Turno Nocturno

Llamé al número que soñé y "algo" respondió | Historia real | S01/E11

JM Season 1 Episode 11

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Mensaje directo a JM (Voz/Texto)

¿Qué pasa si tu vida no es exclusivamente tuya? 

En este episodio de Turno Nocturno, presentamos el escalofriante testimonio de Elena, una mujer que en la Guadalajara de los años 90 descubrió que su identidad no le pertenecía. Al marcar un número telefónico que apareció en un sueño, se encontró a sí misma viviendo su rutina en tiempo real, pero desde el otro lado del cable. 

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El contenido de Turno Nocturno se basa en testimonios y relatos reales enviados por la audiencia; sin embargo, con el fin de proteger la privacidad, seguridad e integridad de los involucrados, se modifican nombres, ubicaciones y detalles específicos de las historias. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos reales más allá de los testimonios recibidos, es mera coincidencia. Las opiniones expresadas no reflejan necesariamente la postura de este podcast. Este programa tiene fines de entretenimiento y puede incluir descripciones de violencia o situaciones perturbadoras no aptas para menores de edad o personas sensibles, por lo que se recomienda discreción. 

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Imagina que escuchas un timbre en la habitación de al lado. Sabes que no hay nadie más en casa, pero el sonido persiste, metálico y urgente, reclamando tu atención. Te acercas, levantas el auricular y, antes de que puedas decir una palabra, escucha tu propia voz saludándote desde el otro extremo. En los años 90, en México, tener una línea telefónica en casa no era un trámite. Era todo un evento. Eran tiempos de cables enredados, de guías telefónicas gruesas como ladrillos y de esa voz desconocida que, a veces, se cruzaba en la línea por un error técnico. Pero,¿qué pasa cuando la voz que se cruza no es la de un extraño?¿Qué pasa cuando marcas un número que te dieron en un sueño y, al otro lado, alguien descuelga y respira con tus propios pulmones? Esta es la historia de Elena, una seguidora de este podcast que vive en Guadalajara, Jalisco. Ella guardó este secreto por 30 años, convencida de que, si lo decía en voz alta, el hilo que sostiene su realidad terminaría por romperse. Porque Elena no habló con un fantasma ni con un demonio.

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Habló consigo misma.

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En Turno Nocturno hemos contado historias que se desprenden de las paredes. Pero lo que le pasó a Elena es un horror que se mete en lo que más valoras. Tu propia identidad.¿Qué harías si descubres que hay alguien viviendo exactamente tu misma vida, compartiendo tus mismos recuerdos y tus mismos objetos, pero al otro lado de un cable de cobre? JM,¿cómo te explico? Sentía que el teléfono era una especie de... cordón umbilical que se me unía a algo que me conocía incluso mejor

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que yo

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misma? Soy JM y lo que vas a escuchar hoy le sucedió a Elena a inicios de los 90 después de mudarse de casa. Todo comenzó con un sueño. En él la visitaban los técnicos quienes le daban su nuevo número de teléfono. El 36 14 55 89 Elena despertó con el número grabado en la mente. Lo escribió en un papel, lo colocó en una vieja agenda y lo olvidó dentro de un cajón. Un par de meses después, instalaron, al fin, su línea. El número, por supuesto, era uno distinto. Ella estaba emocionada por el suceso y, cuando los técnicos se retiraron, buscó rápidamente su agenda para llamar a su familia. La abrió y, sobre sus piernas, cayó. un papelito doblado. Lo abrió y ahí estaba, garabateado el 36 14 55 89.¿Y si llamo? Levantó el auricular y marcó. Apaga la luz, deja que la oscuridad tome su lugar y escucha con atención. Porque turno nocturno acaba de comenzar. Turno nocturno¿Al tercer timbrazo?¿Bueno? Alguien respondió. Elena colgó de inmediato. No se atrevió a hablar. Pero la curiosidad la hizo marcar de nuevo. Y, una vez más, al tercer timbrazo.—¿Bueno? Elena notó un tono familiar en la voz. Parecía una vecina, una señora educada. Le preguntó si llamaba al número 36145589 y la mujer confirmó con una amabilidad que, por alguna razón, le revolvió el estómago. Empezamos a hablar de forma normal sobre cualquier cosa, el clima, las noticias, lo que sea, pero yo, yo me sentí inquieta, y más cuando noté que la mujer decía frases que yo suelo decir, usaba palabras que repito mucho y que la misma gente me dice que son típicas de Elena. Poco a poco, la conversación se volvió un interrogatorio.

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—¿Usted es de por aquí?

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—preguntó Elena.—Sí, de toda la vida—respondió la mujer. No cambiaría Guadalajara por nada. Y por eso estoy aquí sentado en la sala, viendo cómo entra el sol por el ventanal de madera. Ese sol de las doce que me encanta. Elena sintió un escalofrío. Ella estaba sentada en la sala, viendo exactamente lo mismo.¡Qué coincidencia! Mi ventana también es de madera. Oiga,¿y qué más está haciendo? Ay, hija, pues aquí, perdiendo el tiempo, queriendo arreglar este descocido de la manga de mi vaca azul, me pica el brazo el roce de la tela, y ya no lo soporto, creo que ya hasta me sacó ronchitas. Elena bajó la mirada. Ella también tenía puesta la bata azul y también amaneció con ronchitas. De hecho, antes de abrir la puerta a los técnicos para que instalaran su línea, se rascó el brazo y pensó en que ya debía coser el dobladillo de la manga. Oiga, insistió Elena, apretando el cable enregado del teléfono. Perdóneme, pero tengo que colgar. Creo que no está bien cerrada la llave de la cocina y esa bota no deja de caer. La mujer soltó una risita seca. Una que Elena reconoció como su propio gesto cuando está nerviosa. No es la tubería, hija, respondió la voz. Es el calentador que ya está viejo. Tienes que darle un golpe para que deje de gotear. En mi casa sucede lo mismo y justo... Elena escuchó un golpe.

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Justo acabo de resolverlo.

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Elena sintió que las piernas le fallaban. Ella sabía que era el calentador. Se lo dijeron cuando compró la casa y acababa de escuchar un golpe que hizo que la gota dejara de caer. Eh, sí, eso haré, señora. Respondió con la respiración cada vez más cortada. Y ya que somos nuevas amigas,¿qué tal estuvo su día ayer? Porque el mío estuvo muy bien.¿Fui? Sí, sí. Le interrumpió. Y esta vez el tono cambió por uno de confianza absoluta. Ayer fuimos a ver El silencio de los inocentes, la película que acaba de estrenar. Por cierto, olvidé el boleto dentro del bolsillo derecho de mi abrigo, ese que cuelgo detrás de la puerta. Voy a sacarlo porque lo doblé en cuatro y quiero guardarlo. Elena sintió un vacío en el estómago. Soltó el auricular por un segundo. dejándolo colgar del cable mientras sus pies la llevaban, casi por instinto, hacia la puerta de entrada. El abrigo café estaba ahí. Metió la mano en el bolsillo derecho y sus uñas rozaron un papel áspero. Lo sintió y lo movió con los dedos. Luego lo sacó. Era el boleto de la función de las ocho de la noche, doblado exactamente en cuatro partes. Olía a palomitas. Regresó al teléfono con el boleto estrujado en el puño y supo que ya no podía colgar. Tenía que saber quién o qué estaba viviendo su vida, así que decidió ir por todo. Ya hemos platicado un buen rato, señora, y aún no sé su nombre. La otra mujer no respondió de inmediato. Se escuchó el roce de la tela de la bata, el sonido de alguien acomodándose en un sofá que crujió igual que el de Elena.¿No lo sabes ya? Preguntó la voz con una ternura que resultaba inquietante. Elena soltó un sollozo ahogado. Hubo un silencio denso, un silencio que parecía durar siglos, y entonces la respuesta llegó en un susurro pausado, casi amoroso, como si estuviera hablando con un niño que por fin aprende a caminar.

UNKNOWN

Sí, soy yo.

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Me llamo Elena.

UNKNOWN

Al fin me llamas.

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Sabía que lo harías hoy. Necesitaba encontrar el truco. Esto no podía ser real y podría ser una broma de alguien más que quería hacerle pasar un mal rato. Elena, la de este lado de la línea, le preguntó cosas personales que nadie más podría saber. El nombre de su primera mascota, el moño que tenía cuando se la regaló su padre, el color del vestido que usó en su graduación, el lugar exacto donde escondía el dinero para emergencias. La mujer, al otro lado, respondió todo, sin dudar. Me dijo que me había dado cuenta de que la bata azul tenía la manga descocida desde hace una semana, pero que no la había arreglado porque no encontraba la aguja que dejé en el cajón de la cocina después de surcir mi falda rosa. Fui al cajón y ahí estaba la aguja. No sé cómo, pero ella de alguna manera lo sabe todo y está aquí conmigo. Elena regresó y tomó el auricular. Sintió que su casa, por primera vez, se había convertido en un lugar extraño y ya no le pertenecía. La otra Elena le habló.

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«Hija,¿estás ahí?»

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Me gustó mucho platicar contigo, pero ya tengo que salir. Voy a Plaza Patria. Elena colgó, o más bien aventó el auricular que golpeó la base de plástico y cayó. Tenía la mano entumecida. Las paredes de su propia sala se cerraban sobre ella. Ahora, los muebles que ella misma había elegido le resultaban ajenos, como si fueran la escenografía de una obra que ya no protagonizaba. Recordó, con esa sensación extraña en el estómago que crecía, que tenía una cita en el banco. Sí, el de Plaza Patria, a la que, por cierto, iba tarde. Me vestí como pude. Mis manos no me obedecían. Y no me lo vas a creer, pero no quise mirarme al espejo. Sentí algo extraño cuando pasé frente de él. Así que salí corriendo. Pasó por la sala dejando el auricular suspendido del cable y azotó la puerta tras de sí. Afuera, cruzó la calle y se llevó la mano a la bolsa mientras, con la mirada buscaba un taxi. Olvidó las llaves. Las veía claramente en su mente. Estaban justo al lado del teléfono. Las miró de reojo mientras escuchaba a esa mujer describir su propia bata azul. Elena corrió de nuevo al cruzar la calle con la esperanza absurda de que la puerta no hubiera cerrado bien. Pero no fue así. Me detuve frente a la puerta y miré el timbre. Busqué dentro de mi bolsa de mano, revolví todo y... No, no estaban las llaves. De pronto, escuché el sonido de pasos. Pasos lentos, seguros. Se escuchaban pesados, como si arrastraran algo. Venían desde la cocina de mi casa y avanzaban hacia la entrada. El cerrojo giró con una suavidad metálica que Elena conocía de memoria. La puerta se abrió apenas unos centímetros, dejando salir un aroma a café recién hecho, el mismo que había preparado esa mañana mientras esperaba a los técnicos. La puerta se entreabrió y vi el rostro de esa mujer que... era yo. Llevaba mi bata azul. Me miró a los ojos, sonrió y me puso las llaves en la palma de las manos. Estaban tibias. El descocido de la manga ya no estaba. El surcido era invisible, impecable. Me dijo... A mí también se me olvidan las cosas, y más cuando voy deprisa. Luego cerró la puerta. Escuché el seguro pasar y me quedé ahí sola, con las llaves en la mano, preguntándome qué acababa de pasar. Elena nunca volvió a marcar el 36-14-55-89. Nos cuenta que se mudó un tiempo a la Ciudad de México para dejar atrás lo que sucedió esa mañana. Y cuando regresó a Guadalajara, tardó meses en sentir que su propia casa le pertenecía. Hay un detalle que debo mencionar. Elena dice que ha empezado a perder detalles de su vida. Olvida dónde compró ropa, qué cenó, nombres de personas e incluso sus rostros. Como si su historia se estuviera escribiendo desde dos lugares distintos. Gracias por acompañarme en este episodio de Turno Nocturno. Si tú tienes una historia que te haga dudar de la solidez de tu propia vida, o si alguna vez has sentido que los objetos en tu casa cambian de lugar cuando no los miras, envíame tu testimonio. Aquí le damos voz a lo que la lógica prefiere callar. Si este episodio te gustó, compártelo, comenta y mándaselo a alguien más. Pero hazlo con cuidado. No todos están listos para entender que la realidad es mucho más frágil de lo que parece. Antes de irnos, una última observación. Mañana, cuando te despiertes y hagas tu rutina de siempre, presta atención. Si encuentras un objeto arreglado que tú no reparaste, o si escuchas que alguien termina tus frases antes de que lo digas, no te asustes. Quizás te estás poniendo al día contigo mismo. Cierra cortinas. Acomoda tus reflejos, respira hundo o no. Y recuerda, si aún escuchas algo, corre y no mires atrás.