Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

755. El abuelo y el relojero (Praga)

Juan David Betancur Fernandez Season 8 Episode 81

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Juan David Betancur Fernandez
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Habia una vez un relojero  llamado Elias En las callejas empedradas de la Praga eterna, donde la niebla parece estar hecha de hilos de plata, vivía aquel maestro relojero y todos lo conocían por su buen talante y su habilidad para reparar relojes.  el taller de Elias no olía a aceite y metal, sino a ayer. El aire era espeso, cargado con el aroma de las tardes de verano de 1920 y los inviernos de siglos pasados. Elias no reparaba relojes; él curaba la memoria del mundo.

Pero lo qu pocos sabían era que No era un simple relojero; era un coleccionista de suspiros. En su taller, el tiempo no corría, se mecía lentamente como abanicado por una aire suave.  Cada tic-tac era el latido de un recuerdo atrapado en engranajes de latón y oro.

Una noche de lluvia dorada, la joven Anna entró al taller. Elias conocía bien a aquella nina que había entrado infinidad de veces a su taller acompañando a su abuelo, un viejo amigo. Anna  Traía consigo un reloj de bolsillo que parecía haber muerto de frío. Pertenecía a su abuelo, un cuentacuentos que había partido de este mundo hace algunas semanas y que ella todavía extrañaba profundamente. 

Cuando Anna entró con el reloj de su abuelo, el taller guardó silencio. Todos los péndulos se detuvieron un instante, reconociendo a un herido de muerte. Aquel reloj de bolsillo posiblemente no tenía los muelles rotos; simplemente tenía el alma anudada. Al morir el abuelo, el reloj había decidido parar definitivamente para no vivir en un presente donde su dueño era solo un recuerdo.

El maestro relojero le dijo a la nina. 

Regresa a tu casa y vuelve mañana en la tarde. Te tendré listo el reloj para cuando regreses. 

Cuando la nina salió Elias hizo una pequeña mueca que denotaba total preocupación .  comprendió que la lógica no serviría en este caso tan especial. 

Elias paso toda la noche desensamblando paciente y delicadamente aquel reloj. Durante la madrugada, el maestro tomó un pequeño frasco de cristal que contenía una luz azulada: Este era algo mágico. Ya que contenía su propio primer recuerdo de niño. Era la sensación de la luz del sol sobre su rostro cuando aún vivían sus padres. Con manos temblorosas, vertió esa luz en el escape del reloj de Anna e inmediatamente este reloj comenzó a moverse. Elias comprendió que iba por buen camino pero el reloj se paro de nuevo y Elias comprendió que No necesitaba pinzas, sino una ofrenda.

Recordo las palabras de la nina la tarde anterior cuando con voz dulce pero triste dijo entre susurros —Se detuvo cuando él exhaló su último aliento —sollozó Anna—.  Tu conocías muy bien a mi abuelo y sabrás que Sus historias, sus graciosos  viajes, sus fantasías han desaparecido. Todo se ha quedado mudo.

Elias que a duras penas podía aguantar su propia tristeza al recordar a su amigo dejo caer una lagrima sobre su su lupa de cristal de luna y luego tratando de componer su interior se acercó a aquel reloj  ya que de nuevo debía encontrar porque no funcionaba. Pero esta vez  no buscó piezas rotas. Buscaba algo más profundo, buscaba una herida imperceptible. De todos es sabido que los relojes mágicos no se rompen por el uso, sino por el peso del silencio. El mecanismo estaba congelado por el dolor; los engranajes se negaban a girar en un mundo donde su dueño ya no respiraba.

Durante toda la noche, bajo la luz de una vela que nunca se consumía, Elias trabajó. Sabía que para despertar a un corazón mecánico que se ha rendido, se necesita una chispa de vida verdadera. En un acto de generosidad suprema, el viejo maestro abrió su propio reloj del alma y extrajo su recuerdo más brillante: el aroma de la comida preparada por su madre y el calor de las