Turno Nocturno
Turno Nocturno es un Podcast de historias de terror, horror psicológico y misterio narrado por JM a partir de los testimonios y grabaciones reales que recibe de personas que han vivido de cerca lo inexplicable. Sé que hay algo que no has contado por miedo a que no te crean. Aquí sí te creemos. Envía tu testimonio a contacto@turnonocturno.mx
Y recuerda: si escuchas algo, corre... y no mires atrás.
Turno Nocturno
La noche que abrí mi puerta a un extraño | Historia real | S01/E17
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Mensaje directo a JM (Voz/Texto)
¿Qué estarías dispuesto a hacer para saldar tus deudas?
En este nuevo episodio, JM nos relata la angustiante historia de Berenice y Rodrigo, una pareja atrapada en una crisis financiera que acepta un trato inusual con Don Fulgencio, un amable vendedor del mercado.
La condición parece simple: dejar las puertas de su casa abiertas durante la madrugada. Sin embargo, lo que comienza como una extraña petición termina revelando un oscuro mercado de voyerismo y perversión oculto tras un grupo de Facebook.
Descubre qué sucede cuando te conviertes en el "Pastel de Bodas" de una audiencia invisible y sigue a Turno Nocturno para más historias de terror como esta.
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El contenido de Turno Nocturno se basa en testimonios y relatos reales enviados por la audiencia; sin embargo, con el fin de proteger la privacidad, seguridad e integridad de los involucrados, se modifican nombres, ubicaciones y detalles específicos de las historias. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos reales más allá de los testimonios recibidos, es mera coincidencia. Las opiniones expresadas no reflejan necesariamente la postura de este podcast. Este programa tiene fines de entretenimiento y puede incluir descripciones de violencia o situaciones perturbadoras no aptas para menores de edad o personas sensibles, por lo que se recomienda discreción.
Hay un tipo de contenido que la gente asocia con la Deep Web, con direcciones imposibles de rastrear. Con foros escondidos detrás de capas de encriptación. Con ese mundo paralelo que existe en las profundidades de Internet y al que la mayoría nunca va a entrar. Pero lo que le sucedió a Berenice no estaba en ningún lugar oscuro e inalcanzable. Estaba en Facebook. En un grupo privado, con un nombre inocente y bajo una foto que hacía referencia a... A pasteles. Un grupo al que cualquier persona con una cuenta podía solicitar acceso y unirse si el administrador lo aceptaba. Dentro, había una lista de precios fijada en la parte superior. Rebanada, 350 pesos. Una porción, un vistazo. Pastel completo, 900 pesos. La noche entera, de principio a fin. A domicilio, 2,500 pesos. Tú decides cómo se sirve y en dónde. Pastel de bodas. Ocho mil pesos. La experiencia completa. Y nadie pregunta para qué es la celebración. Más abajo había publicaciones con fotos, videos y muchos, muchos comentarios, likes y me encanta. En uno de esos videos, grabado en una habitación oscura desde el borde de una cama, estaba Berenice, dormida en su casa. Berenice y Rodrigo llevaban ocho años juntos cuando empezó a romperse todo. Vivían en Tecámac, Estado de México. una casa chica que pagaban mes con mes, ubicada en una colonia muy popular. Rodrigo tenía un taller mecánico en su patio en el que trabajaba con las herramientas que había comprado a lo largo de los años. Berenice era empleada en una tienda de ropa de un centro comercial de la zona. Trabajaba de lunes a sábado, ocho horas al día. Lo que ganaban entre los dos alcanzaba para sobrevivir. Hasta que, en el mismo mes y al mismo momento, se quedaron sin ingresos. La tienda cerró de un día para otro, sin previo aviso, sin liquidación y sin pagar el sueldo de la semana. Y el taller, que siempre dependía del boca en boca, se quedó sin clientes. Nos quedamos sin dinero. Fue muy difícil, JM. Tuvimos que pedir a la familia y luego, pues ya sabes, en las aplicaciones, esas que te prometen que no tienen intereses pero sí los tienen y te están cobre y cobre antes de que se vence la fecha. Pedíamos para tapar un hueco y abríamos otro más grande. Al final ya no sabíamos ni cuánto debíamos ni a quién. El número crecía y las llamadas y mensajes Los mensajes de cobranza llegaban hasta en la madrugada, con amenazas y fotografías de esas que, bueno, ya te imaginas de cuáles. Así estábamos cuando apareció Don Furgencio. Don Fulgencio, el señor del puesto de verdura del mercado Emiliano Zapata. Setenta y tantos años, siempre comandil verde, siempre en el mismo puesto desde que verinice tiene memoria. Es un hombre callado, de pocas palabras, que siempre da pilón a los clientes. Ella lo conoce desde niña. Su mamá, que vive a unas calles del mercado, le compra desde que abrió su local. Las últimas semanas Berenice se había atrevido a pedirle fruta y verdura fiada. Poca cosa, un kilo de jitomate, algunos chiles o manzanas. Don Fulgencio nunca puso cara, nunca dijo nada. Solo anotaba en un cuadernito chico que guardaba debajo del mostrador y le decía que le pagara cuando pudiera.
UNKNOWNQue le tenía confianza.
SPEAKER_01Que no tuviéramos para comer y que el señor que vende la abertura me fiara es la vergüenza más grande que he vivido. Una mañana, Berenice llegó al puesto. Don Fulgencio se limpió las manos en el mandil, esperó a que los otros clientes se alejaran y le habló en voz baja. Oiga, Berenice, la veo medio apagada últimamente y pues... no me ha apagado.¿Todo bien? Berenice apenas sonrió. Mire... Yo no me meto en lo que no me llaman,¿verdad? Pero si anda corta, le puedo echar la mano. Sin papeles, sin intereses, sin que nadie se entere. Nada más entre usted y yo. Usted me dice cuánto necesita y ya, con toda confianza. Berenice lo miró. Ya estaba acomodando la verdura de nuevo. me habló tan normal que ni siquiera me pareció raro como lo conozco pues no lo pensé mucho y estaba tan cansada de la situación que dije que sí Don Fulgencio sacó el cuadernito, tachó lo que le había fiado y le dijo que eso ya no contaba, que iba por su cuenta. Le preguntó cuánto necesitaba y lo anotó en otra libreta, una muy usada y sucia, que tenía un pastel de bodas, de esos que están pasados de moda. Le dijo que le daría el dinero, que cada semana ella tenía que darle un abono pequeño, algo insignificante que no le sería difícil para pagar, y que tenía que cumplir con una condición más, una condición que tenía que seguir al pie de la letra y sin cuestionar. Una noche, la que él le indicara, debía dejar todas las puertas de su casa abiertas, sin seguro. La principal, la de los cuartos, la del baño, todo abierto, sin cerrojos, sin llaves, sin pasadores. Ella y Rodrigo tenían que estar en su habitación sin salir, sin decir nada y sin llamar a nadie. Llegué a la casa y se lo conté a Rodrigo. La condición nos pareció extraña y mientras lo platicábamos sonó mi teléfono. Una notificación de la aplicación de mi banco. Recibí un depósito con la cantidad que necesitábamos para pagar nuestras deudas. Esa noche dormimos
SPEAKER_00mejor que en meses. Turno
SPEAKER_01Nocturno Soy JM. Cuando Berenice me contactó me escribió. No sé si esto es para tu podcast, pero es algo que estamos viviendo y... y nos atormenta día con día. Me pidió... como en los demás casos, que no revelara su nombre real, ni el de su pareja, ni el de los involucrados. Tampoco su ubicación ni el lugar exacto en donde ahora están. Porque eso es parte de esta historia. Lo que sucedió en esa casa no empezó con una puerta abierta. Empezó mucho antes. Y Don Fulgencio lo sabía. Contaba con eso. Contaba con que el miedo y la necesidad juntos pueden llevar a una persona a hacer cosas que, de otra manera, serían imposibles de imaginar. Pero no voy a adelantarte más. Algunas historias, como la de este episodio, hay que escucharlas completas. Así que, apaga la luz, deja que la oscuridad tome su lugar y escucha con atención, porque... Turno Nocturno acaba de comenzar.
SPEAKER_00Turno Nocturno
SPEAKER_01Berenice recibió un mensaje de WhatsApp con una fecha y una hora. Ese mismo día por la noche. No había firma ni explicación. El número era desconocido. Rodrigo, creo que Don Fulgencio me envió un mensaje.
UNKNOWNEs hoy por la noche.
SPEAKER_01Habían pensado que nunca sucedería, pues habían dado ya varios abonos a don Fulgencio y nunca les había pedido cumplir con la extraña condición. A las diez de la noche recorrieron la casa juntos, en silencio. Quitaron la cadena del saguán, dejaron sin seguro la puerta principal, la de su cuarto, la del baño. Todas abiertas. Luego subieron, se recostaron en la cama y... Esperaron. No durmieron. A la 1.43 de la madrugada escucharon que la puerta principal se abrió. Y después, silencio. Escucharon unos pasos, lentos, pasos que recorrían la sala, que se detenían y que continuaban. el sonido de algo que se movía sobre la mesa de la cocina, que hurgaba entre los trastos de la cocina, una silla que se arrastraba apenas unos centímetros. Berenice y Rodrigo no se movieron, no se dijeron nada, solo se tomaron de la mano bajo las cobijas y esperaron, escuchando todo. A las cuatro y media de la mañana, la puerta principal se abrió de nuevo. Y luego, nada. A las seis, bajaron. Sobre la mesa del comedor había tres billetes de 500 pesos, perfectamente alineados. No estaban doblados ni arrugados. Estaban como recién planchados, uno junto al otro, en el centro exacto de la mesa. Rodrigo tomó los billetes y yo sentí, no sé cómo explicártelo, era algo como, como culpa. Las semanas siguientes Berenice pagó puntualmente el abono cada semana. Don Fulgencio lo recibía sin comentarios, anotaba en su libretita y seguía con sus verduras. Y cada vez que Berenice revisaba la cuenta, bajaba. Despacio, pero bajaba. Volvió a llegar la fecha. Y luego, una más. Durante las primeras visitas, escuchaban los pasos en la sala, los objetos que se movían y la presencia recorriendo la planta baja antes de irse. Berenice y Rodrigo comenzaron a distinguir los sonidos. Cuando se acercaba a la cocina, cuando se detenía, cuando se sentaba en el sillón. En algún punto... Empezamos a convencernos de que era una rareza de Don Fulgencio, algo que él necesitaba y pues no nos lastimaba. De alguna manera lo toleramos y comenzamos a tener algo de paz mental. Pero una noche los pasos subieron las escaleras y se detuvieron frente a su habitación. La puerta se abrió, entró, cruzó el cuarto en silencio y se sentó en el borde de la cama, del lado de Berenice. Sentí el colchón hundirse, JM, a escasos centímetros de mis piernas, un peso real, el de un adulto, y yo ahí, con los ojos cerrados, sin respirar, fingiendo estar dormida para que no nos hiciera nada. Aquella presencia estuvo sentada en el borde de la cama durante... Fueron 45 minutos. Sin moverse, sin hablar, solo... Viéndola.¿Y entonces? Empezó a inclinarse hacia ella, muy lentamente, hasta que Berenice sintió su aliento, profundo, pausado, como quien inhala para retener. Olía horrible. Era el aliento de alguien que no se cuida la boca, que nunca se la cuidó. Luego se quedó parado ahí, muy cerca, y empezó a agacharse de nuevo hasta que Berenice sintió que rozó su cabello, que lo separó con cuidado, mechón por mechón, como si estuviera buscando algo detrás de su oreja. Estuvo así varios minutos hasta que se escuchó una alarma. El mismo sonido que tienen los relojes baratos. Tres pitidos, silencio y se fue. Desde ese momento, el día de no cerrar la puerta, alguien entraba. Recorría la casa, subía y entraba en su habitación. A veces los miraba, se acercaba a ellos, tocaba su nariz o sus pies, otras hurgaba la ropa, la olía o la lamía, leía cuadernos, sus recibos o sus cartas viejas, o revolvía sus fotografías y entraba a su baño. Siempre a la misma hora, siempre con la misma calma y siempre se retiraba cuando sonaban los tres pitidos. Hasta que una noche decidió tomar las cobijas y deslizarlas hacia abajo hasta dejarlos expuestos. Berenice sintió cómo se acercó a ella, primero el olor, ese aliento asqueroso que, cada que lo olía, le revolvía el estómago, y después su cabello, esa maña que ya tenía de separarlo con cuidado desde la raíz, mechón por mechón. Cuando se alejó, Por primera vez, Berenice se atrevió a entreabrir los ojos y vio una silueta y una pequeña luz. La de un celular que apuntaba a Rodrigo. Lo cerró de nuevo y escuchó. Rodrigo estaba inmóvil, pero Berenice, que conocía su respiración, supo que tenía miedo. Lo que estaba junto a él no hablaba, solo estaba ahí, con el celular, haciendo algo que Berenice no podía ver y tampoco quería imaginar. Pasaron varios minutos así, y los pasos volvieron hacia ella. Apretó los ojos. Sintió cómo le bajó la tela de la camisa del hombro para dejarlo al descubierto. Yo seguía con los ojos cerrados, pero podía sentir la luz de la pantalla sobre mi piel. Así de cerca estaba. Berenice no respiró. Cuando él volvió a alejarse, entreabrió los ojos y concentró su mirada en la luz que emitía el celular. Había gente viéndonos en vivo. Todo lo que él hacía cada que entraba a nuestra casa era para ellos, para los que estaban del otro lado viéndonos en el live. Él le habló a la cámara. Les describió la posición de Berenice, su olor y la suavidad de su piel. los objetos que estaban sobre la mesita de noche, la ropa interior guardada en el cajón. Después preguntó que qué querían que hiciera.¿Y a quién? Al principio le pidieron cosas pequeñas, que enfocara la cara de Berenice, que iluminara su cuello o su fosa nasal, que pusiera el teléfono sobre la almohada, a centímetros de su boca, para escuchar cómo respiraba. Después pidieron que oliera su cabello, que acercara la cara al cuello de Rodrigo y se quedara ahí, quieto, mientras la cámara grababa desde arriba. que pusiera la mano sobre el pecho de Berenice sin presionar, solo para ver si ella lo notaba y despertaba, y que midiera con los dedos la distancia entre su clavícula y su mandíbula. Uno de los comentarios pidió que le susurrara algo al oído, que pusiera la boca cerca y le susurrara. No entendí qué dijo, pero sentí el aire tibio entrar por mi oído. Mi piel se puso chinita y él lo notó, porque bajó el teléfono a mis brazos para que todos lo vieran. Sonó su alarma. Caminó hacia el centro del cuarto y despidió la transmisión. Les dijo que la siguiente misión sería especial, porque tenía reservado... el pastel de bodas. La luz de la pantalla se apagó y salió. Al día siguiente encontraron nueve billetes de 500 pesos perfectamente acomodados en la mesa.¿Qué íbamos a hacer?¿Dejarlos ahí? Se me ocurrió tomarlos para llevarlos a don Fulgencio y decirle que era un adelanto de la deuda. Berenice fue al mercado esa misma tarde. Saludó a don Fulgencio como si no pasara nada y puso los billetes sobre el cajón de verduras. Le dijo que le traía un adelanto, porque quería terminar de pagarle lo más pronto posible. Don Fulgencio contó los billetes y los guardó, sin doblarlos. Sacó la libretita, anotó algo y le dijo el nuevo saldo. Era más alto, mucho más que la semana anterior. Pero,¿cómo? Si la semana pasada le pagué e hicimos cuentas,¿se acuerda? Usted me dijo que... Don Fulgencio la interrumpió y le repitió el saldo. El mismo número, sin imitarse. Berenice hizo de nuevo el cálculo en su cabeza. Los abonos que había realizado, el adelanto que acababa de entregar, el saldo tenía que ser mucho menor. Pero no, no había bajado y ahora era mayor. Le preguntó despacio por qué.¿Cómo que por qué?
UNKNOWNSe gastaron el dinero de la mesa,¿no?
SPEAKER_01Así funciona esto. Se dio la vuelta y caminó hasta la salida del mercado sin voltear. Una semana después, Rodrigo recibió una llamada. Era Marco, uno de sus clientes más habituales. Le preguntó si podía pasar a verlo, porque algo le sonaba al motor de su auto cada que aceleraba. Rodrigo le dijo que sí, que pasara la hora que quisiera porque el día estaba tranquilo. Marco llegó por la tarde. Se saludaron como siempre. Rodrigo le preguntó por su familia, por el trabajo y por sus hijos. Abrió el cofre, encendió el motor, escuchó, aceleró un poco, revisó las bandas, los niveles, las mangueras, todo. Lo apagó y lo volvió a encender. Caminó alrededor del carro, agachándose para revisar por debajo. Nada. Pues no sé qué escuches porque todo está bien. Marco no se movió. Se quedó parado junto al cofre abierto mirando el motor. Estaba pensativo. Rodrigo le preguntó si se encontraba bien o si necesitaba algo. Marco se acercó a Rodrigo y le dijo...«Mira, te voy a decir esto porque me caes bien. Tienes que irte con tu esposa ya, pero ya». Le tronó los dedos. Rodrigo pensó que se trataba de una broma o algo similar.«No le digas a nadie que te lo dije, pero hazlo ya». Al final le gritó. Rodrigo estaba atónito y le preguntó qué estaba pasando. Marco tardó unos segundos. Miró hacia la calle, hacia los dos lados, revisando que no hubiera nadie cerca. Te vi en un grupo con tu esposa. Un grupo. Los he visto varias veces. Hay gente que lleva meses esperando lo más caro del menú y se los van a dar. Pero...¿Qué quieres decirme? No te entiendo nada. Marco lo miró a los ojos. Ustedes, Rodrigo. Ustedes son el pastel de bodas. Y lo piensan partir el próximo día de... No
SPEAKER_00cerrar
SPEAKER_01las puertas. Merenice y Rodrigo escaparon esa misma madrugada. dejaron la mayor parte de sus cosas en la casa, porque empacar llamaba la atención y cualquier movimiento raro podía llegar al grupo antes de que ellos estuvieran en otro lugar. Semanas después, Rodrigo recibió un mensaje sin texto, solo con un par de imágenes. La primera era una captura de pantalla del último en vivo en el que apareciera. La segunda, una fotografía de ellos dos caminando por la calle, tomada justo antes de entrar a su casa, ese mismo día. Nos siguieron, JM, o alguien del grupo vivía cerca de nosotros y nos se dio un Se movieron de nuevo. Una vez más y otra vez más. Esta vez sin decirle nada a nadie, ni a sus familias. Berenice me dijo que cambian sus teléfonos constantemente y que llevan meses sin publicar en redes, sin usar tarjetas y sin dar su dirección. Y que, todavía, uno de los dos se despierta en la noche y lo primero que hace es escuchar, verificar si hay pasos y asegurarse que todo absolutamente está todo esté cerrado. También me comentó que han conseguido información y que saben que el grupo sigue activo, que Don Fulgencio sigue en su puesto con su mandil verde, vendiendo jitomate y nopal, regalando cilantro y observando a sus clientes llegar con sus bolsas, con sus problemas, con sus caras de quién saben qué están pensando. Gracias por acompañarme en un episodio más de Turno Nocturno. Si tienes una historia que quieras compartir, ya sabes a dónde enviarla. Y esta noche, antes de dormir, revisa bien tu puerta. Asegúrate de que el seguro esté puesto y la cadena esté corrida. Pero si escuchas pasos en la sala, corre y no mires atrás.