Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

786. Tantalo (Mito Griego)

Juan David Betancur Fernandez Season 9 Episode 8

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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en una época remota donde las fronteras entre el cielo y la tierra aún no se habían cerrado del todo, un rey llamado Tántalo.Tántalo Gobernaba las fértiles tierras de Lidia, y según decían todos los vecinos de Lidia era bendecido con una riqueza que desafiaba a la de cualquier otro monarca del mundo antiguo. Y se decía además que la razón era muy superior a lo norma., ya que Tántalo no era un hombre común; por sus venas corría la sangre del mismísimo Zeus, y esa herencia le concedía un honor inaudito que ningun otro mortal podía tener: las puertas de las cumbres del monte Olimpo se abrían de par en par para él.

Tántalo solía subir a los palacios dorados en el monte olimpo y  se sentaba junto a los dioses inmortales y participaba de sus festines celestiales. Allí con todos los dioses a su alrededor tenía el privilegio de probar la ambrosía que alejaba la muerte y bebía el néctar que perfumaba el aire divino. Escuchaba los secretos del cosmos, las deliberaciones sobre el destino de los hombres y los designios de las estrellas. Pero la cercanía a la divinidad no lo llenó de reverencia, sino de una soberbia oscura y corrosiva. Tántalo comenzó a creerse un igual, un dios entre mortales, y la arrogancia nubló su juicio.

Primero vinieron las faltas menores, fruto de su vanidad. Escondía porciones de ambrosía entre sus ropajes para repartirlas entre sus amigos en su propio palacio, vanagloriándose de poder otorgarles un destello de inmortalidad. Revelaba en banquetes terrenales las conversaciones privadas de su padre Zeus, deleitándose con la admiración de sus cortesanos. Sin embargo, su ambición pedía más. Quería probar si la clarividencia de los olímpicos era absoluta o si, tras sus mantos de luz, eran seres fáciles de engañar.

Ideó entonces el más atroz de los experimentos. Tántalo organizó un majestuoso banquete en su propio palacio terrenal e invitó a todos los dioses del Olimpo. Para la ocasión, preparó un guiso oscuro y monstruoso: mandó llamar a su propio hijo, el joven Pélope, a quien amaba pero al que sacrificó sin piedad. Descuartizó el cuerpo del muchacho, hirvió su carne en calderos sazonados con especias finas y la presentó en fuentes de oro puro ante la mesa celestial.

Cuando los dioses tomaron asiento, un silencio gélido cayó sobre el salón. La ofensa no pasó desapercibida para la omnisciencia divina. Zeus, Poseidón, Apolo y Atenea retrocedieron horrorizados al descubrir el sacrilegio. Solo Deméter, que vagaba sumida en una profunda pena por la pérdida de su hija Perséfone, no advirtió el engaño de inmediato y probó distraída un trozo de la carne, devorando parte del hombro del muchacho.

La furia de Zeus sacudió los cimientos de la tierra. Con un solo trueno, fulminó el palacio de Lidia. Los dioses recompusieron el cuerpo de Pélope sumergiéndolo en un caldero sagrado; la diosa Moira Cloto lo devolvió a la vida y Hefesto le forjó un hombro resplandeciente de marfil para sustituir la parte perdida.

Para Tántalo, sin embargo, la muerte común no era suficiente. Su pecado sobrepasaba cualquier consideración y debía ser castigado de manera ejemplar. Zeus ordenó que fuera arrastrado a las profundidades más oscuras del Tártaro, donde se le reservó un tormento eterno diseñado a la medida de su deseo insaciable. Este lugar más abajo que el reino de hades era una prisión perfecta que que era tan profundo que se decía que un yunque tardaría nueve días y nueve noches en caer desde la tierra. Allí habían sido encerrados cronos y los titanes después de perder la guerra contra Zeus. 

Una vez allí en el Tartaro donde los peores personajes iban iban a pagar su castigo cuando estos ofendían de manera grave a los dioses. Tantalo fue sumergido  en un lago de aguas cristalinas que le llegaba hasta la barbilla. A su alrededor, las ramas de frondosos árboles frutales se inclinaban cargadas de peras maduras, granadas brillantes, higos dulces y racimos de uvas lustrosas. Inicialmente a este Rey Soberbio y cruel el lugar donde había sido llevado no le parecio un gran castigo ya que tendría agua y comida. Cuando paso el primer día sin embargo Tántalo comenzó a sentir una sed voraz y un hambre desesperada que le quemaba las entrañas. 

Sabiendo que el agua de aquel lago cristalino le llegaba hasta la barbilla decidio que tomaría un pequeño sorbo. Pero cual seria su sorpresas. 

Cada  vez que bajaba la cabeza para dar un sorbo al agua fresca, esta se retiraba al instante, filtrándose bajo tierra y dejando a sus pies un fango seco y agrietado. Tantano espero que el agua regresara a la altura de su barbilla y lo intento de nuevo y de nuevo el agua se retiro. Así que se le hacia imposible beber agua de aquel lago. Para calmar su ambre decidio alzar sus manos temblorosas para arrancar un fruto de aquellos frondosos arboles frutales que le ofrecían sus fabulosos frutos. Pero cuando estaba justo a milímetros de alcanzar alguna pera, o granada o higo o uvas,  un viento violento agitaba las ramas, elevándolas hacia las nubes fuera de su alcance. De nuevo espero que el viento pasara y de nuevo trataba de alcanzar alguna fruta para que de nuevo apareciera el viento y le apartara las frutas de su alcance. Así que su sed y hambre parecían imposibles de ser saciadas.

Para coronar su suplicio, sobre su cabeza colocaron una enorme roca en precario equilibrio, amenazando con caer y aplastarlo en cualquier segundo, condenándolo a vivir en un pánico perpetuo.

Así quedó Tántalo por toda la eternidad: rodeado de abundancia inmediata a sus ojos, pero incapaz de tocarla, convirtiéndose en el símbolo eterno del deseo tortuoso y de la ruina que trae desafiar lo sagrado con la soberbia humana.