Turno Nocturno
Turno Nocturno es un Podcast de historias de terror, horror psicológico y misterio narrado por JM a partir de los testimonios y grabaciones reales que recibe de personas que han vivido de cerca lo inexplicable. Sé que hay algo que no has contado por miedo a que no te crean. Aquí sí te creemos. Envía tu testimonio a contacto@turnonocturno.mx
Y recuerda: si escuchas algo, corre... y no mires atrás.
Turno Nocturno
Tres entregas que nadie quiso tomar | Historias reales | S01/E03
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En este episodio de Terror Nocturno, JM abre tres relatos reales enviados por repartidores que trabajaban en la noche. Tres entregas que parecían normales… hasta que algo imposible ocurrió detrás de cada puerta: un pedido forzado por la app a una casa abandonada y algo aterrador que se escucha desde adentro; una niña recibe la comida en un piso que no existe y un cliente pide siempre la misma comida a la misma hora y deja la misma propina.
Si has repartido comida, si has pedido algo de noche… o si alguna vez sentiste que alguien te observaba desde una ventana oscura, este episodio te va a acompañar incluso cuando apagues la luz.
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El contenido de Turno Nocturno se basa en testimonios y relatos reales enviados por la audiencia; sin embargo, con el fin de proteger la privacidad, seguridad e integridad de los involucrados, se modifican nombres, ubicaciones y detalles específicos de las historias. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos reales más allá de los testimonios recibidos, es mera coincidencia. Las opiniones expresadas no reflejan necesariamente la postura de este podcast. Este programa tiene fines de entretenimiento y puede incluir descripciones de violencia o situaciones perturbadoras no aptas para menores de edad o personas sensibles, por lo que se recomienda discreción.
Hola, bienvenidos a un episodio más de Turno Nocturno Soy JM, y esta noche voy a abrir contigo tres expedientes que resuenan, resuenan cuando la ciudad está dormida y solo quedamos tú, yo, y lo que se mueve en la oscuridad. Cada día recibo mensajes de ustedes, seguidores que han vivido cosas que nadie más podría comprender. Hay quienes trabajan en hospitales, quienes manejan trailers de madrugada, quienes cuidan 3 testimonios. De tres ciudades distintas. De tres repartidores nocturnos que no se conocen entre sí y describen lo mismo. Pedidos extraños. Direcciones imposibles. Personas que no deberían existir y encuentros que les cambiaron la forma de mirar la noche. Así que vamos a escuchar lo que ellos escucharon. A ver lo que ellos vieron. El primer caso me lo envió Alejandro de la Ciudad de México. Cuando me escribió, usó un mensaje muy simple. JM, si no cuento esto, siento que esa casa va a volver a buscarme. él llevaba varios años repartiendo comida y había visto de todo clientes borrachos perros sueltos edificios sin luz colonias donde mejor no detenerse pero nunca algo así alejandro estaba iniciando su turno no era muy tarde para él pues rondaban las 11 de la noche llovió prácticamente todo el día por lo que las calles estaban vacías y la aplicación le pagaba un extra por pedido era ese tipo de noches que huelen a tierra mojada se detuvo en un oxxo a comprar un café y llegó el pedido dirección sin número solo la calle sin referencias y un mensaje extraño no toques deja la comida en la puerta y espera 30 segundos antes de irte alejandro pensó que alguien estaba jugando intentó rechazar el pedido varias veces pero la app no lo dejó la orden regresaba una y otra otra vez, como si alguien, al otro lado de la pantalla, estuviera presionando un botón, obligándolo a aceptar. La paga no era tan mala, así que lo aceptó. Revisó los detalles y lo primero que notó fue el nombre del restaurante, Antojitos Doña Ale, un lugar que jamás había visto en la app. No tenía fotos, ni reseñas, ni tiempos estimados de preparación. Solo un menú con un solo platillo disponible, como si el restaurante restaurante existiera únicamente para ese pedido. Sopa de hueso negro extra caliente. Cuando llegó al punto de recogida, el pedido estaba listo. La persona que se lo entregó no le dirigió la palabra. Simplemente se lo dio y se retiró. La bolsa estaba mugrosa, arrugada, con manchas gruesas y opacas, como de grasa vieja que se acumula cuando algo ha sido envuelto demasiadas veces sin limpiarse. Pero lo que más le inquietó fue el olor. No era a comida, no era a caldo. Era un aroma húmedo, como si algo hubiera sido hervido demasiado tiempo, o como si hubiera sido cocido para ocultar otro olor. Dentro de la bolsa, el recipiente estaba envuelto en dos capas de plástico. La tapa era de unicel amarillento sin logo, deformada en una esquina, como si se hubiera derretido un poco. Encima, escrito con lo que parecía un un marcador casi seco, había una frase, agitar antes de servir. Alejandro me confesó que dudó en tocarlo otra vez, porque cuando lo levantó, notó que el contenido no se movía como líquido, no chapoteaba, no sonaba a caldo, era como si algo sólido estuviera adherido al fondo, algo que, al inclinarse el vaso apenas unos milímetros, golpeaba el envase con un toc, toc, lento y espaciado. El golpe era hueco, pesado, como el de una pieza demasiado grande para ser parte de algo que uno comería, Alejandro escribió, JM, esa sopa no parecía comida, parecía cualquier cosa menos comida, y aunque intento no pensarlo más, mientras caminaba hacia la moto sentí que, dentro del recipiente, algo se movió, por sí mismo, algo adentro, se acomodó, como si hubiera estado esperando a que yo fuera por él. Alejandro cerró la maleta e inició la ruta. El GPS lo llevó a una colonia donde ya casi nadie vive. Casas viejas, ventanas rotas, paredes húmedas, el eco de sus propios pasos rebotando. Cuando llegó a la dirección, para su sorpresa, la casa estaba ahí. Sí, pero era una casa que parecía abandonada, oscura, el pasto sin cortar basura, ventanas rotas y olor a madera podrida y tierra mojada, Alejandro apagó la moto, bajó de ella y dejó la bolsa en la puerta. Retrocedió. Y fue entonces cuando escuchó los pasos. Pasos lentos desde adentro, arrastrados. Los pasos se detuvieron justo detrás de la puerta. No hablaron. Solo estaba ahí, respirando. Con el corazón acelerado, Alejandro cerró los ojos y comenzó a contar, rogando que los 30 segundos que pedía el mensaje pasaran fugazmente 1 2 3 abrió los ojos y miró al suelo no se atrevió a voltear a la puerta su celular sonó la app marcó pedido entregado propina agregada y un mensaje de quien lo solicitó gracias por alimentarme días después cerca de la misma hora recibió una notificación el mismo pedido la misma casa la misma instrucción Pero esta vez había un mensaje adicional. No corras. No sirve de nada. Alejandro dejó de trabajar de noche. Pero aún hoy, la app le sigue enviando el mismo pedido a la misma dirección, como si él estuviera destinado a alimentar a alguien por siempre. El segundo caso me lo envió Esteban de Monterrey. Él trabaja en Rappi desde hace dos años. Nunca había tenido problemas en el edificio en donde sucedió lo de su relato. Lo describe como un lugar normal. Torres nuevas, pasillos limpios, vecinos que bajan en pijama por los pedidos. Nada raro. Recuerda que aquella noche, cerca de las ocho, tomó un pedido sencillo. Una hamburguesa con papas del restaurante de siempre. uno de esos que tienen promociones entre semana nada extraño. La dirección, piso 17, departamento 1704. En cuanto lo aceptó y se dirigió por la hamburguesa, le llegó un mensaje del cliente. Si mi hija sale por la comida, désela a ella. No tenía por qué sonar raro, pero le sonaba raro, formal, distante y frío, sin ningún gracias, sin emojis, como si lo hubiera escrito alguien que no tenía prisa claro buenas noches respondió observó que el cliente estaba escribiendo algo pero nunca recibió la respuesta de todos modos recogió el pedido se dirigió al edificio se registró en el lobby y subió para realizar la entrega al llegar al piso 17 todo era normal iluminación blanca pasillos limpios y silenciosos aunque a lo lejos se escuchó escuchaba una televisión encendida nada sobrenatural nada fuera de lo común el aire acondicionado soplaba suave y caminó en dirección al 1704 que estaba al final del pasillo y entonces escuchó pasos pequeños detrás de él volteó y ahí estaba una niña que no tendría más de siete años su cabello estaba recogido y llevaba un vestido amarillo estaba descalza como si hubiera salido rápido su sonreía. Pero no como un niño sonríe cuando ve comida. Era una sonrisa, que Esteban describió como, demasiado fija, demasiado larga. Mi mamá no puede abrir, dame la comida, por favor. Le dijo con un tono que nuestro seguidor describió como, muy mandón. Esteban, sorprendido, le preguntó si vivía en el 1704. La niña asintió, pero sin levantar la mirada completamente como si no supiera exactamente qué estaba afirmando le entregó la bolsa la tomó con las dos manos la niña dio media vuelta y caminó hacia el 1704 sin correr sin saltar sin la energía normal de un niño cuando tiene frente a sí una hamburguesa esteban esperó unos segundos y observó que se detuvo al final del pasillo frente al 1704 y entró en él Era momento de irse, pero sentía que algo no marchaba bien. No escuchó que la puerta abriera o cerrara, simplemente vio que la niña entró. Como si no hubiera puerta, entonces se acercó al departamento. Parecía vacío, o mejor dicho, abandonado. En la puerta no había manchas o huellas de que la hubieran abierto desde hace tiempo. Había polvo acumulado y la alfombra solo reflejaba sus pasos más no los de la niña retrocedió sin hacer ruido marcó pedido entregado en la app llegó al elevador y espero con impaciencia a que subiera por él cuando las puertas se arvieron entró rápidamente y presionó el botón que lo llevaría de nuevo al lobby las puertas comenzaron a cerrar pero algo las detuvo como si el sensor hubiese detectado que alguien estuviera por entrar se abrieron de nuevo Y Esteban escuchó la voz de la niña a su espalda. Gracias, por traerlo. No le dijo, traerla. No, traer la comida. Le dijo traerlo. Al día siguiente, Esteban revisó la AP. Quiso ver de nuevo el pedido. Cuando lo buscó, apareció como cancelado. Y luego, cuando volvió a ir al edificio y platicó con el guardia de seguridad, descubrió que el departamento 1704 no existe y que la torre solo tiene 16 pisos habitables. El tercer caso es de Luis de Veracruz, quien me contactó con un mensaje breve, pero cargó Llegado de algo que, desde que lo leí, me dejó inquieto. Decía, y la misma comida siempre estofado de un restaurante llamado Fogón del Valle Viejo que está cerca de la catedral en una calle angosta del centro donde las banquetas son estrechas y los locales tienen letreros viejos con letras metálicas oxidadas que ya nadie cambia ese día llegó rápido al lugar ningún cliente hacía fila no había mesas afuera ni música ni siquiera olía a comida la barra también estaba vacía Buenas noches, vengo por un pedido, dijo, pero nadie respondió. Tocó la campanita que vio frente a sí y una mujer mayor, de rostro pálido y ojos muy hundidos, apareció por una puerta que, cuando se entreabrió, le permitió ver un pasillo largo y demasiado oscuro para un restaurante. Traía una bolsa en las manos que le entregó sin decir una sola palabra, solo un movimiento lento de cabeza, como si le estuviera dando permiso de irse rápido la bolsa pesaba demasiado para ser una porción individual el contenedor estaba caliente el destino siempre era el mismo un edificio como a 10 minutos la instrucción del cliente déjalo en la ventana ya había estado allí la ventana era la del primer piso la que no tiene rejas ni cortinas y apenas un marco metálico oxidado siempre después de marcar pedido entregado Luis recibe la misma propina, 66.66 pesos, exacto siempre 6666. Al principio lo tomó como una coincidencia rara, pero después de cinco entregas ya no parecía coincidencia. Además, cada vez que dejaba la bolsa en la ventana, algo pasaba. Luis describe que, al alejarse, siempre escuchaba un sonido suave, como si algo se arrastrara lentamente desde dentro de la habitación. Una vez creyó escuchar un suspiro muy largo, profundo, pero nunca vio a nadie recogiendo la bolsa. Llegó al lugar, apagó la moto y caminó hacia la venta para realizar la sexta entrega. Acomodó la comida en el lugar de siempre y notó que la ventana estaba entreabierta. El doble de lo acostumbrado Luis dejó la bolsa. Retrocedió dos pasos y entonces lo escuchó. Un quejido. Desde dentro. Y luego... un gruñido de algo que parecía que estuviera esperando. Con hambre, Luis corrió hacia la moto, marcó entregado y se fue a toda velocidad. Cuando se detuvo en un lugar apartado para tranquilizarse, recibió un par de notificaciones nuevas. La primera decía, gracias, y la segunda, la próxima vez, quédate un momento más, quiero verte de bien. Luis bloqueó la dirección, reportó al cliente y dejó de trabajar de repartidor dos semanas después pasó de nuevo por la calle donde estaba el restaurante Fogón del Valle Viejo había una lona nueva que decía local en renta barato por 10 años sin actividad tres historias tres voces tres entregas que nunca debieron ocurrir a veces pensamos que el horror está en lugares lejanos en casas abandonadas en ruinas olvidadas Pero la verdad es que el horror también puede estar esperando detrás de una puerta donde tú mismo ordenaste comida. Si tú trabajas de noche, cuídate. Mira bien alrededor y si algo no cuadra, no te quedes. Si tienes una historia que quieras compartir, escríbeme. Tu voz puede ser el próximo expediente. Soy JM. Esto fue Terror Nocturno. Y si aún escuchas algo, corre. Y no mires atrás.