Turno Nocturno
Turno Nocturno es un Podcast de historias de terror, horror psicológico y misterio narrado por JM a partir de los testimonios y grabaciones reales que recibe de personas que han vivido de cerca lo inexplicable. Sé que hay algo que no has contado por miedo a que no te crean. Aquí sí te creemos. Envía tu testimonio a contacto@turnonocturno.mx
Y recuerda: si escuchas algo, corre... y no mires atrás.
Turno Nocturno
Esa mañana desayuné con un fantasma | Historia real | S01/E10
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¿Qué pasaría si alguien pudiera entrar en tu vida, ganarse tu confianza y luego... simplemente no existir? En este episodio de Turno Nocturno, JM nos presenta el escalofriante testimonio de Camila, una joven en Santiago de Chile cuya rutina cambió por completo tras recibir un simple emoji en Instagram. Lo que comenzó como una conexión digital perfecta con un chico llamado "Diego", se transformó en una pesadilla que desafía las leyes de la realidad.
ADVERTENCIA: Después de escuchar esto, no volverás a ver tus notificaciones de la misma manera.
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El contenido de Turno Nocturno se basa en testimonios y relatos reales enviados por la audiencia; sin embargo, con el fin de proteger la privacidad, seguridad e integridad de los involucrados, se modifican nombres, ubicaciones y detalles específicos de las historias. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos reales más allá de los testimonios recibidos, es mera coincidencia. Las opiniones expresadas no reflejan necesariamente la postura de este podcast. Este programa tiene fines de entretenimiento y puede incluir descripciones de violencia o situaciones perturbadoras no aptas para menores de edad o personas sensibles, por lo que se recomienda discreción.
Hay un tipo de miedo que no viene de la oscuridad, sino de la luz, de la luz fría de una pantalla. Del brillo que te deja la retina marcada cuando apagas el celular y te quedas viendo… nada. De la manera en que un hombre aparece todos los días en tu barra de notificaciones y, sin darte cuenta, empieza a ocupar un lugar en tu rutina. Porque uno se acostumbra a los mensajes, a los audios, a las reacciones, a ese buenos días que llega justo cuando te estás lavando los dientes. A ese ya comiste que cae como si alguien te mirara desde un balcón invisible. Y entonces, un día, el nombre desaparece. Esta historia me la mandaron hace algunos días y es un testimonio que perturba por lo sencillo. Porque empieza como empiezan casi todas las historias de ahora. Con un mensaje en Instagram. Y termina con una pregunta que te deja la garganta seca.¿Qué pasa si alguien puede entrar en tu vida y luego no existir? En Turno Nocturno hemos contado historias donde el horror tiene uñas, tiene dientes, tiene sombra. Historias donde algo toca la puerta, se sube a la cama y te respira en la cara. Pero esto, esto es diferente. Porque aquí no hay una entidad con forma definida. No hay una casa, ni un altar o brujería oculta detrás de la cabecera de la cama. Aquí hay un fenómeno que se mete donde más confiados estamos. Lo cotidiano y en nuestra parte normal de nuestra vida digital. Quédate conmigo. Esta noche vamos a reconstruir una conversación que existió durante meses, hasta que un día, después de un terremoto, se partió en dos. Y vamos a llegar al instante exacto en que una mesera le dijo a quien nos envió su testimonio una frase simple, pero devastadora.¿Va a
SPEAKER_01seguir
SPEAKER_00esperando a alguien más? Soy JM y lo que vas a escuchar hoy es el caso de una chica que vive en Santiago de Chile a la que voy a llamar Camila. Ella me escribió para contarme algo que todavía la persigue, no con pesadillas, sino con una desconfianza permanente hacia su propio recuerdo. Lo único que pide es que alguien le crea, porque cuando intentó explicarlo a sus conocidos, la gente empezó a sonreír con esa cara de ya, ya, solo te confundiste. Como si lo que vivió pudiera explicarse con un seguro fue un perfil falso o alguien te quiso hacer una broma. Pero Camila estuvo ahí, lo vio, lo escuchó y lo más perturbador se sentó frente a él. Apaga la luz, deja que la oscuridad tome su lugar y escucha con atención. Porque turno nocturno, Acaba de comenzar. Camila me dijo que todo empezó con algo pequeño, una historia de Instagram. Ella subió una foto cualquiera, una taza de café de una mañana común. Y le reaccionó un chico con un emoji, simple, neutral, una carita sonriente. Camila no es de esas personas que se enganchan fácil. Me lo dejó claro, incluso con vergüenza, como si anticipara el juicio. No soy ingenua, ni fácil de manipular. Nunca respondo mensajes por inercia ni convierto cada reacción en conversación. Estoy acostumbrada a ignorar emojis sueltos, saludos genéricos y perfiles que aparecen de la nada intentando sacarte algo o estafarte. Pero ese chico, vamos a llamarlo Diego, tenía algo. Cuando aquel emoji apareció en su historia de Instagram no significó nada, al principio. Lo que llamó su atención fue lo que vino después. Un mensaje breve, preciso, que no comentaba su aspecto ni intentaba halagarla, como muchos otros. Era una observación mínima sobre la imagen, algo que solo alguien que había mirado con atención habría notado. El reflejo en la ventana, detrás de la taza, no correspondía del todo con la hora que Camila había escrito en la historia. Le dijo que parecía más temprano, como si la foto se hubiera tomado antes de que la ciudad terminara de despertar. Camila volvió a mirarla y sintió una incomodidad leve. Él no solo había visto la imagen, la había analizado y la había observado el tiempo suficiente como para cuestionarla. Camila respondió, más por curiosidad que por interés, sin saber que ese pequeño intercambio iba a abrir una conversación que ya no se cerraría con facilidad. Diego parecía una persona normal. Tenía fotos, tenía amigos, tenía comentarios, tenía historias guardadas, tenía vida y, como lo describió con el tiempo, muy buena conversación. Nunca empujaba el diálogo ni buscó acelerar nada. Dejaba pasar el tiempo, retomaba el hilo horas o días después como si no tuviera prisa. Hablaba de cosas cotidianas, de rutinas, de gustos, de detalles aparentes inútiles que, poco a poco, fueron construyendo confianza. Camila me escribió. Me gustaba mucho hablar con él. Fue la primera vez en meses que sentí que alguien hablaba conmigo para formar una buena amistad. Con el paso de los días, el intercambio dejó de sentirse como un chat más. Se volvió un espacio constante, un lugar al que Camila entraba sin pensarlo, sin darse cuenta de que estaba empezando a confiar en alguien cuya presencia ya formaba parte de su día, incluso antes de haberlo visto. El texto fue cambiado por audios, algo más cercano, más personal, con risas, lágrimas y confesiones. Y aquí hay un detalle que Camila repite varias veces. La voz. Dice que la voz de Diego era normal, una voz que podría ser de cualquiera y eso para ella fue tranquilizador, aunque en retrospectiva ella encontró algo distinto, su manera de respirar al hablar. En los audios había pausas que no parecían pensadas, pequeños silencios donde el aire entraba con dificultad, como si Diego tuviera que medir cada frase antes de soltarla. Camila pensó, sin darle importancia, que quizá tenía asma o algún problema respiratorio leve. Nada alarmante, solo ese tipo de detalle que uno registra y deja pasar. Con el tiempo, incluso le pareció que esa respiración contenida explicaba otros rasgos de él, como mandar audios cortos y hacer preguntas tan precisas, de esas que no admiten respuestas vagas ni un simple jaja. Él siempre se acordaba de los detalles un examen un resfriado el nombre de una calle lo que poco a poco hizo que los audios se convirtieran en una especie de habitación una habitación donde entraban todos los días durante meses duramos hablando lo suficiente como para que mi celular ya supiera su nombre de memoria lo escribía y se autocompletaba entonces como pasa en estas situaciones, llegó el momento inevitable.¿Y si nos vemos para desayunar juntos? Le preguntó Diego. Me emocioné porque iba a verlo después de tantos audios y mensajes. Ponerle cuerpo real a esa voz me parecía importante. No era ilusión romántica ni nada por el estilo. Era confirmar que la persona con la que había hablado tanto estaría frente a mí. Eligieron una cafetería sin historia, sin fama, sin encanto particular. De esas que abre Antes de que el resto de la ciudad comience a moverse, el lugar les quedaba bien a ambos. Era un punto neutro donde nadie tendría que justificar su presencia en un encuentro breve, fácil de abandonar si algo no funcionaba. Camila llegó primero. Me dijo que era temprano, pero no estaba del todo oscuro. Los autos pasaban sin prisa. Había pasos aislados y persianas levantándose a medias. La cafetería ya estaba abierta. Entró y eligió una mesa desde la que podía ver la entrada. Un gesto automático, aprendido con los años. Pidió algo sencillo para esperar, café y pan. Colocó el teléfono boca abajo sobre la mesa y esperó. Mientras lo esperaba, tuve la sensación absurda de que ya había estado ahí antes, sentada en esa mesa, mirando hacia la misma puerta, solo que no recordaba cuándo. Poco a poco, todo empezó a estirarse, a volverse extraño, como si los minutos no avanzaran en línea recta. Camila notó, entonces, la mirada de la mesera, breve y medida, con esa cortesía mecánica de quien no quiere incomodar, pero tampoco perder una mesa ocupada sin consumo adicional.¿Y entonces? Entró. La campanilla de la puerta sonó. Pasos. El roce seco de una silla al moverse. Era Diego. Camila lo reconoció de inmediato. Caminaba como en sus videos. Iba vestido de manera simple. Camisa oscura, sin arrugas, pantalón recto, zapatos limpios pero gastados. Nada llamativo ni fuera de lugar. Se saludaron. Hubo un abrazo afectuoso, sincero. Los Los dos se observaron lo suficiente para confirmar quiénes eran y que el encuentro era real. Conversaron largo rato. Camila recuerda que Diego pidió chilaquiles y ella omelette. Él rompía el pan con los dedos en lugar de usar el cuchillo. Acomodaba la cuchara perfectamente paralela a la taza y, al sonreír, bajaba la mirada un segundo antes de volverla a ver. Había conexión. JM, estos detalles son cosas pequeñas, pero son las que la mente guarda cuando algo te agrada. La conversación fluyó con una naturalidad que a Camila le sorprendió. No hubo ese tanteo incómodo del primer encuentro ni la necesidad de rellenar silencios. Hablaron como si la plática ya estuviera empezada desde antes, retomando temas que habían quedado suspendidos en Instagram, riéndose en los mismos puntos y reconociéndose con gestos mínimos. No hicieron promesas ni planes. Aún así, había una ligereza compartida, una calma limpia que solo aparece cuando dos personas confirman, sin decir no, que la conexión que existía en una pantalla también sabe existir. existir en el mundo real. En algún punto, Diego le dijo que tenía que irse, que entraba a trabajar y que no podría llegar tarde. Camila se despidió con naturalidad. Diego dejó el dinero de la cuenta sobre la mesa, se levantó y salió. La campanilla volvió a sonar cuando la puerta se cerró detrás de él. Camila se quedó unos minutos más, terminándose el café, sin prisa Con esa sensación de...¿Qué bien estuvo? Que dejan algunos encuentros. Recuerdo haber pensado que el día ya había cumplido. Y apenas comenzaba.¿Y entonces? La tierra se movió.¿Y entonces? La tierra se movió. Las tazas vibraron como si algo las golpeara desde abajo. Camila vio cómo las lámparas se balancearon y el café se derramó en onda sobre la mesa. Gente gritando, sillas arrastrándose y ese sonido que se queda grabado para siempre. El de un edificio crujiendo como si tuviera huesos. Camila se levantó y salió corriendo del lugar. Cuando llegó afuera, todo transcurría con normalidad. Miró a la cafetería extrañada y dentro del local el ambiente se encontraba como si nada hubiera ocurrido. Pensó que el sismo no había sido tan fuerte como para obligar a salir a los demás. Después, Camila regresó a la cafetería. Volvió a sentarse en su mesa y terminó su café casi por inercia, con las manos todavía un poco temerosas. Traté de calmarme, JM. Diego ya se había ido. El desayuno había pasado. Todo estaba aparentemente en orden, así que, salvo por el susto, el día debía seguir su curso. Recibió una llamada. Era Diego. Camila sintió alivio inmediato. Ese alivio sencillo y automático que aparece cuando alguien confirma que está bien. Contestó. Diego sonaba... desesperado. Su voz tenía ese tono específico de quien lleva demasiado tiempo dentro de un coche, rodeado de claxon, motores y paciencia agotada. De fondo, se escuchaba la ciudad. Tráfico detenido, voces lejanas. Un mundo que seguía avanzando con dificultad. Y entonces, le dijo algo que... En ese momento, Camila no entendió. Perdón Camila, hay mucho tráfico y es imposible avanzar. Tenía muchas ganas de verte hoy, discúlpame de verdad por no haber podido llegar a nuestro desayuno. Camila se quedó en silencio, esperando el remate, la broma tardía o cualquier cosa que acomodara esa frase en un lugar
SPEAKER_01lógico.
SPEAKER_00Pero Diego continuó hablando. Sí, sí, lo acepto. Salí tarde de mi casa. Es que... me quedé dormido, pero todo se complicó después del temblor.¿Lo sentiste? Llevo rato atrapado, sin poder avanzar. Te juro que intenté llegar, pero es demasiado tarde y... y ya sabes, debo llegar al trabajo.¿Me entiendes, verdad? Primero... Se vino la confusión, luego una molestia seca, inmediata. Camila acababa de verlo, había hablado con él, se había sentado frente a él, había desayunado junto a él y en la mesa estaba el dinero de la cuenta que Diego dejó.
UNKNOWN¿Se está burlando de mí?
SPEAKER_00Con cuidado, como que no quiere provocar una discusión absurda, Camila le dijo que sí había llegado, que habían estado juntos y que habían desayunado en la misma mesa. Del otro lado de la línea, Diego hizo una pausa.¿Cómo? No, no he llegado a la cafetería. Iba en camino cuando ocurrió el temblor y sigo atrapado en el tránsito. De hecho, estoy un poco retirado. La llamada se cortó. Camila se quedó mirando el celular apagado con la sensación de saber que algo no encaja. Y entonces, como si la realidad decidiera darle un empujón más, se acercó a la mesera. Le sonrió e, incómoda, le dijo... Perdón, señorita,¿va a seguir esperando a alguien más?¿Va a ordenar algo? Es que ya lleva mucho rato aquí y no ha pedido más que café y pan. Camila observó la mesa. Estaba limpia. Solo su taza de café, el pan y el mantel. Sin manchas. No había rastros del desayuno ni el dinero de la cuenta que Diego dejó.¿Cómo pudo decirme eso si Diego estuvo aquí y desayunamos juntos? Con el pulso todavía irregular, decidió hacer una videollamada a Diego. le contestó de inmediato. La imagen tardó un segundo en acomodarse y, cuando lo hizo, Camila lo vio. Estaba dentro de un coche, detenido en medio del tránsito, con esa luz gris de ciudad rebotando contra el parabrisas y borrando los contornos del exterior. El ruido de fondo, motores encendidos, claxon lejano, voces que no se distinguían, era continuo y real. Diego movía la cámara sin dar con torpeza, como lo hace la gente que no está actuando. A veces la imagen se le iba al techo y regresaba a su rostro cansado, fastidiado y ligeramente sudado. Diego se disculpó de nuevo por no poder llegar, pero en esta ocasión lo dijo con una resignación tranquila, como si ya hubiera aceptado que ese encuentro, su primer encuentro, no iba a suceder esa mañana. Camila, sosteniendo el teléfono frente a ella, sintió como algo se le enfriaba lentamente en el estómago, porque no había nada falso en lo que veía. El rostro era el mismo, la voz era la misma, la forma de respirar incluso era la misma. Todo coincidía, excepto... La ropa de Diego y... la historia... Pamila insistió, le dijo que lo había visto, que habían estado juntos y que habían desayunado. Diego la escuchó sin interrumpir y, cuando respondió, solo confirmó que estaba atrapado en el tránsito. De nuevo, la videollamada se cortó. Camila se quedó mirando la pantalla de su teléfono y pensó. Tengo pruebas. Abrió Instagram, buscó el chat, buscó el perfil, buscó el contacto. Abrí la bandeja de mensajes convencida de que el chat estaría, pero no. Deslicé hacia abajo, pensando que se había movido entre conversaciones más recientes. Era lo lógico, era lo normal, pero no estaba. Simplemente había desaparecido. Buscó el nombre con cuidado, letra por letra, esperando ese pequeño retraso antes de que la búsqueda arrojara resultados. No apareció nada. Intentó con el usuario, con variaciones mínimas, como si el error pudiera estar en ella. Nada. Recorrió la lista de seguidores, luego la de seguidos, después las solicitudes, convencida de que, en algún punto, iba a surgir. Pero no. Diego jamás había estado ahí. Jamás había sido su contacto. Jamás le había escrito. Como si esos meses no hubieran ocurrido. O peor aún, como si hubieran ocurrido en un lugar que ya no existía. Camila empezó a sudar. La mesera la miraba. Decidió buscar en las llamadas recientes. Y sí, ahí estaba la llamada con Diego, ocupando su lugar con la duración correcta. Pero cuando Camila intentó tocar el registro... No sé cómo explicarlo. Cuando intenté llamarlo de nuevo tocando el registro, se deshizo frente a mí. Buscó entonces en otras aplicaciones. Revisó WhatsApp, revisó audios, revisó archivos guardados, capturas de pantalla. Te lo juro, JM, no había nada. Sentí como si me hubieran arrancado una parte del día o, mejor dicho, de mi vida. Días después volvió a la cafetería intentando comprobar que no estaba perdiendo la razón. Repitió el trayecto casi de memoria, pidió exactamente lo mismo y se sentó en la misma mesa. Cuando llamó a la mesera, lo hizo con cautela. Le preguntó si la recordaba. La mesera la miró unos segundos, ligeramente confundida. También le insistió. Le dijo que había estado ahí, que había quedado de verse con alguien y que había pasado un buen rato en esa misma mesa. La mesera tardó un momento en responder y, cuando lo hizo, cambió su expresión.«Ay, sí, tú eres la que estuvo sola un buen rato. Me dio cosa hablarte de nuevo. También me han dejado plantada y se siente muy feo. Lo siento mucho». Camila sintió que le zumbaban los oídos. Le preguntó si estaba segura. Se había estado sola todo el tiempo. La mesera asintió. Camila intentó describir a Diego. Cómo vestía, cómo caminaba, dónde se había sentado. La mesera negó con la cabeza. No recordaba a nadie más. No recordaba que alguien hubiera entrado a acompañarla. Solo recordaba a Camila, sentada, esperando. Y hablando sola.
SPEAKER_01Turno
SPEAKER_00Nocturno Cuando pensamos en lo paranormal, casi siempre miramos hacia atrás. Pensamos en casas viejas, en caminos solitarios, en lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Pero el horror más reciente no vive ahí. Vive en espacios diseñados para ser familiares. Tiene interfaz, tiene botones, tiene horarios de conexión. Vive en un pisto que aparece a una hora exacta y en una conversación que parecía tan real como cualquier otra. Desde entonces, abre pocas veces Instagram y cuando lo hace tiene la sensación de que algo sigue ahí observándola desde un lugar que ya no ve. Como si Diego no hubiera sido exactamente una persona, sino una presencia con forma humana. Usando la plataforma como una manera de entrar y de salir. Gracias por acompañarme en este episodio de Turno Nocturno. Si tú tienes una historia real o algo que todavía no sabes cómo nombrar y sientes que necesitas decirla para no cargarla solo, envíamela. Si este episodio te dejó inquieto, comparte, comenta y mándaselo a esa persona que siempre dice que eso no pasa. Porque lo verdaderamente peligroso no es tener miedo sino creer que todo está bajo control y antes de irnos una cosa más si después de escuchar esto recibes un mensaje de alguien que no sabes quién es o que no recuerdas haber seguido y te habla como si ya te conociera mira bien no sólo el perfil también cómo escribe que asume que da por hecho y sobre todo no entregues tu rutina tus horas tu confianza sin guardar una prueba de que él estuvo allí. Cierra cortinas, acomoda tus reflejos, respira hondo o no. Y recuerda, si aún escuchas algo, corre y no mires atrás.