Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

738. Maui el Pescador (Mito Nueva Zelandia)

Juan David Betancur Fernandez Season 8 Episode 65

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Juan David Betancur Fernandez
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Habia una vez en los tiempos en que el océano era un manto infinito que cubría casi todo el mundo, un ser llamado Māui-tikitiki-a-Taranga. Este Maui No era un dios completo, ni un simple mortal; era un embaucador, un héroe de ingenio afilado y manos rápidas, despreciado por sus hermanos mayores, quienes solo veían en él a un pequeño alborotador.

Pero Māui guardaba un secreto: poseía el Muri-ranga-whenua, un anzuelo tallado no en madera ni en piedra, sino en la mandíbula sagrada de su abuela ancestral. El hueso brillaba con una luz pálida y pulsaba con una magia antigua, capaz de atrapar más que simples peces.

Una noche sin luna, los hermanos de Māui prepararon su gran canoa (waka) sigilosamente. Querían dejar atrás al "pequeño molesto". Pero Māui, usando su habilidad para cambiar de forma, se encogió y se ocultó en las tablas del suelo de la canoa, bajo las redes húmedas y el olor a salitre.

Cuando la canoa estuvo tan lejos que la costa era solo una línea borrosa, Māui emergió. Sus hermanos, furiosos, intentaron dar la vuelta, pero Māui se irguió en la proa. Con un gesto de su mano y un encantamiento susurrado, estiró el horizonte. El mar se expandió mágicamente frente a ellos, haciendo que la costa desapareciera para siempre. Estaban atrapados en el Gran Océano de Kiwa.

Naveguen hasta que el agua se vuelva negra y fría —ordenó Māui—. Allí es donde duermen los verdaderos monstruos.

Llegaron al corazón del océano, donde las olas no tenían espuma y el silencio era absoluto. Los hermanos lanzaron sus líneas y pescaron atunes gordos y tiburones, riendo satisfechos.

Eso es comida para niños —se burló Māui.

Sacó su anzuelo ancestral, intrincadamente tallado y adornado con nácar y pelo de perro. Pero no tenía cebo. Sus hermanos, egoístas, le negaron un trozo de sus capturas. Sin dudarlo, Māui cerró el puño y se golpeó la nariz con fuerza. Una gota de su propia sangre divina, espesa y carmesí, cayó sobre el hueso de su abuela. El anzuelo siseó al contacto, hambriento.

Māui lanzó la línea. El anzuelo no solo se hundió; atravesó el agua, descendió a las profundidades abisales, pasó las corrientes frías y se enganchó en los cimientos mismos del mundo sumergido.

De repente, la línea se tensó como una cuerda de acero. La gran canoa crujió y la proa se hundió violentamente en el agua.

—¡Corta la línea, nos hundiremos! —gritaron los hermanos, aterrorizados.

Pero Māui comenzó a entonar un haka poderoso, un canto de fuerza y voluntad. Sus músculos se hincharon, su piel brillaba con sudor y magia. No estaba peleando contra un pez; estaba luchando contra el dios del mar, Tangaroa.

El océano comenzó a hervir. Burbujas gigantescas de gas y vapor estallaron en la superficie. Con un rugido que hizo temblar el cielo, la captura emergió.

No era una ballena. Era una casa de piedra y tierra. Era un gigante.

El agua se escurrió en cascadas torrenciales revelando montañas verdes, acantilados de roca negra y valles profundos. Māui había pescado Te Ika-a-Māui (El Gran Pez de Māui), lo que hoy conocemos como la Isla Norte. La canoa quedó varada en la cima de lo que hoy es el Monte Hikurangi.

Māui, exhausto pero victorioso, miró su creación. Era una tierra plana y suave, lista para ser habitada. —Quedaos aquí —advirtió a sus hermanos con voz de trueno—. Voy a agradecer a los dioses y a purificar esta tierra. No toquéis al Pez hasta que yo vuelva, o la magia se volverá inestable.

Pero tan pronto como la silueta de Māui desapareció, la codicia consumió a los hermanos. —¡Esta parte e