Arquitectura Holística: espacios que sanan

Ep 4 · Neuroarquitectura: la cienca de volver al cuerpo

Gaia

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¿Te has parado a pensar por qué hay lugares que te transmiten una calma profunda y otros que, sin motivo aparente, te agotan la energía?

En este cuarto episodio nos sumergimos en la neuroarquitectura: una disciplina joven y en plena evolución que estudia cómo nuestro sistema nervioso y nuestro cuerpo responden a los espacios que habitamos.

⚠️ Una pequeña advertencia: Esto no es un manual de verdades absolutas. La neuroarquitectura tiene mucho camino por descubrir y hoy no vengo a darte una lista de "tips" genéricos. Te propongo algo mucho mejor: aprender a escuchar lo que tu cuerpo ya sabe.


 En este episodio analizamos:

  • Más allá de los 5 sentidos: Descubre los 33 sentidos con los que tu cuerpo recoge información del espacio de forma inconsciente.
  • Bombas sensoriales: ¿Por qué nos saturan tanto los restaurantes, aeropuertos o tiendas?
  • El Manifiesto de Ana Mombiedro: Las 4 formas en que nuestro cuerpo responde al diseño, según la célebre arquitecta.
  • Biofilia real: La ciencia documentada detrás de por qué la luz, las curvas y los materiales naturales nos sanan.
  • Diseñar para personas, no para metros cuadrados: El cambio de paradigma definitivo en la arquitectura holística.

🎁 El Bonus del episodio: Quédate hasta el final para descubrir Los Cimientos, cuatro experimentos sensoriales prácticos para que empieces a sentir tu espacio de una forma completamente nueva hoy mismo.

 Recursos y enlaces mencionados:

  • Libro: Neuroarquitectura: aprendiendo a través del espacio — Ana Mombiedro.
  • Comunidad: Conecta conmigo en Instagram para ver el detrás de cámaras de este episodio: @gaia.arquitecturaholistica

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Cierra los ojos un momento. En serio, si puedes, hazlo. Y quédate así unos segundos. ¿Qué oyes? ¿Qué temperatura sientes en la piel? ¿Hay algún olor que normalmente no notarías? ¿Notas el peso de tu cuerpo en la silla o en el suelo? Ahora abre los ojos. Probablemente toda esa información ha desaparecido de tu conciencia en el momento en que la vista ha vuelto a tomar el control. Y sin embargo, sigue ahí. Tu cuerpo lo sigue registrando. Hoy no te voy a dar certezas. Te voy a invitar a algo distinto. A que empieces a escuchar todo eso que normalmente no escuchas. Bienvenida, bienvenido a Arquitectura Holística, el podcast sobre espacios que sanan. Soy Gaya. Y hoy toca un tema que llevo bastantes años aprendiendo, interiorizando y que me ha llevado semanas poder sintetizar. La neuroarquitectura. La verdad es que es un campo fascinante, pero también es un campo joven que está en construcción. Ni siquiera está del todo claro si se puede considerar una materia, un método, una disciplina dentro de la neurociencia. De hecho, muchos la definen simplemente como neurociencia aplicada a la arquitectura. Es decir, se trata de ir aplicando todo lo que vamos descubriendo sobre el cerebro y el sistema nervioso a la pregunta de cómo nos afectan los espacios. Es un campo que daría para hacer un podcast entero, la verdad. Supongo que alguien ya lo estará haciendo. Así que resumirlo en simplemente 20 minutos es bastante complejo. Hay mucha información, muchos estudios y debate abierto aún. Y parte de esa información, ya te lo digo de entrada, no está confirmada del todo. Así que hoy no busco darte una lista de certezas o de tips. Busco algo distinto. Es ofrecerte como una nueva forma de entender la arquitectura. Que interiorices que vivimos la arquitectura a través de los sentidos. Y esos sentidos se traducen a través de nuestros órganos en emociones y en pensamientos. Esa es la idea con la que quiero que te quedes hoy. Todo lo demás es un mapa para llegar ahí. De hecho, seguro que de pequeña te enseñaron que tenemos cinco sentidos, vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero la ciencia hoy en día reconoce muchísimos más. Se han llegado a definir hasta 33 sentidos distintos. ¿Sabías que la presión sanguínea es un sentido? ¿Que la temperatura interna de tu cuerpo es un sentido? ¿Que el equilibrio, la posición de tus articulaciones, la sensación de hambre o de sed, incluso lo que muchos llaman intuición, puede considerarse sentidos? Todo eso está constantemente cogiendo información de tu entorno y todo eso junto es lo que hace sentir lo que sientes cuando entras en un espacio aunque en ese momento no seamos conscientes de qué pasa o no sepamos explicar por qué sentimos lo que sentimos esto es importante porque significa que no hay una fórmula única o cerrada porque lo que a ti te hace sentir paz puede no ser lo mismo que a la persona que tienes al lado es decir depende de tu cuerpo de tu historia, de tus experiencias vividas y tus recuerdos de tu sistema nervioso en particular cada persona es un universo sensorial distinto por lo que recomendar tips generales sobre qué colores usar o plantas se queda un poco corto y aquí hay algo que quiero subrayar porque es fácil pensar que esto se aplica a tu casa o a tu habitación pero no es así, debemos entender que los espacios que nos afectan son todos y todo el tiempo. Es tu coche, tu oficina, tu sitio de trabajo, el bar al que vas siempre, esa sala de espera del médico, el supermercado donde haces la compra cada semana. Todos esos espacios también te están hablando todo el rato. Y aquí entra un concepto que la neurociencia define como bomba sensorial. Este concepto hace referencia a los espacios con el potencial de saturar algunos de tus sentidos. Y Y puede sonar un poco exagerado, pero es muchísimo más común de lo que parece. Seguro que te ha pasado alguna vez que estás en un restaurante y que hay tan mala acústica que cuando te das cuenta estás gritando a la persona que tienes al lado. O un aeropuerto con una señalización tan confusa que la gente se pierde sin parar y acabas dando vueltas con las maletas a cuestas durante horas. Hay particularmente dos casos de bomba sensorial en cuanto a comercios que me vienen a la cabeza enseguida. Seguro que conoces esa tienda de ropa juvenil, no diré nombres, donde entras y te golpea todo a la vez. Luces blancas muy intensas y música chumba chumba, digamos, muy alta. Y oye, hay días que con 20 años eso es lo que te apetece. Que estás por preguntar dónde está la barra para pedirte algo. Pero a otras edades o en otros días y momentos, ese mismo espacio te puede resultar agotador a los dos minutos. Y luego es la otra tienda de ropa, que de hecho suele estar al lado de esta, que tiene un perfume muy característico, muy intenso, que impregna toda la tienda y la ropa. Es verdad que tiene su lógica comercial, porque después reconoces la marca solo por el olor, porque es que queda grabado. Pero madre mía, sales de ahí casi mareada. Ese olor se te queda metido en algún lugar muy profundo del cerebro. Y eso es lo que quieren. Al final creo que vendría a ser, no ni si existe de hecho neuromarketing. Y aquí viene lo importante. Cada persona tiene un umbral distinto. A ti puede no afectarte el volumen de la música de esa tienda y a otra persona que tienes al lado sí. Y además esto es clave. No podemos dejar de sentir un estímulo por decisión propia. Es decir, siempre estamos oyendo pero puede ser que no escuches conscientemente. Siempre estamos viendo aunque no siempre miramos. Así que los sentidos funcionan así, el cuerpo sigue ahí, recibiendo, le prestes atención o no. Y esto es curioso como también se puede aplicar a nivel social. Recuerdo que durante la carrera conocí a una chica que estudiaba criminología y me sorprendió un montón cuando me comentó que en la carrera tenía una asignatura que estaba ligada a la arquitectura y al urbanismo. Y resulta que en ese momento yo no era consciente de cómo el urbanismo está íntimamente ligado con lo que sucede en los espacios. Se ha demostrado que cosas como el mobiliario urbano, la plaza o el callejón sin salida y sobre todo la iluminación de las calles están directamente relacionadas con los índices de criminalidad de una zona de un barrio. Así que ya ves, desde una tienda de ropa hasta el barrio entero donde vives, el espacio nos está hablando constantemente y en mayor o menor medida también está hablando de cómo vivimos en conjunto. Y aquí quiero pararme un momento para contaros de dónde viene buena parte de esta información que os estoy contando hoy. En 2020, la arquitecta e investigadora Ana Monviedro publicó un manifiesto que para ha sido una puerta de entrada enorme a la neuroarquitectura y es la base sobre la que he ido ordenando muchas de las ideas de este episodio. Si después de hoy te queda curiosidad por seguir profundizando, te recomiendo su libro neuroarquitecto arquitectura, aprendiendo a través del espacio, ya que creo que es un buen punto de partida para entrar profundamente en esta materia. Una de las ideas de ese manifiesto que me ha ayudado a entender todo esto de la neuroarquitectura es ver cómo nuestro cuerpo responde al espacio de cuatro formas distintas. En primer lugar, tenemos las respuestas sensitivas, es decir, las que tienen que ver con la sensación del propio cuerpo y que son prácticamente iguales en todos los seres humanos. No sé, entras en un lugar y se te pone la piel de gallina. O en una catedral o un templo y sin saber por qué el corazón se acelera sin que sepas qué te está pasando. En segundo lugar tenemos las respuestas emocionales. Y esas que dependen de tu experiencia propia o de tu historia. A lo mejor ganas de salir corriendo cuando entras en un lugar que inconscientemente te está recordando algún trauma. O una sensación de calma, de amor. o de incomodidad, rabia, que puede aparecer sin que lo hayas decidido. Después están las respuestas motoras, que son los movimientos conscientes o inconscientes que el espacio puede provocar en tu cuerpo. Por ejemplo, girar la cabeza hacia la ventana sin pensarlo, caminar hacia la luz, acercarte o alejarte de algo sin saber muy bien por qué o cuando te apetece tocar una textura. Y después de están, en último lugar, las respuestas memorísticas. Esas que tienen que ver con tus recuerdos y normalmente acompañadas de imágenes o de otras sensaciones. Por ejemplo, un olor que de repente te lleva a tu casa de infancia o algo que te recuerda a alguien que ya no está. Y esto es exactamente lo que decíamos antes. Si prestamos atención a estas reacciones, a lo que las provoca y al espacio que las provoca, la arquitectura puede acabar convirtiéndose en una herramienta para cuidar a quienes habitan esos espacios. Esa es para la esencia de la neuroarquitectura. Y esto nos lleva a algo que une lo individual con lo universal, y es la biofilia. Si os acordáis, significa amor a la vida. Es la necesidad innata que sentimos los seres humanos de conectarnos con otros seres vivos. Y no es algo que se aprenda o que se entrene, sino que nace del sistema límbico, una parte del cerebro relacionada con las emociones. Es como una especie de enlace o hilo invisible que une los centros emocionales de todos los seres vivos. Y esa misma biofilia es la que nos conecta también con los espacios, con sus materiales naturales, con la luz del sol, el agua, la tierra. Y no porque lo hayamos decidido, sino porque venimos de ahí. Es nuestra base biológica evolutiva en común. Aunque cada persona sea un universo sensorial distinto, todos compartimos esa raíz. Así que puede ser que el color te afecte más o menos. Puede ser que te gusten los espacios más luminosos o más recogidos con menos luz o las texturas de madera o no. Todos tenemos este origen en común. Pero la neuroarquitectura, aunque sea una ciencia en evolución, ya ha demostrado muchas cosas. Quiero destacaros tres hallazgos que son los que cuentan con una evidencia más consistente. El primero de ellos es que los espacios curvilíneos activan una zona del cerebro relacionada Es decir, no solo nos gustan los espacios curvos porque sí, sino que activan una parte del cerebro relacionada con el placer y la recompensa. El segundo estudio es uno que concluyó que el acabado de madera natural reduce la actividad del sistema nervioso, aunque no haya una diferenciación consciente de ello. Es decir, puedes estar en una habitación con algún acabado de madera natural y no piensas, ¡ay, qué relajadita estoy! Pero tu sistema nervioso ya ha respondido con menos activación. Otra vez lo mismo. Tu cuerpo sabe antes que tu mente. Y el tercer y último hallazgo de la neuroarquitectura me encanta. Dice que los lugares amplios y con techos altos invitan a quedarse más tiempo que los lugares estrechos y con techos bajos. Posiblemente a través de una respuesta emocional y no de una decisión consciente. Dentro de esto hay un patrón que me parece especialmente interesante para que puedas ir observándolo en tu propio cuerpo y es la altura de los techos. Si te fijas, los espacios pensados para la creatividad, la expansión o lo espiritual casi siempre tienen techos altos, como pueden ser los estudios de artistas, los ateliers, catedrales, templos, mientras que los espacios pensados para el el cobijo, suelen tener los techos más bajos y recogidos. Pueden ser bibliotecas de estudio, despachos pequeños, rincones de lectura... No hace falta entonces que la ciencia lo confirme todo al 100% para que puedas notarlo misma en tu cuerpo y en tu espacio. Es algo que podemos experimentar directamente. Te animo a que entres a un espacio de techos altos y observes qué te pasa. Quizá notes la mente más abierta, quizá más dispersa o con ganas de imaginar de pintar de crear no déjate ir y entra en un espacio después de techo más bajo y recogido y observa si te resulta más fácil concentrarte enfocarte a aterrizar ideas aquí es donde entra otra vez lo individual es decir aprende a sentir tu cuerpo a interpretar los inputs que un espacio produce en ti una vez hayas analizado interiorizado estas técnicas puedes usarlas a tu favor por ejemplo. ¿Qué quieres? ¿Creatividad? Pues igual buscarás espacios amplios con techos altos, luz natural o quizá la naturaleza directamente. ¿Qué es lo que quieres? ¿Desfoco? Pues igual te creas un espacio íntimo y recogido en casa donde te puedas concentrar. Pero recuerda lo de siempre, no hay una regla que valga para todos. Hay un patrón general de fondo que viene repitiéndose desde los templos, las artistas y después está tu experiencia concreta en tu cuerpo y en tu espacio. Así que la invitación otra vez es la misma. Observa, siente y usa esa información de forma consciente para llegar a un bienestar mayor en tu vida. Esto han sido tres pistas muy concretas y lo bonito es que las tres apuntan en la misma dirección. Tu cuerpo está reaccionando al espacio constantemente, tomando pequeñas decisiones antes de que tu mente se entere. Esto no significa que tengas que vivir en una casa de formas orgánicas, con techos altísimos y todo de madera. Significa que puedes tenerlo en cuenta en pequeñas decisiones. Por ejemplo, si vas a cambiar el sofá o una mesa, una estantería, puedes Puedes elegir modelos con las esquinas quizá más curvilíneas en lugar de aristas súper marcadas. O si tienes que elegir un mueble nuevo, el acabado puede ser de madera natural, sin necesidad de que sea toda la casa, simplemente un pequeño detalle. El mueble seguirá siendo funcional, sigue siendo lo que necesitas, pero dialoga de otra manera con tu cuerpo. Esto es un buen ejemplo de lo que significa unir funcionalidad y biofilia en la arquitectura. no se trata de elegir entre lo práctico y lo que nos hace sentir bien, sino de encontrar dentro de lo práctico las opciones que también nos cuidan. Así que quiero compartir contigo algo que me ha hecho reflexionar mucho sobre mi propio trabajo en este episodio. Creo que lo más valioso que podemos hacer los arquitectos no es dominar los materiales, la geometría o la tecnología, sino es desarrollar la capacidad de anticipar cómo se va a vivir un espacio. Y creo que es un poco lo que busca la neuroarquitectura. Diseñar centrándonos en el modus vivendi de quien lo va a habitar y no en los metros cuadrados o la estructura estructura que va a tener la casa. Y esto, en la práctica, depende muchísimo de para quién diseñas. En mi caso, por ejemplo, cuando viene un cliente que va a ser el usuario final que va a utilizar la casa o la vivienda o el espacio, ya sea un restaurante o un sitio donde va a trabajar, el proceso es completamente distinto a si no conozco el usuario final, porque entonces me pongo lo que digo yo modo cotilla. Me gusta saber dónde el les gusta cenar, si cenan en familia o no, si vive solo, si la cocina y el comedor les gustan unidos o separados, cuántos baños necesitan realmente, dónde pasan más tiempo por la mañana y por la tarde, alguien teletrabaja, cuántas horas suelen pasar en casa. A veces la verdad es que puede ser un poco pesada, pero creo que es necesario entender cómo se vive el espacio que se va a proyectar. De hecho, hay una pregunta que hago siempre y que parece un poco rara, pero todo el mundo creo que se olvida muchas veces de esa estancia. Suelo preguntar mucho sobre la lavandería. ¿Dónde la quieren? ¿Cómo la usan? Y es que muchas veces cuando alguien piensa en su casa ideal, piensa primero en los espacios majestuosos. El salón, la habitación principal, una gran cocina con isla. A ver, es comprensible. Son los espacios que se ven, donde vas a pasar más tiempo y a los que te apetece dedicarle energía. Pero se olvidan de los espacios reales, de la cotidianidad del día a día. Esos que vas a necesitar y vas a evitar. Y a veces no se dan cuenta de cómo viven realmente esos espacios hasta que ya están construidos y algo después no funciona. Así que creo que la lavandería es el ejemplo perfecto. Hay quien la quiere en la planta de las habitaciones porque no quiere estar su subiendo y bajando ropa constantemente. En cambio, hay quien a eso no le importa y prefiere tener la lavandería abajo, al lado de la cocina y la mesa del comedor, para poder ir doblando la ropa mientras los niños hacen los deberes. Y estos son detalles que a me encanta saber. Creo que en arquitectura no hay un estilo o una respuesta correcta, sino formas de vivir. Y mi trabajo es entenderla, incluso cuando la persona todavía no se ha hecho esa pregunta pero a veces cambia cuando el cliente construye o reforma para vender o alquilar la vivienda ya que en ese momento cuesta más proyectar tienes que hacer suposiciones y el resultado es casi siempre por necesidad o como más estándar y neutral ya que tienes que construir o proyectar para cualquiera y no lo digo como crítica al mercado es que es la realidad de la profesión de hoy en día de un arquitecto. Pero que creo que es importante que lo sepas como persona que habita un espacio. Cuanto más puedas misma definir cómo quieres vivir, más rico y más tuyo será ese espacio. Y no hace falta ser arquitecta o contratar a alguien para hacerte estas preguntas en tu propia casa. Y hay algo más que quiero traer aquí, porque casi nunca se habla de ello y es otro factor esencial en los espacios. el tiempo. Y es que una casa no es un objeto fijo. Es un organismo que debería poder acompañar a la vida de quien la habita. Y esa vida inevitablemente va cambiando. El piso de soltera no es el mismo que necesitas cuando vives en pareja. Ni el que vas a necesitar cuando llega un hijo. Ni dos, ni tres. Y después cuando esos hijos crecen y se van, las habitaciones que antes eran imprescindibles se quedan vacías. Es esperando una nueva función. Lo mismo pasa con una persona que vive sola toda su vida. La casa que necesitas a los 20 no es la casa que necesitas a los 50 ni a los 80. Van cambiando las prioridades, cambia el propio cuerpo, cambia la forma de sentir ese espacio. Así que pensar en la temporalidad significa preguntarse si esa casa puede acompañarte en todo lo que viene. Si hay espacio que pueden transformarse reconvertirse adaptarse a ver no siempre se va a poder prever todo lo pero creo que se puede diseñar un poco con esa flexibilidad en mente en lugar de pensar en una casa como un elemento terminado resuelto para siempre así que quiero terminar esta parte con una reflexión que conecta todo lo que hemos hablado hoy con la esencia de este podcast en el fondo siempre Siempre hay una pregunta que todo arquitecto, que toda persona, de hecho, que habite un espacio, debería hacerse. ¿Cómo puede la arquitectura mejorar la calidad de vida de quienes habitan esos espacios? Esa pregunta es, para mí, la definición misma de arquitectura holística. Espacios que sanan no son espacios perfectos, ni espacios de revista, ni espacios que siguen una fórmula. Son espacios que se preguntan cómo se sienten quienes los habitan, cómo están y cómo pueden ayudarles a vivir mejor. Todo lo que hemos hablado hoy, los sentidos, la biofilia, las formas, el tiempo, todo son distintas formas de hacerse esa misma pregunta. Y esta pregunta, más que cualquier respuesta concreta, es lo que de verdad te importa. Y así llegamos a la sección práctica, los cimientos. Pero hoy van a ser diferentes. No quiero daros tips de diseño, sino que ya que hablamos de neurociencia, te voy a proponer experimentos. Pequeños ejercicios para empezar a escuchar tu cuerpo y tu espacio de una forma diferente. El primer experimento es caminar por tu casa con los ojos cerrados. Hazlo con cuidado y despacio, por favor. Quizá con alguien cerca, por seguridad. Pero simplemente nota qué pasa. Cuando quitas la vista, ¿qué sentido se agudiza? El tacto en el suelo bajo tus pies, el sonido del eco en cada habitación, la temperatura del aire. Probablemente vas a descubrir nuevas formas de habitar, nuevas cosas sobre tu casa que nunca antes habías podido registrar. El segundo experimento es cambiar el olor de tu casa, aunque sea solo por un día. ¿Sabías que el olor de tu propia casa es algo que casi no percibes, pero que cualquier visita puede reconocer al instante? Es como ese olor que recuerdas de la casa de tu abuela o el olor de la casa de tu mejor amiga. Hoy prueba a introducir un olor distinto en tu casa. No sé, quizá pasapalo santo, incienso, lavanda... cocina algo diferente y observa que cambia en cómo te sientes en cada espacio. A veces un cambio tan pequeño revela mucho. El tercer experimento es identificar el recorrido que haces de forma más natural cada día sin pensarlo. Quizá cuando te levantas es más de la cama al baño, del baño al vestidor, después la cocina, de la cocina a la puerta, del sofá a la mesa... Hay algo algo en todo este recorrido diario que no tenga sentido? ¿Algo que cambiaría si pudieras? ¿La ubicación de algo, un objeto que siempre está en medio o una distancia que te resulta incómoda? No hace falta solucionarlo hoy, simplemente ponedle conciencia que está ahí. Y el cuarto experimento, pregúntate si tu espacio sigue siendo el que necesitas. ¿Hay alguna habitación, algún rincón que ya no cumple la función para la que se pensó? ¿Algo que tenías sentido hace cinco años cuando te mudaste y que ahora ya no lo tiene? No es para cambiarlo necesariamente, solo para empezar a verlo. Esto ha sido el episodio 4 de Arquitectura Holística, el podcast sobre espacios que sanan. La neuroarquitectura da para mucho más de lo que hemos visto hoy y seguramente volveremos a ella. Pero si te llevas una sola cosa de este episodio, que sea esta. Tu cuerpo ya está sintiendo tu espacio, todo el rato, aunque no le prestes atención. Así que la neuroarquitectura es una invitación, una invitación a conectar de forma más consciente con tu cuerpo con tu entorno hacerte preguntas a dejar de vivir en automático en esa inmediatez y rapidez de la sociedad de hoy en día que nos lleva sin darnos cuenta a desconectarnos del cuerpo de la naturaleza y del espacio que habitamos así que la invitación de hoy es simplemente esa empieza a escuchar Si esto ha resonado contigo, por favor, activa la campanita para no perderte ningún episodio. Y sígueme en redes como arrobagaya.arquitecturalistica. Ahí voy compartiendo cada semana más reflexiones, ideas y un poco del proceso detrás de este podcast. La semana que viene seguimos con algo que es, en el fondo, la otra cara de esta misma moneda. El orden. Cómo el espacio que habitas también es un reflejo de lo que llevas dentro. Y cómo ordenar puede ser literalmente una forma de cuidarte. Hasta entonces, cuida tu espacio, porque tu espacio te cuida a ti.