mecanismo es idéntico Finges, te mides, censuras lo que ibas a decir, cambias de tema cuando la conversación se acerca a tu herida, borras el historial médico, escondes el frasco de pastillas, usas apodos para tu terapia, llamas vitaminas a los antirretrovirales, llamas dolor de espalda a la cita con el psiquiatra, sonríes cuando quieres llorar, asientes cuando quieres gritar, eso no es verdad, y el costo, el costo de todo esto, esto es enorme. Ansiedad crónica, insomnio, dolores de cabeza sin causa física, tensión muscular permanente, sensación de estar actuando en una obra de teatro que nunca termina y lo peor, la soledad de saberse incompleto. Porque cuando escondes una parte de ti, no estás entero nunca. Hoy vamos a abrir esos armarios, uno por uno, con datos, con historias reales. Cambiaré nombres, cuidaré identidades, pero las historias son verdaderas con preguntas incómodas y también con un poco de humor cuando el humor sea posible porque si no nos reímos de vez en cuando de nuestros propios clóset terminamos llorando siempre y al final haré una invitación que no es una obligación ni un mandato es una invitación una de esas que te quedan resonando en la cabeza días después una de esas que quizá y sólo quizá te anime a mirar la puerta de tu propio armario aunque sea de reojo aunque sea para saber si tiene llave Bueno, vamos a caminar despacio. Un ratito para abrir puertas que muchos mantienen cerradas con llaves. Y lo haremos con respeto, con cuidado y también con valentía. Porque hablar de esto también es un acto de valentía. Y así comienza Orgullo en Bosal. Vamos a empezar por un closet muy pesado. Un closet que pesa en la sangre, literalmente. Hablamos del VIH, el virus de inmunodeficiencia humana. 30, 40 años después del pánico de los 80, mucha gente cree que ya no es un tabú. Y se equivocan, sigue siéndolo. Solo que ahora es un tabú silencioso, educado, que no gritan los titulares, pero que susurran las consultas médicas. Dato curioso ampliado. ¿Sabías que en los años 80 y 90 tener VIH era prácticamente una sentencia de muerte social antes que médica. La gente cambiaba de ciudad, de trabajo, de nombre. Había personas que dejaban de ver a sus propios hijos por miedo a que los funcionarios de la escuela los descubrieran. Hoy la medicina ha avanzado enormemente. Una persona con VIH que recibe tratamiento antirretroviral puede tener una carga viral indetectable y eso significa que no transmite el virus. No por contacto sexual, no por sangre, no por nada. Indetectable es igual a intransmisible. Es un logro médico impresionante. Pero el estigma no ha avanzado al mismo ritmo. Tengo más datos. Estudios recientes en América Latina muestran que más del 40% de las personas con VIH han ocultado su diagnóstico a su familia nuclear. Más del 25% lo han ocultado a su pareja estable. La razón, miedo al abandono. Miedo a que los vean como sucios o peligrosos. Y aquí hay una paradoja cruel. Gracias al tratamiento, el VIH es hoy una enfermedad crónica manejable, como la diabetes o la hipertensión. Pero nadie esconde su insulina. Nadie dice son vitaminas cuando se inyecta insulina. Pero con el VIH sí. Conozco a Ana. Ana tiene 34 años. Es contadora, vive sola con su gato y una colección de plantas que ha bautizado con nombres de poetas. Ana lleva 8 años con VIH y es indetectable desde hace 7. ¿Qué significa eso? Que Ana puede tener relaciones sexuales sin protección. Siempre con consentimiento y con confianza, sin transmitir el virus. ¿Lo sabe ella? Claro. ¿Lo sabe su médico? Por supuesto. ¿Lo sabe su madre? No. ¿Lo sabe su mejor amiga? No. ¿Lo sabe su jefe? Por supuesto que no. Cada tres meses, Ana tiene una cita médica. En su trabajo, cuando le preguntan por qué sale temprano esos días, dice, es un control hormonal. Nunca ha besado a nadie en una cita por miedo a tener que explicar después. Ha dejado de ir a fiestas donde sabe que habrá alcohol porque el alcohol le afloja la lengua y tiene miedo de decir algo? Su propia madre, que vive a 40 minutos en coche, no lo sabe. Y cuando le pregunto por qué no lo cuenta, Ana me dice algo que nunca olvidaré. Una vez, hace años, insinué algo frente a una compañera de trabajo. Solo dije que tenía una condición crónica y ella respondió, ay, ojalá no sea sida, qué asco. Nunca más. Prefiero que me crean rara a que me tengan miedo. Ahora, ¿cuántas anas conoces tú? Probablemente ninguna, porque las anas no se ven. Las anas se esconden. Y ese es precisamente el problema. Y el problema no es solo el VIH. Pensemos en la hepatitis C, o en la esclerosis múltiple, o en el lupus. Enfermedades antoinmunes crónicas que no se ven a simple vista, pero que duelen. Cansan, limitan. Carlos tiene lupus. Es un hombre de 40 años, fuerte, deportista, aparentemente. Pero hay días en que no puede ni levantarse de la cama. En su oficina, cuando eso ocurre, dice que tiene migraña nunca dice lupus porque una vez lo dijo y un compañero bromeó no era esa la enfermedad de la serie de moda carlos se sintió ridiculizado así que nunca más lo invisible da más miedo que lo visible porque lo visible se puede explicar lo visible se puede señalar pero lo invisible lo invisible obliga a la gente a creerte sin pruebas y la gente en general es mala creyendo sin pruebas Prefiere el chiste fácil, prefiere la duda o el silencio, y entonces el enfermo crónico se convierte en un actor. Actúa bienestar, actúa normalidad, actúa estoy bien, cuando por dentro está pidiendo a gritos que alguien le pregunte de verdad cómo está. Vamos a cambiar de órgano. Del sistema inmunológico al cerebro. Y aquí el clóset se vuelve todavía más denso, porque el cerebro es el único órgano que juzga su propio mal funcionamiento. Un riñón enfermo no se siente culpable, pero un cerebro deprimido, sí. La Organización Mundial de la Salud es muy clara. Una de cada cuatro personas tendrá un trastorno mental a lo largo de su vida. Uno de cada cuatro. Si una salud la tuviera 200 personas, estadísticamente 50 van a pasar por depresión, ansiedad severa, trastorno bipolar, TOCS o algún otro diagnóstico. Sin embargo, menos del 10% de las personas que han tenido un brote psicótico o una depresión grave lo cuentan abiertamente en su entorno laboral. ¿Por qué? Porque la palabra psiquiátrico sigue sonando peligroso para mucha gente, porque la palabra bipolar se usa como insulto, porque la palabra esquizofrenia hace que la gente se aleje como si fuera contagiosa. En una encuesta reciente en España, el 65% de las personas dijo que no contrataría a alguien con antecedentes de depresión grave. El 65%. Es decir, la mayoría. Y sin embargo, la depresión es tratable. La depresión no hace que seas mal trabajador, mal amigo o mala persona. Pero el estigma sí. El estigma te deja sin trabajo antes de que demuestres tu valía. Marta es arquitecta. Tiene 29 años. Desde los 21 ha tenido tres episodios de depresión mayor. En el último, hace dos años, no pudo levantarse de la cama durante seis semanas. Tuvo que pedir una baja laboral. Cuando volvió, su jefe la llamó a su despacho y le dijo, Marta, me alegro de que estés mejor, pero por favor, no menciones esto a tus compañeros, la gente se asusta y luego los proyectos se complican. Marta sintió, y desde entonces, cada vez que alguien le pregunta cómo estuvo su baja dice, una neumonía nada grave, su clóset es una neumonía que nunca tuvo. Javier tiene 45 años, es ingeniero, jefe de un equipo de 10 personas. Hace ocho años tuvo un episodio maníaco con psicosis. Creía que podía volar, que tenía mensajes cifrados del gobierno. Estuvo internado un mes. Cuando salió, su psiquiatra le dijo, tienes que contarlo en tu trabajo porque si vuelve a ocurrir deben saber cómo ayudarte. Javier fue a hablar con su jefe. Su jefe, después de escucharlo, le dijo textualmente, tómate el tiempo que necesites, pero no menciones esto en la empresa. La gente no entiende estas cosas. Javier nunca lo mencionó. Cada tres meses, cuando tiene su cita con el psiquiatra, dice que va al dentista. Su equipo cree que tiene muy mala dentadura. Su closet es una caries infinita. Luis tiene 38 años. Escuchó voces durante años. Ahora, con medicación, las voces están en silencio. Luis estudió una maestría, trabaja en una editorial, es lector de manuscritos. Nadie en su trabajo sabe que tiene esquizofrenia. Una vez se lo contó a una compañera de la que se había enamorado. Ella dejó de hablarle, literalmente. Dejó de saludarlo en el pasillo. Luis aprendió la lección. Ahora, cuando alguien te pregunta por qué tomas tantas pastillas, dice que es para la alergia. Su es una alergia inexistente. Imaginen tener que mentir sobre un hueso roto. Es absurdo, ¿verdad? No, no, no tengo la pierna rota, es solo un tirón muscular. Nadie hace eso. Porque el hueso roto se ve, duele, se hincha, la gente lo acepta. Pero la mente rota, permítanme el término duro, la mente rota no se ve. Y como no se ve, la gente sospecha, estará fingiendo. ¿Será solo falta de carácter? ¿Por qué no se esfuerza más? Te voy a contar un secreto. La salud mental no es falta de carácter. Es falta de serotonina, de dopamina, de conexiones neuronales que funcionan mal. Es biología. Es química. Genética. No es debilidad. Pero mientras sigamos tratándola como debilidad, la gente seguirá escondiéndose. Y mientras la gente se esconde, no recibe ayuda. Y mientras no recibe ayuda, empeora. Y mientras empeora, a ver a veces termina mal cuántos de ustedes han dicho alguna vez no estoy bien en voz alta y sin disfraz cuántos han llorado frente a un compañero de trabajo sin pedir perdón después cuántos han dicho voy al psiquiatra con la misma naturalidad con que dicen voy al cardiólogo si tu respuesta es pocas veces o nunca bienvenido al clóset más poblado del mundo Vamos a cambiar el tema. De la biología a la teología. De lo que pasa en tu cuerpo a lo que pasa en tu alma, si es que usamos esa palabra. Aquí el clóset no duele en el pecho, duele en la boca. Porque hay cosas que quieres decir y no dices. Hay preguntas que te haces desde niño y que aprendiste a callar. Hay una voz interior que te dice, esto no tiene sentido. Y otra voz, la de tu madre, la de tu abuela, la de tu comunidad, que te dice, cállate, no blasfemes. En países mayoritariamente religiosos, como muchos de América Latina, ciertas regiones de Estados Unidos, gran parte de África y Medio Oriente, declararse ateo puede ser más mal visto que declararse homosexual. Y lo digo con números. Según Pew Research, en países como Indonesia, Nigeria o Egipto, más del 90% de la gente no confiaría en un ateo como presidente. En México, un estudio de 2022 mostró que el 45% de la población no votaría por un ateo, y en Brasil, el 38%. En Estados Unidos, un ateo tiene menos probabilidades de ser elegido para un cargo público que una persona abiertamente gay. Y sin embargo, los ateos existen, muchos, solo que están en el armario. Javier, otro Javier, hay muchos, creció en una familia evangélica de esas que van a la iglesia tres veces por semana. Su tío es pastor, su madre toca el teclado en los cultos, su padre a las clases de escuela dominical Javier dejó de creer en Dios a los 15 años no fue un momento dramático fue lento una pregunta aquí otra allá una contradicción en la Biblia que nadie le supo explicar a los 17 ya era completamente ateo pero nunca lo dijo ¿por qué? porque una vez su hermana mayor dijo en la mesa no sé a veces dudo de si Dios realmente escucha su madre no le habló durante 6 meses 6 meses en la misma casa casa, en silencio. Y Javier aprendió la lección. Hoy Javier tiene 28 años. Vive solo, trabaja en una oficina, tiene amigos ateos en internet con los que habla a escondidas, pero cada domingo a las 10 de la mañana se pone sus zapatos, se sube al coche y va a la iglesia de sus padres. Se sienta en la tercera fila, ni muy adelante para no ser protagonista, ni muy atrás para que no piensen que se esconde. Cierra los ojos cuando toca, mueve los labios sin sonido y aplaude cuando todos aplauden. Su closet es un banco de iglesia y pesa más que cualquier madera. No solo ateos, también hay clases de minorías religiosas. Fátima nació en Marruecos, pero creció en un pueblo pequeño de España. Su familia es musulmana, practicante. Ella también lo es. Pero en su instituto, cuando tenía 14 años, un compañero le dijo, tú también llevas bomba. Fátima dejó de usar el hijab. Le dijo a su madre que era por moda, pero era por miedo. Hoy, a sus 26 años, Fátima reza en su casa con las cortinas cerradas. Cuando sus amigos le preguntan por qué tiene una alfombra en la habitación, dice que es decoración. Nunca invita a nadie a comer durante el ramadán. Nunca dice ishalá en voz alta. Su closet se llama pasar por cristiana y duele cada vez que alguien habla mal de los musulmanes y ella tiene que sonreír y asentir. Existe un movimiento en redes sociales llamado ateos en el armario o closet ateís. Tienen millones de seguidores anónimos, gente que comparte memes, reflexiones, artículos pero con nombres falsos, fotos de paisajes, perfiles sin rostro, porque en su vida real no pueden poner una sola crítica a la religión sin riesgo de divorcio, despido, exclusión familiar o en países extremos prisión o muerte. ¿Se imaginan tener que ocultar tu no creencia como si fuera un delito? Pues para millones de personas así es. La fe o la falta de ella es una de las cosas más íntimas que tiene un ser humano y sin embargo la la hemos convertido en un examen público en muchas familias la pregunta ¿crees en Dios? no es una pregunta es una prueba de lealtad y si fallas te castigan no con un látigo pero con silencio con miradas o con voy a rezar por ti dicho como si fuera una amenaza y entonces la gente finge finge creer finge rezar finge que la hostia significa algo finge que el domingo no le duele y ese fingimiento año tras año va carcomiendo algo fundamental La autenticidad. ¿Cuántos de ustedes han cerrado los ojos en una comida familiar mientras alguien daba gracias a Dios sabiendo que no creían en nada de eso? ¿O cuántos han dicho amén por inercia? ¿Cuántos han bautizado a sus hijos solo para que los abuelos no se enfadaran? Eso, amigos míos, es un clóset. Y está repleto. Vamos a pasar de la fe a la política, de lo sagrado a lo profano. Y aquí el clóset se vuelve particularmente irónico porque la política, en teoría, es el arte del debate público. Pero en la práctica es el arte de mentir sobre lo que realmente piensas para que no te echen de la escena. La Universidad de Colombia hizo un estudio fascinante hace unos años. Preguntaron a miles de personas sobre su voto real en elecciones pasadas y luego les preguntaron qué habían dicho en la cena familiar. La diferencia era enorme. Una de cada tres personas había mentido sobre su voto a sus padres o a sus suegros. En países con polarización extrema, Argentina, Brasil, Estados Unidos, España, México, esa cifra sube al 50%. La mitad de la gente miente sobre cómo votó, no por miedo a la ley, sino por miedo a la pelea, por miedo al comentario hiriente, por miedo a que el tío que bebe empiece a gritar. Sofía es abogada de derechos humanos tiene 32 años su padre es militar retirado ultraconservador nacionalista Sofía es progresista feminista defensora de los derechos de las minorías cada vez que hay elecciones su padre la llama por teléfono ¿ya fuiste a votar hija? ¿por quién votaste? Sofía responde siempre lo mismo por el que va a ganar papá no te preocupes una vez intentó decir la verdad fue un domingo en la mesa después del asado dijo papá yo voté al otro Su padre dejó el tenedor en el plato, la miró y dijo, en mi casa no crío zurdos. Sofía se levantó, se fue al baño, lloró en silencio, volvió a la mesa y pidió disculpas. Nunca más dijo la verdad. Su clóset se llama Domingo Familiar con el noticiero de fondo y lo abre cada semana. El clóset político no es solo de derecha o izquierda, va para los dos lados. Mateo tiene 22 años, estudia sociología en una universidad pública muy progresista. Mateo es conservador, cree en el mercado, en el orden, en la autoridad, pero nunca lo dice porque en su clase cuando alguien suelta un comentario de derecha el silencio se vuelve glacial. Una vez en un seminario Mateo dijo, bueno pero tampoco todo el empresario es un explotador. Nadie se rió, nadie dijo nada, solo lo miraron. Desde entonces Mateo asiente cuando sus compañeros hablan de revolución, aplaude cuando critican al capitalismo y en la urna vota en secreto por el partido que sus compañeros odian. Su closet es una mochila llena de libros que no se atreve a recomendar. En algunos países hay empresas que te piden tu voto o tu afiliación política como requisito para ascender. Suena a dictadura, pero ocurre en democracia. No legalmente, claro. Pero en la práctica, si tu jefe es de un partido y tú eres del otro, mejor no lo digas. Mejor inventa que no te interesa la política. Mejor di, todos son iguales. Mejor esconde tu militancia como si fuera un pecado. La política debería ser conversación, pero la hemos convertido en trinchera. Y cuando alguien cruza la trinchera equivocada le disparan, no con balas, a veces sí, pero con palabras, con exclusión, con no te invito más a la cena o con no eres bienvenido a esta familia. Y entonces la gente aprende, aprende a callar, aprende a votar en secreto, aprende a decir yo no sé de eso cuando en realidad sabe mucho. Y ese aprendizaje con los años no produce ciudadanos más informados, produce ciudadanos ciudadanos más mentirosos. Produce ciudadanos que viven en un closet ideológico del que solo salen cuando están solos frente a la pantalla, leyendo las noticias que nadie más en su casa leería. ¿Cuántos de ustedes han cambiado de canal cuando su familia entra en la habitación y estaban viendo un noticiero que no les gusta? ¿Cuántos han borrado un comentario político antes de publicarlo por miedo a que lo vea tu jefe o tu suegra? ¿Cuántos han asentido con la cabeza mientras alguien decía algo que les parecía un disparate absoluto? Si levantaron la mano mentalmente, están en este closet y estoy segurísima, solo no están. Llegamos a un closet que tiene sabor a alcohol. A veces a pastillas, a veces a polvo blanco, a veces a puestas, a veces a pantalla. Las adicciones tienen muchas caras, pero todas comparten una cosa, la vergüenza. Las tasas de recaída en adicciones son altísimas cuando las personas se aíslan. Todos los estudios de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos lo confirman. La recuperación necesita comunidad. Sin embargo, la principal razón de aislamiento no es la falta de grupos de apoyo, Es el miedo al estigma La gente deja de ir a las reuniones porque vio a un vecino en la puerta Porque les da vergüenza que los vean entrar Porque prefieren recaer antes que ser descubiertos Esa es la paradoja más cruel de la adicción La cura requiere hablar, pero el miedo a hablar se devuelve a la enfermedad Roberto tiene 41 años, 7 años sobrio. Fue alcohólico desde los 17 hasta los 34. Perdió un matrimonio, dos trabajos y dos veces estuvo a punto de morir por cirrosis. Su punto de inflexión fue una noche en que despertó en el hospital sin recordar cómo había llegado. Desde entonces no ha vuelto a tomar una gota. Roberto hoy es vendedor exitoso. Lidera un equipo de 20 personas y también lidera en secreto un grupo de ayuda para alcohólicos en su ciudad. Pero en su empresa nadie sabe su historia cuando hay cenas de fin de año y todos brindan roberto levanta su copa de agua y dice es por un medicamento cuando alguien le ofrece cerveza dice no gracias me sienta mal su closet es una botella vacía que esconde en el fondo del armario de su memoria él me dijo una vez si supieran que fui alcohólico pensarían que puedo recaer cualquier día preferirían no darme responsabilidades preferirían no confiarme a sus clientes así que prefiero que crean que soy un amargado que no bebe No solo alcohol Claudia es enfermera Tuvo una lesión de espalda y le recetaron opioides Sin querer y sin mala intención se volvió adicta Durante tres años, vivió tomando pastillas para el dolor que ella no tenía. Hasta que un día, su hermana la encontró desmayada en el baño. Claudia se rehabilitó. Hoy está limpia, pero cada vez que alguien en el trabajo le ofrece un analgésico para un dolor de cabeza, ella dice, no, gracias, soy alérgica. Su clóset es una alergia que no existe. Y cada vez que miente, se siente un poco más sola. Volvemos a la salud mental, pero desde otro ángulo. Lucía tiene 36 años. Es enfermera pediátrica. Hace cinco años tuvo una depresión tan severa que intentó quitarse la vida. Estuvo internada tres semanas en una unidad psiquiátrica. Salió con medicación, con terapia, con un plan de vida. Salió bien. Salió mejor que nunca. Pero cuando llenó su solicitud para el trabajo actual, en el apartado de antecedentes psiquiátricos puso ninguno. No por mentirosa, por necesidad, porque sabe que lo sabe por experiencia de amigas, que si ponía la verdad no la contrataban, o la contrataban con condiciones, o la miraban raro, o le preguntaban si era peligrosa. Su closet es una casilla sin marcar en un formulario, pero esa casilla pesa como una losa. En muchos países tener un internamiento psiquiátrico previo puede impedirte adoptar, obtener ciertos trabajos públicos, renovar la licencia de conducir en algunos casos, o incluso acceder a seguros de vida. El efecto perverso es que la gente miente, y al mentir, se perpetúa el silencio el closet se vuelve legal y lo legal a veces es injusto la adicción y la enfermedad mental recuperada son quizás los closets más traicioneros porque la recuperación es un logro deberías poder decirlo con orgullo estuve en el infierno y volví pero la sociedad no lo ve así la sociedad ve una mancha una mancha que aunque te hayas limpiado sigue siendo visible para quienes saben mirar con prejuicio y entonces el recuperado aprende a callar aprende a decir fue una neumonía o fue una alergia o fue una lesión y ese silencio con el tiempo se convierte en vergüenza la misma vergüenza que paradójicamente alimentó su adicción o su enfermedad del principio el círculo se cierra y salir de ese círculo requiere algo que la sociedad no da fácilmente perdón perdón por haber estado roto y permiso para estar entero ahora conoce a alguien que haya superado una adicción a una depresión grave y lo cuente abiertamente si la respuesta es no no es porque no existan es porque están escondidos es porque ustedes mismos quizás son uno de ellos y no lo han dicho y está bien pero también está bien pensar y si lo dijera y si esa historia en lugar de avergonzarme me fortaleciera Cambiamos de registro. Pasamos de la salud a la cartera, del cuerpo a la clase social. Y aquí, el close es particularmente sutil, porque no se trata de lo que eres, sino de lo que aparentas. Existe un fenómeno sociológico llamado class passing, pasar de clase. Personas que crecieron en pobreza extrema o en clase trabajadora, pero que hoy tienen trabajos profesionales, ingresos de clase media o alta, y viven con el miedo constante de que descubran su origen. Miedo a que noten su acento, a no saber qué tenedor usar en una cena formal o a que alguien pregunte dónde estudiaste y tener que decir el nombre de una escuela pública que todos miran con desdén. También ocurre el revés. Personas de clase alta que ocultan su fortuna para integrarse, para no ser explotadas, para que no les pidan prestado o simplemente para que las traten como un igual y no como un cajero automático con piernas. Martín tiene 43 años. Es gerente de operaciones en una multinacional. Gana muy bien. Vive en un barrio residencial. Tiene dos hijos en colegio privado. Pero Martín... Creció en una villa miseria, en una casa de chapas sin piso de cemento. Fue el primero de su familia en terminar la secundaria y el primero en ir a la universidad. El primero en usar traje también. Pero Martín nunca invita a sus compañeros de trabajo a su casa, porque su casa, su casa actual, sigue siendo modesta. No es la casa que se espera de un gerente. Tiene muebles viejos, paredes sin cuadros, un jardín descuidado. Martín podría comprar una mansión, pero no quiere. Le da miedo el cambio, le da miedo dejar de ser quien es pero también le da miedo que lo vean como es en las cenas de trabajo cuando hablan de vacaciones en europa martín asiente y dice qué lindo aunque nunca ha salido del país cuando hablan de vinos martín finge entender de cosechas y cepas pero en su casa toma vino de caja ha aprendido a imitar el acento de clase media alta a pronunciar ciertas palabras de otra manera a no decir nasta sino gasolina a no decir laburo sino trabajo y cada vez que alguien en la oficina dice los pobres son pobres porque quieren, Martín sonríe y cambia de tema, por dentro le hierve la sangre pero no dice nada, su closet es su propio origen y es uno de los más pesados porque negar de dónde vienes es como negar tus raíces, tu familia, tu infancia, Valentina está en el closet inverso, tiene 28 años, es artista, podría no trabajar un solo día de su vida porque su familia tiene muchísimo dinero pero Valentina decidió que quiere ganarse la vida con su arte. El problema es que en el mundo del arte independiente, ser rica es mal visto. Nepo Baby les dice, privilegiada, le susurran. Entonces Valentina miente, dice que vive de becas, dice que su familia es de clase media, alquila un departamento pequeño en un barrio normal, aunque su padre le paga el alquiler por detrás. Cuando sus amigos artistas se quejan de que no llegan a fin de mes, Valentina siente y dice, yo igual, y siente una culpa enorme porque no es igual, pero si lo dijera, la excluirían. Su clóset es una cuenta bancaria llena que nunca muestra. En Inglaterra se hizo famoso el caso de un escritor que durante 20 años fingió tener acento aristocrático. Había crecido en un barrio obrero, pero aprendió a hablar como la realeza. Publicó libros, dio conferencias, fue invitado a fiestas exclusivas, hasta que un día su madre, que seguía siendo vendedora de mercados, fue a visitarlo a su oficina. Él la presentó como la asistenta, la madre y se fue llorando, el escritor escribió después un libro sobre su vergüenza, pero la historia nos enseña algo, el close de clase es tan fuerte que puede hacerte renegar de tu propia madre, la clase social es en teoría algo que debería poder cambiarse, el sueño de la movilidad social es parte del relato de nuestras sociedades, si te esfuerzas puedes salir adelante nos dicen, pero nadie nos dice qué hacer con el pasado una vez que salimos adelante, qué hacemos lo esconde lo negamos lo contamos y arriesgamos a que nos miren con lástima o con desprecio el problema es que la movilidad social no es sólo económica es también cultural y culturalmente las clases tienen códigos formas de hablar de vestir de comer de reír de discutir y cuando cambias de clase tienes que aprender esos códigos y si no los aprendes bien te delatas y si te delatas te señalan y si te señalan vuelves a sentirte el pobre que fuiste por eso mucha gente prefiere el silencio pero prefiere cortar con su pasado, prefiere no invitar a sus padres a la oficina, prefiere decir que estudió en un colegio privado aunque fue en uno público. El clóset de clase es un clóset de mentiras piadosas, pero las mentiras, por piadosas que sean, pesan. Y ahora te pregunto, ¿alguna vez has corregido tu forma de hablar para que no se note de dónde vienes? ¿Alguna vez has escondido una foto de tu infancia porque la casa de fondo es humilde? ¿Alguna vez has dicho que te gusta a algo que en realidad detestas solo para encajar en un grupo de mayor estatus. Si es así, has estado en este closet y no estás solo. Llegamos al último closet. Quizá el más peligroso. Quizá el que menos elige. El closet del que no tienes la llave porque la tiene el Estado. En Estados Unidos hay aproximadamente 11 millones de personas indocumentadas. En Europa, varios millones más. En todo el mundo, decenas de millones de personas viven sin papeles, en la sombra, sin poder acceder a salud, educación superior, trabajo formal o simplemente sin poder denunciar un abuso porque el simple hecho de identificarse ante la policía puede significar la deportación estas personas no eligieron su closet nacieron en él o fueron empujadas a él por guerras pobreza violencia y salir de ese closet declarar no tengo papeles puede costarles la libertad puede costarles la familia puede costarles el país donde han construido su vida durante décadas Elena llegó a Estados Unidos desde Guatemala cuando tenía 7 años. Sus padres las trajeron cruzando el río con una cobija y una muñeca sin un ojo. Elena no eligió venir, simplemente vino. Creció, estudió en secreto, porque los indocumentados pueden estudiar hasta cierto nivel, pero con miedo. Aprendió inglés sin acento, se graduó de la universidad gracias a una ley estatal que lo permitía. Y hoy Elena tiene 29 años, trabaja limpiando casas, aunque tiene un título, porque sin papeles no puede ejercer su profesión. Es activista migrante, pero solo en círculos cerrados. En su vida diaria, cuando alguien le pregunta, ¿de dónde eres?, dice de California. Miente, porque decir Guatemala es abrir una puerta a preguntas incómodas. ¿Tus papeles? Elena no ha visto a su madre en 15 años. Su madre sigue en Guatemala. Cada noche Elena la llama por videollamada y le miente también. Estoy bien, mamá. Tengo trabajo, estoy segura. Pero no está segura. Cada vez que suena el timbre, su corazón se acelera. Cada vez que ve una patrulla, baja la mirada. Su closet no tiene puerta. Tiene una patrulla afuera. Elena me dijo una vez, no salgo del closet porque salir sería desaparecer. Aquí, en este país, si digo la verdad, me deportan. ¿Y si me deportan? portan no tengo nada en guatemala llevo 15 años construyendo una vida en la sombra no puedo permitirme la luz existe una categoría llamada dreamers en eeuu jóvenes traídos de niños que crecieron como estadounidenses pero sin papeles muchos de ellos tienen miedo incluso de solicitar los beneficios del programa daca porque eso implica registrarse ante el gobierno prefieren seguir en las sombras porque en la sombra al menos no están en una lista Este closet es el menos elegido y el más injusto, porque aquí no hay miedo al qué dirán, hay miedo al qué hará el Estado. No es la mirada de tu vecino la que te aterra, es la mano de un agente de inmigración tocando tu puerta a las 6 de la mañana. Y sin embargo, también aquí, el silencio mata. Mata oportunidades laborales, mata acceso a la salud, mata la posibilidad de denunciar a un empleador abusivo que te paga la mitad del salario mínimo porque sabe que no puedes quejarte. Mata la posibilidad de abrazar a tu madre. A veces la esperanza. No voy a preguntar quién de ustedes no tiene papeles. Sería irresponsable. Pero sí voy a preguntar, ¿conoces a alguien que viva así? ¿Has visto cómo caminan? ¿Cómo bajan la mirada? ¿Cómo evitan hablar de su pasado? Ese es el clóset migratorio. Y no necesita puerta, necesita una ley justa. Pero mientras esa ley no llega, la gente sigue escondida. Y nosotros, los que tenemos papeles, tenemos la

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responsabilidad de no hacer más pesada su cargo. Hemos recorrido armarios

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que quizás no sabías que existían. Hemos abierto puertas que muchos mantienen cerradas con llaves. El clóset de la pastilla de VIH que se hace llamar vitamina, el clóset del ateo que reza con los labios por costumbre, el clóset del voto que se traga en la cena para que no haya pelea, el de la botella vacía escondida en el fondo del armario, el del acento que se corrige para que no se note que fuiste pobre, el del pasaporte que no tienes, el de la salud mental que se disfraza de alergia, el de la ideología que se disfraza de indiferencia o el de la fe perdida que se disfraza de costumbre y ahora te pregunto a ti a ti que estás ahí sentado con los brazos cruzados o las manos sudando a ti que has sentido varias veces durante esta noche o este día o esta tarde a ti que has sentido un nudo en la garganta en alguna de esas historias a ti que quizás has pensado esto me suena o peor esto soy yo te pregunto ¿cuál es el tuyo? ¿Cuál es tu closet? no me respondas en voz alta, no quiero que te expongas si no quieres, respóndete a ti mismo, en silencio, porque todos, todos, tenemos al menos un closet, una verdad que no contamos, un silencio que pesa, una máscara que nos duele, una historia que hemos contado mal para que nadie pregunte más, y es aquí donde viene la invitación, no, no es la invitación que esperas, no te voy a pedir que salgas hoy, salir sin red es peligroso, salir sin seguridad puede costarte el trabajo, la familia, la tranquilidad, no soy tan ingenua ni tan cruel. Te voy a pedir algo más simple y más difícil a la vez. Te pido que empieces a mirar la puerta. Nada más, que la mires. Que sepas que está ahí. Que sepas que tiene una manija. Que sepas que del otro lado no hay monstruos. O sí, a veces los hay, pero también hay aire fresco. Te pido que empieces a notar el peso de la llave en tu bolsillo. Esa llave que has llevado tanto tiempo que ya ni la sientes. Sácala. Mírala. No hace falta que las solo mírala y luego si puedes si quieres y si te sientes seguro empieza con pequeñas rendijas no tienes que gritar al mundo tu verdad no tienes que hacer un discurso ni tienes que publicarlo en redes puedes empezar con un susurro a una amiga de confianza mira me pasa esto o con una publicación anónima en internet o con no corregir tu acento un solo día quizás puedes empezar Empezar con no mentir en el formulario del médico, aunque te duela. O con dejar de decir voy al dentista y decir voy al psiquiatra. O dejar de decir es por un medicamento y decir no bebo porque soy alcohólico en recuperación. O dejar de decir soy alérgica y decir tuve una adicción. No digas soy de California, di que eres de Guatemala y no tengo papeles pero llevo 15 años aquí. Romper paradigmas no es un grito, a veces es un susurro, a veces es un silencio roto, a veces es simplemente dejar de mentirte a ti mismo. Porque el primer closet del que tienes que salir no es el de los demás, es el tuyo propio. Es en el que te metiste cuando decidiste que tu verdad era demasiado fea, demasiado pesada, demasiado inaceptable. Déjame decirte algo, tu verdad no es fea, tu verdad no es pesada, tu verdad es solo tuya y el día que aprendas a cargar con ella sin sin esconderte, vas a caminar más derecho, vas a respirar más hondo. Te prometo que vas a dormir mejor, pero no te lo prometo como poeta, te lo prometo como alguien que ha visto a cientos de personas soltar el peso de un closet de 20 años. La cara que ponen cuando por fin dicen yo soy así, es la cara de alguien que ha renacido. La sociedad no cambia por leyes nada más, las leyes ayudan, claro que ayudan, pero la sociedad cambia por pequeños actos de valentía cotidiana, por personas que un día de deciden que ya no pueden vivir actuando. Por madres que descubren que su hijo ateo no es un monstruo, que simplemente es su hijo. Por jefes que escuchan, estuve internado y responden, gracias por confiar, ¿cómo te puedo apoyar? O por amigos que dicen, yo también, cuando te atreves a contar tu verdad. Ese yo también es la llave maestra. Porque cuando tú sales de tu closet, aunque sea un centímetro, le das permiso a otra persona para pensar, si ella pudo, quizá yo también. Y entonces ya no es un grito solitario, es un coro, y un coro no se puede callar fácilmente. Así que esta es mi invitación final. No es original, ni nueva, es tan vieja como la humanidad, pero igual hay que repetirla. No vivas una vida fingida, no vivas dos horas fingiendo, no vivas dos décadas fingiendo. La vida ya es bastante difícil, bastante corta, como para añadirle un papel que no escribiste tú, un papel que te obligaron a escribir otros. Sal del closet. No, y si no puedes, no esta semana si no es seguro pero empieza a abrir la puerta aunque sea un centímetro aunque sea solo para ti aunque sea en la ducha cuando nadie te escucha y te dices en voz alta yo soy esto y no pasa nada porque del otro lado el otro lado de esa puerta no hay monstruos hay aire hay gente que te va a querer igual y los que no nunca te quisieron de verdad hay la posibilidad de ser finalmente una persona entera no perfecta entera Y respirar, cuando ya no tienes que esconder quién eres, es lo más parecido a la libertad que he encontrado en este mundo. Así que, empezamos.

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Y bueno, esto fue todo por hoy.

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a esta vuelta a este regreso si hay algo que te resuene en cualquiera de los temas que hemos tocado hoy o conoces a alguien que simplemente necesite escuchar este relato compártelo que escuchar y nombrar siempre es sanar y no olvides que si hoy es el día en que decides ser el protagonista de tu propia narración en lugar de un personaje secundario en la de otros aquí tienes tu público tu historia empieza cuando tú quieras y nosotros estamos en la primera fila Suscríbete a Orgullo en Voz Alta en la plataforma en donde escuchas tus podcasts, Spotify, Apple Podcasts, Amazon Music, YouTube. Tu verdad tiene derecho a ocupar espacio. Aquí el tuyo está libre. Si decides sentarte a contarla, te vamos a escuchar. Si quieres, escríbenos orgulloenvozalta arroba hotmail.com y nos puedes buscar también en TikTok, en Instagram y en X como arroba orgulloenvozalta. Síguenos, interactúa con nuestro contenido y compártenos cualquier relato, siempre es importante. Recuerda que al final esto no es solo un podcast sobre salir del closet, es sobre entrar en uno mismo, sobre escuchar ese latido que antes callábamos y decidir qué merece ser escuchado escuchado pero en voz alta. Muchas gracias a todos por volver a oírme, por estar aquí y acompañarme nuevamente. Soy Majo Martínez y esto fue Orgullo en Voz Alta. Hasta la próxima historia.