Antorcha Nueva - Neue Fackel
🇵🇪 Antorcha Nueva es una voz dominicana que se levanta desde la fe para hablarle a este tiempo. Cada episodio reúne predicaciones, conferencias y artículos de opinión que miran la realidad social, política y personal a la luz de la Palabra — sin rodeos, sin miedo a incomodar. No es un podcast de consuelo fácil: es una antorcha que se enciende para señalar lo que otros prefieren callar, y para sostener la fe de quienes buscan una palabra clara en medio del ruido. Desde el Peru, con la convicción de que la fe también tiene algo que decir sobre lo que pasa en la calle, en la política y en la vida cotidiana.
🇩🇪 Antorcha Nueva – Neue Fackel ist eine dominikanische Stimme, die aus dem Glauben heraus zu unserer Zeit spricht. Der Podcast versammelt Predigten, Vorträge und Meinungsbeiträge, die gesellschaftliche, politische und persönliche Fragen im Licht des biblischen Wortes betrachten – klar, unbequem, ohne Beschönigung. Kein Podcast des leichten Trostes, sondern eine Fackel, die anspricht, was andere lieber verschweigen, und Halt gibt für alle, die in lauter Zeit nach einem klaren Wort suchen. Aus Peru – davon überzeugt, dass der Glaube mitreden kann, wo Straße, Politik und Alltag einander begegnen.
Antorcha Nueva - Neue Fackel
La Asunción de María – El cuerpo importa Homilia
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Llevan cuarenta años buscando los huesos de sus hijos. Solo eso: unos huesos para poder enterrarlos. En 1950, la Iglesia declaró que el cuerpo de María fue llevado entero al cielo, sin dejar nada atrás. ¿Qué tiene que ver ese dogma con una fosa común en los Andes, con Sudán, con Gaza? Una homilía sobre cuánto vale, todavía hoy, un cuerpo humano.
Homilía de fray Max Cappabianca, O.P., 15 de agosto de 2026, en el templo parroquial de Quillabamba.
Imagen: Abteikirche Mariä Himmelfahrt Stift Rohr Marienskulptur Wikiuser: Elcom.stadler
Instagram / Youtube: @patermaxop
Hermanos y hermanas, hace unos años, en los Andes, cerca de Ayacucho, abrieron una fosa común. Allí estaban las mujeres esperando. Algunas tenían más de 80 años. Llevaban 40 años buscando los huesos de sus hijos. No pedían una tumba con nombres, solo unos huesos para poder enterarlos. Esto es Perú, en los años del conflicto armado interno entre 1980 y 2000. La Comisión de la Verdad contó cerca de 69 mil muertos y desaparecidos. Tres de cuatro hablaban quechua. La mayoría vivía en el campo. Eran los más pobres del país y sus vidas parecían no importar a nadie, ni a Sendero Luminoso, ni a buena parte del Estado. También murieron sacerdotes y catequistas, como los frailes de Pariacoto en 1991. Hoy las cifras son otras, pero la pregunta es parecida. En los primeros seis meses de este año, hubo más de mil homicidios y más de diez mil denuncias por extorsión. Choferes de bus asesinados por no pagar el cupo. Para las bandas, a veces una vida cuesta menos que una deuda pendiente. En 1950, en un contexto muy diferente, pero igual de duro en Europa, cinco años después de la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia declaró algo que suena a primera vista muy piadoso y lejano, que María fue llevada al cielo en cuerpo y alma, sin tumba, sin religión, No tenemos reliquias de Santa María. El cuerpo importa, dice ese dogma, hasta el final. María no vive esto por su propia fuerza. Lo vive porque ya comparte la resurrección de su Hijo. Ahí está el fondo del dogma. Si Cristo resucitó con cuerpo y María lo sigue, la promesa no se queda en ella. Sigue abierta para cada cuerpo que hoy no tiene nombre en una fosa o una calle. Es una declaración fuerte, fuerte para un momento en que millones de cuerpos habían desaparecido en fosas y cenizas, sin nombre. La Iglesia dice que ningún cuerpo humano es basura, ni un simple número. No es solo Perú, ni es solo el pasado. En Sudán, en África, la guerra ya deja cerca de 40 mil muertos y 14 millones de desplazados. En este momento, en Gaza, más de 70 mil muertos, la mayoría civiles, niños, muchos niños. En Irán, después de la guerra con Israel, el régimen ejecutó a más gente que en cuatro décadas y reprimió las presas de enero con miles de muertos. Países diferentes, cuerpos distintos, la misma pregunta. ¿Cuánto vale una vida? Queridos hermanos y hermanas, la idea central de esta fiesta sigue de pie frente a todo eso. Quien mata a alguien por no pagar o hace desaparecer a un joven por haber nacido del lado equivocado de una guerra, va en contra de lo que este día afirma, que una vida humana no se puede borrar, ni siquiera con años de impunidad. Para las madres, que todavía caban en los Andes, esto no es una idea abstracta. Es la única manera de decir que su búsqueda tiene sentido, que sus hijos no se perdieron en el nada. Y quizás eso es lo que queda de este 15 de agosto, la negativa a dar por terminada una vida humana. ¿La de un hijo desaparecido hace 40 años? ¿O la de un chofer que se negó a pagar la semana pasada? Amén.